Lección Aprendida

Desde el momento mismo en que nació, Romana se enfrentó a varias dificultades. La primera fue el hecho de que su padre quisiera un varón, pero sólo llegó ella. De hecho, él mismo había elegido cuidadosamente el nombre que le podría, Román, y ahora tendría que desperdiciarlo en una mujer, en su hija, en Romana. Quizás el destino lo recompensó al final, pues tras el tropiezo de Romana, sólo procreó varones, seis en total. Ésta fue la segunda dificultad grave que enfrentó, pues, como mujer, debió mantenerse firme como la hermana predominante y fuerte de la casa. Su carácter se volvió áspero y tosco; todo para defender su posición, su hegemonía, su condición de mujer.

Para Romana no era extraño en su vida pelear a golpes contra sus hermanos, contra borrachos que buscaban aprovecharse, y contra cualquiera quisiera robarle el orgullo de alguna forma. “No van a joderme”, repetía con ira cada vez que tenía que enfrentarse a alguien. Era bien conocida en el pueblo por su bravura y por la poca delicadeza para hablar y comportarse. Llegó a pensarse que nunca se casaría, que no existiría alguien lo suficientemente valiente —o tonto— que intentara domarla. Pero, para sorpresa de todos, el “valiente” fue un hombre más bien tímido por el que Romana sentía admiración y mucho respeto. Se llamaba Gabino. Era profesor de Matemáticas en la secundaria del pueblo y nunca solía meterse en dificultades. En cuanto se casaron, Romana y Gabino se mudaron para buscar mejores oportunidades en la ciudad. La personalidad luchona de Romana le permitió adaptarse rápidamente a su nueva vida y, antes de un año de haberse mudado, dio a luz a su hijo: Ramón.

Ramón tuvo sus propias dificultades. Desde pequeño le fue exigida una actitud más agresiva ante la vida. La exigencia, obviamente, provenía de su madre. Gabino insistía en que no debía presionarlo y que pronto se adaptaría, pero Romana insistía en que Gabino no sabía nada, que ella le enseñaría a defenderse, le enseñaría a no sufrir. Pero con el paso del tiempo, Ramón no parecía dar muestras de haber heredado la determinación de su madre, y sí la pasividad del padre. No resultaba raro que lo golpearan en la escuela o que se aprovecharan, en varias formas, de su personalidad tímida y apocada. “¡Pégales, cabrón!”, lo instruía Romana cada vez que Ramón le contaba que algún vago lo amedrentaba. Si algo molestaba excesivamente a Romana era el hecho de que Ramón nunca se defendiera, nunca diera muestra de querer contraatacar. “Le falta carácter, nada que un sicólogo no pueda ayudarle a corregir”, decía Gabino tratando de tranquilizar a su esposa y buscando posibles soluciones. “¡Le faltan huevos! ¡Qué sicólogo, ni qué nada!”, era la respuesta enfática de Romana.

Después de varios intentos fallidos para que Ramón endureciera su temperamento, Romana decidió llevarlo a su pueblo natal para que conociera otros ambientes. Lo obligó a pasar horas solitarias en la oscuridad total, a dormir sobre un pajar dentro del establo de los caballos, a caminar descalzo entre los chiqueros de los puercos. Ramón trataba de no llorar, de enorgullecer a su madre, pero siempre era traicionado por las lágrimas que le brotaban irremediablemente. Así que Romana tuvo que incrementar el nivel de exigencia. Estaba decidido que ese día se comería guajolote y Romana levantó muy temprano a Ramón para que viera la forma en que se preparaba. Por supuesto, la preparación incluía decapitar a hachazos al guajolote y estaba determinada a que su hijo participara. Ramón no quería acercarse. “¡Toma el hacha!”, le ordenó Romana colocando el instrumento mortal sobre la mano de Ramón. Él simplemente no podía sostenerla. Finalmente, Romana cedió y le indicó que, con sostener al animal mientras ella lo degollaba, era suficiente. Ramón dudó; ahora no sabía qué era peor: matar al animal o sentirlo morir entre sus manos. “Agárralo fuerte, no te hace nada”, le dijo tranquilamente. Ramón no pudo pensarlo mucho, en cuanto puso las manos sobre el desahuciado animal, escuchó cómo Romana asestaba un hachazo tras otro hasta que el guajolote salió corriendo. Ramón no se lo esperaba; mientras que la cabeza del guajolote quedaba inmóvil —pero con los ojos muy abiertos— caída sobre el piso, el resto de su cuerpo corría torpemente por el patio de forma desesperada, hasta que cayó y no pudo levantarse ni moverse más. Ramón se impresionó mucho, pero, contrario a las expectativas de Romana, no lloró. Ella se notó feliz. Sin embargo, al paso de los años las cosas no mejoraron mucho desde la perspectiva de Romana. Ramón seguía siendo poco sociable y mostraba personalidad triste y débil. Ella culpó varias veces a Gabino, quien no solía defenderse mucho y siempre le servía de refugio a Ramón en los días que sentía miedo.

