Esa mujer, mi amiga… Parte III

Sé que no todos los adolescentes tienen las mismas reacciones ante una misma situación, pero en mi caso, una breve distracción en mi noviazgo se transformó rápidamente en su verdugo. De alguna forma, las decisiones las tomé con ligereza y torpeza a la vez. Aquello que consideraba “lo mejor” era, precisamente, lo que no tenía. Fue así que, al primer indicio de quiebre, volaron miles de pedazos y rompí con mi novia. O tal vez ella rompió conmigo. No lo recuerdo. No quiero recordarlo. El caso es que, tan pronto ocurrió, me arrepentí y me llené de vergüenza ante mis propios ojos.

Los días que siguieron quise aparentar entereza, como si ese “pequeño incidente” no me hubiera afectado, y traté de dar la impresión de no sentir dolor. Pero, tarde o temprano, el dolor se nota, no sólo se siente. Y su forma de manifestarse modificó mi mirada, mi andar, hasta mi sonrisa. El llanto humedecía mis ojos por la noche, pero secaba el ánimo y la esperanza durante el día. Luego, siguió el deseo de reparar aquello que había quedado roto, sólo para darme cuenta que varias piezas se habían perdido irremediablemente y las cosas nunca volverían a ser iguales.

Fue cuando le llame a ella, a mi amiga. Mi voz sonaba débil y tambaleante, sin importar el esfuerzo que hacía por mantenerla firme. Hablé y hablé, nombrando cada una de las cosas que sabía perdidas y que me arrepentía de haber dejado ir. Sin desearlo, mis palabras se entrecortaban, el aire me faltaba y comencé a llorar. No pude seguir hablando; las lágrimas ahogaban mi voz. Nunca he podido hacer ambas cosas a la vez: hablar y llorar. Es una cruel maldición que deja al descubierto mis debilidades y me expone ante quien escucha mis sollozos en lugar de mis palabras. Pero ella no esperó a que terminara mi llanto; por la bocina del teléfono escuché su voz decidida que no se compadeció de mí un solo instante y me ordenó dejar de llorar, me gritó que me comportara como el hombre que debería ser (lo recuerdo así: “el hombre que debería ser”, en lugar de “el hombre que era”). Su carácter me sacudió y casi pude sentir su mirada posándose sobre mi miedo, ahuyentándolo de golpe. Podía imaginar sus ojos negros demandando que hiciera a un lado el sufrimiento y que me sobrepusiera ante lo hecho. Me exigió que me pusiera de pie, que sintiera el suelo bajo mis plantas, que pisara y despreciara las lágrimas que había derramado, que saliera, que me encontrara con ella.

Nos vimos en una cafetería repleta de gente. Quizás fue mi estado emocional, pero allí bebí el café más amargo que recuerdo. Volví a repasar mi historia con ella tratando de mantener mis emociones lejos de mi alcance. Ella, a diferencia de lo que pasó en el teléfono, no habló; sólo me miró fijamente, con profundidad. Quise hacerle saber que estaba bien, que había reaccionado mal cuando habíamos hablado; pero que ya había pasado, que me había recuperado y que quería volver a la normalidad, a ser el de antes. No pude. Podría decir que sus ojos negros mirándome no dejaron que yo hablara, podría inventar cualquier otro pretexto, pero fue mi cobardía la que me hizo callar. Sin embargo, ella habló; no con palabras, sino con su sonrisa. Sin tener una razón aparente, me miraba con una alegría brillante. Ahora las palabras sobraban. Acercó su silla a la mía y, sin sacarme de su vista, me besó, primero en la mejilla, luego en los labios, cada vez con más ternura, con mayor emoción, haciéndome sentir el calor de sus besos sobre los míos. Por primera vez, me sentí lleno de debilidad y de fuerza simultáneamente. Mi corazón volvió a traicionarme latiendo con toda su fuerza; pero, esta vez, pude sentir el suyo latiendo con mayor fuerza sobre mi pecho. Ambos nos estremecimos de forma casi sincronizada. Puedo decir que, en aquellos breves instantes, fui feliz. Pero, como dije, fue breve, demasiado breve. Inesperadamente, tal como se había acercado, ella se alejó. Regresó la silla a su lugar y dijo “Me tengo que ir”. Yo estaba a punto de reclamar, de demandar una explicación a sus reacciones, hasta que, con voz firme ordenó: “Acompáñame”.

Nunca supe cuál era su plan original, pero cuando llegamos a su casa, la recibió (nos recibió) la noticia de que su abuela acababa de morir. No voy a describir el drama que se desató en su interior; sólo diré que, seguramente, era la peor noticia que había recibido hasta entonces, y la devastó. Sin siquiera preguntar, la acompañé al funeral y traté de animarla, tal como ella lo hubiera hecho conmigo. La diferencia era que yo no sabía cómo devolverle la fuerza a alguien tan inmensamente fuerte. A ratos me acerqué, a ratos me alejé; mil veces cambié la forma de mi rostro para tratar de compadecerla, de reconfortarla, de hacerle sentir mi apoyo. Nunca sentí que algo de eso ayudara. Reuní la fuerzas necesarias para acercarme y para tratar de abrazarla empáticamente; pero antes de que lograra hacerlo, llegó él corriendo. La tomó entre sus brazos y la besó; noté que no dejaba de abrazarla. Ella lo abrazaba también, dejándose confortar. Después de un rato, miró por encima del hombro de él y me vio. Sólo entonces deshizo el abrazo y le murmuró algo al oído. Ambos caminaron hacia mí. “Te presento a mi novio”, me dijo ella. Yo extendí mi fría mano hacia él. Ahora había dos muertos en el velorio.

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