Esa mujer, mi amiga… Parte I

Uno de los primeros recuerdos que tengo de ella es su mirada. Sus impenetrables ojos negros que sólo dejaban ver misterio. Si algo podía concluir al mirarla a los ojos, era que me estaba viendo. Nada más. Sentía esa mirada hasta el fondo de mi alma, hasta las entrañas, como si leyera con detenimiento lo que sólo yo podía leer. Quizás ella leía un poco más. Y, sin embargo, no podía dejar de mirarla.

Su voz era grave. Femenina, sin duda, pero con la gravedad que sólo puede imponer el mismo misterio de su mirada. Como si estuviera hecha toda de enigmas y secretos. Sus palabras no preguntaban ni mostraban duda, más bien dictaban y convencían llenas de firmeza. Si acaso llegaba yo a cuestionar o titubear ante ellas, su miraba se clavaba en mis ojos y terminaba por aceptarlas y respaldarlas. Así nada más. No había razón alguna que sus ojos brillantes no lograran doblegar.

Aparte de todo, estaba su forma de fumar. No era sólo el hecho de llevarse un cigarrillo a la boca y emitir bocanadas de humo interminables. No, era nuevamente el misterio, la elegancia, la cadencia de sus movimientos. La forma de acomodar el cigarrillo entre sus dedos, llevarlo lentamente hasta sus labios y fijar su mirada sobre mí, ordenando sin palabras que lo encendiera. De nada servía explicarle que yo no fumaba, que no tenía encendedor, que no se preocupara, que iría a conseguir uno. Ella simplemente seguía ahí, mirándome, esperando, ordenando, cautivándome, cubriendo de rojo carmesí el borde del cigarrillo. Apenas me alejaba para conseguir el anhelado fuego, alguien más encendía su cigarrillo.

Ambos éramos jóvenes cuando nos conocimos. Demasiado jóvenes, quizás, como para poder identificar sentimientos maduros. Identificaba, sin embargo, el temblor en mis piernas cuando ella se acercaba. No, mentira. No eran sólo las piernas. Temblaba completamente. Una de las primeras veces en que esto sucedió estábamos sentados sobre una piedra enorme, entre algunos árboles que miraban curiosos la escena. Ella fumaba su cigarrillo y echaba el humo por la comisura de la boca para que no llegara hasta donde yo estaba. No recuerdo exactamente de qué platicábamos, pero, sin que yo lo esperara, ella apoyó su cabeza sobre mi hombro y yo la abracé en una reacción casi involuntaria. Su cigarrillo rodó frente a la piedra donde estábamos y quedamos en silencio. O tal vez era sólo que yo no lograba escuchar nada. Fue en ese momento que sentí el temblor en su mayor intensidad. Ella lo sintió también. Sin siquiera mirar su rostro, sabía que ella sonreía. “Te late muy fuerte el corazón”, dijo ella sin despegar su cabeza de mi pecho. No dije nada. Ahora tampoco conseguía hablar. Cada segundo que pasaba incrementaba mi nerviosismo. Sabía que era el momento de decir algo o me convertiría en un estúpido. En realidad, ya era demasiado tarde para eso, pero no quería que ella se diera cuenta. Y antes de que me decidiera a hacer o decir algo, ella se levantó y se alejó de mí. Yo me quedé ahí, como piedra sobre piedra, mirándola. Sin detener su paso, miró hacia atrás con sus ojos implacables y me ordenó seguirla. Antes de que pudiera razonar nada, ya estaba yo a su lado. No dijo nada, pero yo sabía que caminaba sonriendo a mi lado. Yo no dejé de caminar, sonreí y me sentí afortunado.

A partir de ese momento, ella entró en mi corazón. El único problema era que yo tenía novia y carecía de razones para dejarla. Como dije, era joven. Más que joven, creo que era demasiado idealista. Pero ella no pareció notar mis inconveniencias. Seguía buscándome y, poco a poco, fue descubriendo ante mí mucho más que su mirada. Bajo aquella capa de misterio, encontré la fragilidad que sus ojos ocultaban. Pronto se convirtió en mi mejor amiga. No sé si ella me consideraba su mejor amigo, pero eso no me importaba. Nuestras pláticas parecían profundas, nuestras conclusiones parecían novedosas, nuestra relación parecía reveladora. Todo parecía ser lleno de poesía sin necesidad de un solo verso. Sin un solo beso.

Así empezó la historia.

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4 responses to “Esa mujer, mi amiga… Parte I

  • yalmansa2

    Cuando todo parece llenarse de poesía sin necesidad de un solo verso, no cabe duda que ha nacido el amor.

    Puede que acabe resultando una senda pedregosa por la que despeñarse o puede que el resultado sea un camino de rosas para compartir. Lo único cierto es que, sea cual sea el resultado, vale la pena sentirse así.

    Espero la continuación de esta historia, cuyo desenlace no acierto a adivinar.

    Un abrazo.

    • Julio López Ruiz

      Gracias por tu comentario, Yolanda.

      Espero que las siguientes partes del relato te gusten. Y por supuesto que vale la pena sentirse así, sin importar cuánto tiempo dure. Una cosa es segura, el sentimiento perdurará, de una forma u otra, para toda la vida.

      Un abrazo.

  • Ana peregrina

    Acabo de leer esta parte y me gusto asi que voy a leer la segunda!!!

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