Diálogos con el tiempo

Apenas lo vio, desde el inequívoco primer instante, supo que nunca podría olvidarlo. Fue, podría decirse, un amor a primera y enésima vista, pues sus ojos no podían apartarse de él. En sus cuarenta y dos años como relojero, Artemio sólo había visto algo así en un viaje por Francia.

—¡Hermoso! —le dijo apenas quedó a solas con él—. Eres un hermoso reloj francés. Si no me equivoco, te construyeron entre 1890 y 1900. Mucho tiempo para un frágil reloj que se ha alejado de su país de origen.

Con sumo cuidado, desempolvó un poco el gastado mueble de madera y descubrió el nombre de su creador.

—¡Lo sabía! ¡Eres un Japy Frères original! —le dijo sonriendo—. ¿Qué haces tan lejos de casa?

A principios del siglo XX, en el año de 1902, Salvador y Marcela se embarcaron en un largo viaje de luna de miel desde México. Pasando por Portugal y España, los recién casados llegaron a Francia. Ambos ansiaban conocer la Ciudad Luz, la ciudad con el idioma del amor, y visitar la enorme estructura de hierro que unos años atrás se había erigido en París: aquella extraña construcción a la que en todos los diarios llamaban Torre Eiffel. El extraordinario monumento los cautivó y habrían querido llevarlo con ellos como un testigo vivo de su asombro. Pero, aunque a sus enamoradas mentes podrían haberlo considerado en algún momento, la visita a una pequeña casa de relojes, en las afueras de París, los hizo cambiar de parecer. Dentro de la variada muestra de relojes que exhibían, se encontraba un reluciente reloj Circa 1900, fabricado por el reconocido Japy Frères, siempre caracterizado por la calidad y precisión de sus trabajos. Sin pensarlo demasiado, pagaron el importe y lo embalaron para transportarlo de forma segura hasta su nuevo hogar en la Ciudad de México.

—Seguro fue un viaje muy largo, muy incómodo —comentó pensativo Artemio tratando de adivinar sus secretos—. Lo que habrás visto en estos años, en estas generaciones.

La estancia en el hogar de Salvador y Marcela fue larga y, hasta podría decirse, placentera. Tuvo la fortuna de atestiguar la formación de una nueva familia y, por supuesto, de formar parte de ella. Salvador se encargaba de activar su sistema de “cuerda” cada semana para mantenerlo en movimiento, alimentado, vivo. De vez en cuando, Marcela lo cambiaba de posición para ofrecerle una perspectiva diferente. Sin importar dónde, su carátula y su péndulo de porcelana iluminaban alegremente cualquier habitación. Incluso Carlota, la hija de ambos, llegó a encariñarse de los detalles dorados y la madera oscura del reloj. Fue frente a sus finas manecillas que aprendió a leer la hora y a comprender el paso del tiempo. Tuvo, sin embargo, algunos problemas: Cuando estudiaba los números romanos en la escuela, Carlota discutió acaloradamente con su maestra sobre la construcción correcta del número cuatro, pues defendía firme la postura de su reloj respecto a escribir “IIII” en lugar de “IV”. “Mi reloj no puede estar mal”, casi gritó. Aceptar que la maestra tenía razón fue un proceso muy doloroso para Carlota. No obstante, aquel imprevisto no afectó la relación de la pequeña con el elegante dispositivo. Siguió confiando en él y le permitió atestiguar el paso del tiempo, mientras Carlota se convertía en una bella mujer. Fue una relación tan especial, que Salvador no dudó en regalarle el preciado reloj el día de su boda.

—¡Ah! Debiste ser un regalo de bodas inigualable, extraordinario —se sorprendió el relojero mientras recitaba con tranquilidad las palabras escritas sobre una pequeña placa metálica, colocada en la parte posterior del mueble de caoba—. “Para Carlota y Gilberto. Que todos sus segundos, todos sus minutos, y todas sus horas, estén llenos de amor. De tus padres, Salvador y Marcela”. Y, por lo que veo, su hijo Carlos también te llegó a querer mucho.

