Esa mujer, mi amiga… Parte II

Hay quienes se consideran afortunados por tener una memoria amplia y confiable, capaz de recordar hasta el más mínimo detalle de cualquier escena que hayan podido registrar. En mi caso, la memoria ha sido mi mayor detractora en más ocasiones de las que quisiera recordar. Sin embargo, no ha sido por el hecho de olvidar cosas, sino por recordarlas en el momento menos indicado. El olor a tierra mojada, por ejemplo, me lleva al salón de clases de la escuela primaria cuando yo cursaba el primer año. No importa mucho el lugar donde me encuentre; si está lloviendo y el agua hace despertar el olor de la tierra, la imagen del salón oscurecido siempre viene a mí. Otra reacción, más o menos similar, me ocurre al escuchar la aturdidora bocina de un tráiler. Eso es porque, de niño, veía un programa de televisión que iniciaba precisamente con ese sonido y, justo después, se escuchaba el tema musical de la serie televisiva. Creo que no hace falta explicar que, cada vez que escucho un tráiler sonando su bocina, comienzo a tararear la canción de aquel viejo programa. La memoria esconde en la mente un dedo furtivo que, ante la menor provocación, jala el gatillo y dispara sus recuerdos.

Me había costado un enorme esfuerzo invitarla a salir. Para empezar, no sabía si resultaba correcto ir al cine con alguien a quien tratas sólo como amiga. Ni siquiera tenía claro si era apropiado salir con una amiga sin avisárselo a mi novia. Por supuesto, ni siquiera lo pensé: mi novia era tan celosa que rompería al mismo tiempo nuestra relación y todos mis huesos. No, no había necesidad de que se enterara. Además, mi intención era sólo disfrutar una película en el cine. Nada más. Al menos eso creía yo al momento de salir de casa y dirigirme a la casa de ella, de mi gran amiga. Había quedado en pasar por ella para irnos juntos al cine. Como ya resultaba una costumbre en mí, llegué temprano. Ella aún no estaba lista y sus padres me mandaron esperarla en la sala. Me di cuenta de lo absurdo de la situación cuando no pude responderles a qué hora empezaba la función ni el nombre de la película que veríamos. Unos minutos después, apareció ella. Su rostro resplandecía bajo su maquillaje, el rojo de sus labios resaltaba su sonrisa y el negro profundo de sus ojos brillaba con luz propia. Su vestido se ajustaba a su cuerpo de manera exacta, exquisita. Los tacones en sus pies la hacían lucir más alta e inalcanzable para mí. Sobre todo, cuando después de admirar aquella hermosa visión, mis ojos se posaron aterrados sobre mi pantalón de mezclilla azul y mis zapatos tenis negros sucios y desgastados. A ella no le importó, o no pareció importarle. Yendo directamente hacía mí, siempre mostrando una sonrisa, besó rápida y furtivamente mis labios; justo frente a sus atónitos padres. Pero el más sorprendido fui yo. Ya mi apariencia me colocaba en una posición poco ventajosa de por sí, pero aquel pequeño beso me hizo sonrojar y pareció enmudecerme momentáneamente.

No recuerdo absolutamente nada de la película que fuimos a ver, tampoco estoy seguro de saber a qué cine fuimos. Lo único que logro recordar es el roce de sus dedos sobre mi mano mientras estábamos en la sala. Esa simple caricia hacía que mi corazón golpeara mi pecho con tanta fuerza que pensé que se escucharía más fuerte que el audio de la película. El cosquilleo que sus dedos le provocaron a mi mano permaneció ahí mucho tiempo después de que salimos del cine. Nunca olvidaré que, tras la película, fuimos a comprar helados y dimos un paseo por un parque cercano. Fue la primera vez que quise acercarme más y besarla. Sus labios me invitaban a probar los rastros de helado que se posaban sobre ellos. Quizás ella lo notó. Quizás ella misma lo había provocado. Su mirada la delataba. Era la mirada de quien ha preparado la travesura, de quien ha tendido la trampa. Lentamente, seguí la mirada que me guiaba hacia su rostro; hasta que sus ojos se ocultaron tras los párpados que se cerraban suavemente. Yo también cerré mis ojos y, nuevamente, mi corazón se desbocó sin control. Sentí el calor de su respiración cayendo sobre mi piel y mi voz pronunció su nombre. Desafortunadamente, no había sido el suyo, sino el de mi novia. Tal vez mi memoria tenía grabado aquel nombre y lo usaba ante situaciones como esa. No lo sé. Sólo puedo decir que ella se alejó y no dejó que me acercara por varios minutos. La cortina de misterio había vuelto a cubrirla una vez más. No estoy seguro del tiempo que pasó, pero al final ella volvió a mirarme. Como si nada hubiera ocurrido, regresó a mí y me pidió que la acompañara de regreso a su casa.

No sé qué ocurrió en esa ocasión, pero algo cambió en mi vida. Las cosas con mi novia empezaron a ir mal y, poco a poco, las cosas se hacían menos placenteras. El amor que juraba ser eterno y duradero se comenzaba a morir. Tal vez había forma de recuperarlo. Tal vez no había para qué.

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One response to “Esa mujer, mi amiga… Parte II

  • Yolanda Almansa

    Ayer descubrí tu comentario en mi entrada “Llamaron a la puerta”. Había respondido tus otros comentarios pero ese lo había pasado por alto. No hay nada que disculpar, ya ves que yo también ando un poco ausente últimamente.

    En cuanto a esta segunda parte, te diré que me he anticipado en varias ocasiones a lo que ibas a contar. Quizás por vivencias propias o quizás porque algunos detalles no se nos escapan a las mujeres. Previsible o no, me ha gustado la claridad con la que has expuesto los hechos.

    Continúo con la tercera parte.

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