En una ocasión, Ramón acompañó a su madre al banco. El joven adolescente caminaba un tanto encorvado y difícilmente alejaba la mirada del piso. Después de haber retirado el dinero del banco, Romana y su hijo emprendieron el viaje de regreso. No habían caminado más de tres calles cuando un grupo de hombres armados les cerró el paso. “¡El dinero o la vida!”, le exigieron a Romana. A Ramón le pareció extraño que se mostraran a plena luz del día con la cara totalmente descubierta. Romana no estaba dispuesta a entregarle su dinero a aquellos delincuentes y se negó dándole una débil bofetada al que tenía más cerca. En seguida, Romana recibió un fuerte golpe en la cabeza con la pesada pistola que el hombre cargaba, y cayó al piso. Desde allí, Romana miró a Ramón como ordenándole con la vista: “¡Haz algo, haz algo!”. Pero él no pudo moverse. Otro hombre intentó arrebatar el bolso que Romana llevaba en el brazo y ella lo pateó con todas sus fuerzas. Maldijo en repetidas ocasiones a su agresor y opuso toda la resistencia que pudo para no ser despojada de su dinero, hasta que se escuchó un disparo y se le fueron las fuerzas. No cerró los ojos. Seguía mirando a Ramón y él sólo percibía los intentos que ella hacía por decirle “¡Haz algo!”. Antes de que pudiera reaccionar, los ladrones habían desaparecido.

En el hospital, Romana fue atendida con urgencia. Su estado era muy delicado y nadie se atrevía a dar un pronóstico que sonara certero. Por el daño en uno de sus pulmones, Romana estaba conectada a un respirador automático y miles de sonidos se desprendían de los equipos que monitoreaban sus signos vitales. Ramón estaba allí, en la habitación de su madre esperando que ella reaccionara. Después de toda la conmoción, al final ambos estaban solos. Él la miró con ternura, con cierto dolor. Recordó cómo habían sido las últimas horas de sufrimiento y luchaba por olvidarlas. Las imágenes de aquellos hombres golpeando, asaltando y disparándole a su madre despertaron un sentimiento que pocas ocasiones había experimentado: estaba furioso. Quería vengarse, poner en práctica las enseñanzas de su madre, tener el control de la situación y mostrar toda la agresividad con la que había sido dotado. Justo cuando él se sentía así, Romana abrió sus ojos. Lo vio de pie, con la ira reflejada en la cara, sin piedad, sin mostrar ningún remordimiento. Ramón leyó nuevamente en esa mirada su reiterada instrucción: “¡Haz algo!”. Miró el cuerpo de su madre debilitado, desprevenido. Sin intención de ocultar su furia, Ramón caminó hacia la cabecera de la cama, buscó el cable adecuado, y desconectó, con un rápido jalón, el respirador automático. Romana abrió mucho los ojos al faltarle el oxígeno. Él recordó los ojos abiertos de aquel guajolote agonizando, su desesperación, su deseo de que todo acabara. Más ruidos comenzaron a escucharse desde los aparatos electrónicos conectados a su madre. Para cuando Romana cerró los ojos, él se sentía confortado. Se había atrevido. Romana finalmente había logrado que Ramón aprendiera su lección.

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