Carlota y Gilberto no se apresuraron a tener hijos. Por el contrario, decidieron postergar esa decisión lo más que les fue posible para disfrutar al máximo su vida de pareja. Carlota dedicó gran parte de su tiempo a la pintura y pronto logró abrir una galería. Uno de los temas más recurrentes en sus creaciones eran, precisamente, los relojes. Los trazaba en diferentes alturas, construidos de diversos materiales, avanzando hacia adelante o hacia atrás, pero siempre le guardó fidelidad a la carátula de su apreciado Japy Frères: dibujaba como “IIII” el número cuatro. Gilberto, por su lado, se internó en el novedoso mundo de la productividad industrial. Estaba convencido de que la optimización de los tiempos y los movimientos harían la diferencia en esa época de tanta competencia. Entre sus locuras principales, estaba aquella en la que se colocaba frente al reloj y, justo cuando la aguja grande marcaba un nuevo minuto, se desabotonaba y abotonaba la camisa con rapidez, midiendo el tiempo que le llevaba hacerlo. Buscaba diferencias de tiempo entre llevar a cabo esta misma operación yendo de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. El viejo reloj le confirmó, todas las veces, que la operación de arriba hacia abajo era la más rápida. Este mismo tipo de mediciones los aplicó en varias industrias, con diversos procesos, con diferentes personas y tuvo logros importantes en la reducción de tiempos y costos. Irónicamente, pese al éxito que llevaban por separado Carlota y Gilberto, su vida en pareja iba decayendo y tuvieron que tomar varias acciones para mejorarla. Entre ellas, se propusieron estar ambos en casa a las ocho de la noche, como máximo, y dedicar las siguientes horas sólo para ellos. El horario para ir a dormir sería infaliblemente marcado por su Circa 1900, aunque eso no era lo importante: lo sustancial era ir a la recámara juntos. Y así, con la vida matrimonial restaurada, nació Carlos. El centro gravitatorio de las vidas de Carlota y Gilberto se movió drásticamente hacia su hijo, provocando severos cambios. Desafortunadamente, el principal motivo de estos cambios era la salud delicada de Carlos, que forzaba a la familia a estar, casi de forma permanente, en el hospital. Su sistema óseo parecía demasiado frágil para ser funcional y sufría fracturas continuas, como si se produjeran espontáneamente. Durante los primeros años de su vida, Carlos tuvo que mantenerse aislado para evitar lesiones, siguiendo un tratamiento estricto para la absorción de calcio y el fortalecimiento de sus músculos. Fue el confiable reloj francés el que lo mantuvo atento a la ingesta de sus medicamentos y le mostraba sus avances en cuanto a la duración de sus ejercicios. Tras de ocho años de terapias interminables, Carlota y Gilberto recibieron la notificación médica de que Carlos había vencido a sus padecimientos y podía llevar una vida normal. Pero la vida nada tiene de normal y, justo un año después de la recuperación de Carlos, la muerte alcanzó a Carlota sin haber estado enferma, sin advertencia, sin sufrimiento. Cuando le dieron la terrible noticia a Carlos, su primer impulso fue correr y abrazar el reloj que su madre le había obsequiado, cubriéndolo con sus lágrimas. Tomó un lápiz afilado y escribió junto a la placa metálica que estaba en la parte posterior: “Tus minutos fueron míos. Carlos”.

—Veamos entonces qué pasó contigo —susurró Artemio mientras alistaba sus herramientas para revisar el mecanismo del reloj—. ¿Qué te hizo dejar de funcionar? ¿Serán estos golpes en tu costado? No lo creo, no parecen haber alcanzado tus engranes. ¿Quién te ha tratado con esta furia?

Tras la muerte de Carlota, el reloj permaneció en la posesión de Gilberto. Ni siquiera Carlos, al irse de su casa, intentó llevarlo consigo. Decía que le recordaba en demasía el dolor: el físico y el de su espíritu. Si vale decirlo, Gilberto y el reloj reforzaron su amistad. Con regularidad, llevaba al viejo reloj para que un relojero especializado limpiara sus entrañas y lo volviera a la juventud. Quizás era un deseo oculto que él mismo tenía para tratar de vencer a su ya inminente vejez. “Al menos uno de los dos seguirá caminando en unos años”, le decía en sus momentos de depresión. Incluso Rebeca, la segunda esposa de Gilberto, se mostraba celosa ante el cariño que Carlos le profesaba al artefacto. Pero la rivalidad fue olvidada el día en que un ladrón entró a su casa y trató de robar sus pertenencias. En una reacción inesperada e incontrolada, el viejo Gilberto se lanzó sobre el invasor y trató de ahuyentarlo. De inmediato recibió un golpe que lo tumbó sin piedad sobre el suelo. Trató de incorporarse lo más rápido que pudo, pero el desconocido había desenfundado ya una pistola, por lo que, en su desesperación, Gilberto agarró el primer objeto que tuvo a su alcance y asestó un fuerte golpe a la cabeza de su atacante. El reloj exhibía ahora un golpe en un costado, pero seguía funcionando; y Gilberto seguía vivo. Rebeca no pudo estar más agradecida. Mas sólo se requiere un soplo para que gire el mundo —quizás varios— y, gracias a una inesperada devaluación en el país, Gilberto y Rebeca se vieron obligados a empeñar varios de sus objetos más valiosos; entre ellos, el adorado reloj de Gilberto. La cantidad de dinero que recibieron no fue mucha, pero los ayudó a mantenerse a flote. El reloj, sin embargo, nunca regresó al que había sido, por años, su hogar.

—No eres un paciente fácil —se quejó el relojero mientras luchaba por desarmar en orden cada pieza del Circa 1900—. Aparte de tu carácter complicado, tienes rotas las entrañas y algunas partes seguro se han extraviado. ¿Qué te ha ocurrido? No me extraña que ahora no funciones, lo que me preocupa es lo que pudo haberte provocado tanto infortunio.

Se acercaba el cumplimiento de los cuatro primeros meses de su noviazgo y Octavio buscaba con fervor el regalo que coronara el evento. Si llegaba con las manos vacías o, peor aún, con el regalo equivocado, la relación que estaba tratando de celebrar correría peligro. El temperamento que Lucía había mostrado últimamente no era cosa menor y Octavio no estaba dispuesto a provocar una mala reacción. Causalmente, en su camino hacia el centro comercial que solía frecuentar, se encontró de frente con la casa de empeño donde ahora descansaba la cansada creación de Japy Frères. De inmediato supo que eso era lo que debía regalarle a Lucía. Para su sorpresa, ella lo recibió con una alegría que no se le había visto en varios meses. Lo abrazó y lo besó como si acabara de volver de la guerra. A Octavio sólo le agradeció el obsequio. “Sólo tenemos que quitarle esa placa metálica y borrarle lo que le escribieron a lápiz”, dijo Octavio. “¡No! No le haremos nada de eso. Es su historia, su forma de contárnosla. No debemos callar su mensaje”, expresó Lucía con firmeza. A los pocos meses, Octavio estaba arrepentido por haberle obsequiado el reloj a Lucía, pues su relación había ido de picada y terminó abruptamente. En su opinión, no había valido la pena la compra del lujoso reloj. Le pareció que Lucía no estaba en sus cabales y, en parte, se alegró por alejarse de ella. Y, efectivamente, Lucía no estaba bien. Llevaba mucho tiempo sumida en una tremenda depresión. Al principio, pensó en buscar ayuda, pero después terminó por dejar que su extrema abulia tomara el control de su cuerpo. Ya nada le interesaba, nada tenía sentido en su propia vida. Los últimos dos años habían representado todo un reto de supervivencia para ella. Había terminado su matrimonio y, tras el divorcio, su vida no había vuelto a ser la misma. Lo había intentado, sí, pero el destino parecía echarle en cara una cruda realidad: estaba sola. El único consuelo que tenía era su nuevo reloj, que ahora servía como su confidente; así llegó a considerarlo. Una vez, incluso, escribió en una pequeña carta un mudo secreto que quiso compartir con él, con nadie más. Dobló el papel en varias partes y lo introdujo cuidadosamente al interior del mueble que daba cuerpo al orgulloso reloj. Después lo besó y se prometió cuidarlo con toda sus fuerzas, sobre cualquier cosa. El humor cambiante de Lucía, sin embargo, hizo que, repentinamente, su confidente dispositivo adoptara el rostro de Octavio y, en un principio, se sintió culpable por haberlo alejado y lloró frente a la carátula del reloj pidiéndole que la perdonara. Pero luego, haciendo presentes sus pasados desatinos, su fallido matrimonio, comenzó a reprocharle, a gritarle, hasta que, finalmente, lo tomó con ambas manos y lo azotó repetidamente contra la cama de su habitación. Entre todo el vapuleo, el reloj dejó de funcionar casi de inmediato, envuelto en dolor. Cuando Lucía escuchó a los desesperados resortes del reloj gritando su sufrimiento, volvió a la conciencia y trató de sanarlo con sus manos, con sus lágrimas, con sus incansables besos. Cubriéndolo con una frazada, salió corriendo a la calle en busca de ayuda, en busca del relojero que pudiera salvar su vida.

—No, ninguna pieza se extravió, afortunadamente. Sólo están zafadas y, por lo que veo, será fácil reemplazar las que se maltrataron más —diagnosticó Artemio al hacer el recuento de los daños encontrados.

Artemio terminó de desarmar cuidadosamente el reloj y, aplicando un poco de aceite aquí y sustituyendo alguna pieza allá, fue dando vida nuevamente al complejo dispositivo. Luego, como si saliera voluntariamente de su escondite, asomó el trozo de papel doblado que Lucía había introducido en el interior días antes. El experimentado relojero miró extrañado el papel y un pensamiento acudió rápidamente a su cabeza: “Basura”. Tomó unas delgadas pinzas y lo extrajo delicadamente, cuidando no mover innecesariamente alguna pieza el reloj. En cuanto tuvo el papel en sus manos, Artemio tuvo el impulso de arrojarlo al bote de basura, pero la forma en que estaba doblado le hizo pensar que, quizás, se trataba de algo más. Lentamente, desdobló la carta que tenía en sus manos y leyó su contenido:

“Querido confidente mío. Muy probablemente te perecerán ajenas mis palabras, pero he tenido el deseo de plasmarlas para que no consuman mis entrañas. Como podrás imaginar, no es fácil para mí expresarlas y, por eso, tampoco espero que sea fácil comprenderlas. Lo que ahora te digo a ti, paciente acompañante de mis horas, no lo he dicho a nadie más. Si acaso, una sola persona en este mundo sabe parcialmente esta historia. ¿Cómo ocultársela a él, si fue uno de sus protagonistas? Sí, te hablo de Tomás, mi amado exesposo. “Amado” he escrito con toda intención y convicción, puesto que nunca he logrado odiarlo pese a lo mucho que intenté. ¿Te parece una locura mi dilema? La locura, he aprendido, es parte esencial del amor y de la esperanza. Y yo, amigo mío, no la tenía en suficiencia. Orgullo, en cambio, tenía de sobra para convertirlo en desdén. ¿Cuántas veces lo humillé y lo desprecié? ¿Cuántas veces aceptó mis injurias y me pidió perdonarlo con tal de mantenerse a mi lado? Todas. Sí, todas las que yo merecía y, aún, todas las que no. En cambio, yo no contaba con el mismo nivel de tolerancia que él, ni fui dotada con la locura de la compasión. Así que, en la única excepción de su paciencia —sólo en una—, él estalló contra mí. En otras ocasiones, lo había visto yo enfurecerse con la vida, con la injusticia, con la muerte misma. Pero sólo esa vez lo vi furioso conmigo. Me gritó con voces extranjeras, con intenciones fatuas, con furia controlada. Yo tomé la defensiva y opté, como estrategia, por mostrarle en exceso mi dolor pues tenía la esperanza, no, la certeza de que verme sufrir le causaría un sufrimiento mucho mayor a él. Y entonces quise que me doliera, quise que el sufrimiento me destruyera con todo el malestar que fuera posible, quise que él se doblara con mi contrición. Por supuesto, lo conseguí, logré que cayera sobre sus rodillas frente a mí y que llorara con mi pena. Pero yo, orgullosa, desdeñosa, no acepté sus injustificadas disculpas y lo eché. Le dije que saliera de mi vida, que había roto todo lo que había logrado unirnos y que no había forma de volver a reparar todo el daño que él había hecho. Lo destrocé con mi desprecio, para decir lo menos. ¿Y sabes algo? Él tenía razón de estar enojado cuando me gritó. Quizás exageró en su reacción, igual que como yo lo hice miles de veces antes. Sólo que yo no sabía perdonar. “Sólo loca lo perdonaría”, decía yo. Hoy hubiera querido haber estado loca entonces. Muchas veces intentó convencerme de su amor; yo sólo le extendí los papeles del divorcio. Así es, yo llevé todo al extremo. El día que, finalmente, él firmo los papeles yo sentí que me robaban el piso, que yo mismo me lo quitaba, pero traté de culparlo siempre a él, sólo a él. Lloré por días enteros y sus noches. No sabía lo mucho que podía llorar una persona, hasta que descubrí que mi rostro y mi cuerpo entero se habían vuelto húmedos, salados. Mi secreto, mi tumba —si quieres llamarlo así—, es que nunca quise que se fuera. Fui maldecida incluso con mis propias palabras, pues deseé miles de veces que él regresara, pero lo rechacé invariablemente en cada ocasión, argumentando que “lo hecho, hecho estaba”. ¡Estúpida! ¿Cómo no pude ver que era yo la que había hecho todo? O, tal vez lo vi, pero nunca quise aceptarlo. Ése, querido amigo, ha sido mi destino y mi martirio todo este tiempo. Un martirio forjado por mí, y sólo para mí. ¿Será que ha sido algún tipo de profecía o una forma de adelantar mi porvenir? ¿Para qué, entonces, evitar el hado? ¿Por qué postergar mi fatal designación? Sólo tú, reloj mío, con tu arduo y continuo andar, podrás saber mi destino algún día. Y ese día, quizás, ya no lograrás avanzar. Lucía.”.

—No. No es lo que me estoy imaginando. ¿O sí? —preguntó nervioso Artemio al desarmado reloj—. ¿Será posible que esto esté ocurriendo?

Artemio se apresuró a buscar la copia del recibo que le había entregado, unas horas antes, a la hermosa mujer que había llevado el reloj. Escudriñó la nota y se enfocó en reconocer el nombre: era Lucía. Verificó la dirección escrita y, después de cerrar la relojería, inició la carrera. Llamó desesperado a la puerta y, tras unos breves instantes, Lucía abrió. Sus lágrimas aún estaban presentes en sus mejillas. Él mostró la carta en sus manos y le dijo: “Creo que puedo ayudar”. El viejo relojero le contó una historia, casualmente muy parecida a la de ella, sólo que era él, Artemio, el protagonista. Platicó sobre los errores que se comenten en la vida y en la posibilidad de repararlos, justo como se repara un reloj: con paciencia y dedicación.

—¿Señorita, sabe de qué me di cuenta al encontrar su nota en la maquinaria del reloj? Hacía que los engranes quedaran perfectamente alineados. Normalmente hay que hacerles ajustes y corregir los pequeños errores de fabricación. Su carta, su secreto, hace que el movimiento del reloj sea aún mejor.

—No entiendo —respondió Lucía intrigada.

—Despojarnos de ciertos prejuicios y externar nuestro arrepentimiento, puede ayudar a que las cosas marchen mucho mejor. En mi caso, no tuve el valor ni la locura suficientes para corregir lo que tanto deseé. Usted todavía está a tiempo. Y, créame, yo conozco bien el tiempo.

Pasaron algunas semanas, y el viejo reloj francés regresó al hogar de Lucía —con la carta de Lucía insertada entre la maquinaria—, luciendo como nuevo. Ella y Tomás lo recibieron con alegría y se propusieron mirar las horas en el Circa 1900 el mayor tiempo posible, convencidos de que era responsabilidad de ambos mantener funcionando sus complicados engranajes.

Pero no fue posible mantenerlo funcionando todo el tiempo: Un día, el péndulo de porcelana interrumpió su vaivén. Lucía miró con asombro el extraño comportamiento. Algo le indicó que no debía tocarlo y tuvo un mal presentimiento. Con un sentimiento repentino, comprendió que su reloj intentaba decir algo. Aquella falta de movimiento, aquel silencio inesperado, marcó la hora justa en que Artemio falleció. Al comprenderlo, los ojos de Lucía se llenaron de lágrimas largas y amargas. Después de un minuto, del minuto de silencio, el péndulo retomó su andar. El llanto de ella resonó en las paredes: eran las doce con treinta y cuatro.

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