Amor Secundario

Cuando ella entró, un zumbido continuo llenó el salón de clases. Murmullos y risas disimuladas anunciaron su llegada: era la chica nueva, la que habían corrido de la otra secundaria. Todos sabíamos que llegaría ese día, pero resultó una verdadera sorpresa verla avanzar entre los pupitres para llegar a su lugar: era hermosa. Sé que no es muy común que un alumno de secundaria califique así a una muchacha, pero sólo puedo alegar que creo que me enamoré de ella apenas la vi.

—Hola. Soy Berenice —me dijo apenas se sentó en el pupitre que estaba justo delante del mío.

—Hola. Yo… —titubeé sin poder evitarlo.

Ella rio divertida y yo me hundí en mi asiento. La clase comenzó y yo seguí mudo. La materia era Español. Lo recuerdo porque el maestro platicó sobre su afición a la poesía y mencionó que había ganado varios premios en diversos concursos. “Cuando he quedado en segundo lugar, ni siquiera me he molestado en ir por el premio: para mí es una derrota”, dijo haciendo alarde de sus supuestas habilidades. Pero luego agregó: “Si quieren conquistar a una mujer, un poema es el camino más corto para llegar a su corazón”. Así lo dijo, de trancazo y con sus ojos puestos en los míos. Berenice giró en su lugar y me preguntó en voz baja: “¿Tú sabes escribir?”. Asentí con la cabeza, algo extrañado. “¿Poemas?”, agregó. Sólo pude sonrojarme, nada más.

En cuanto llegué a mi casa, tomé un viejo cuaderno de notas y dediqué toda la tarde a tratar de hilar frases y palabras que expresaran algo que sonara a poesía. Alabé sus ojos cafés y su cabello café con su bello uniforme café. Rimaban algunas cosas, sobre todo si eran cafés, pero nada me gustó como para atreverme a presentárselo. Mientras escribía, imaginaba su expresión de asombro y de alegría al leerlo, y trataba de imaginarme cuál sería su forma de mostrar que estaba “siendo conquistada”. Pero cada vez que yo leía las palabras que acababa de escribir con tanto esfuerzo, mi única reacción era arrugar con furia el papel, romperlo y hasta quemarlo, si era posible. Decidí entonces que usaría un camino ligeramente más largo que el de la poesía: esperaría a que ella me admirara por otras razones; mis calificaciones, por ejemplo.

Resultó, sin embargo, que las calificaciones no parecían importarle mucho: una semana después de llegar a nuestra secundaria, empezó a salir con El Diablo, uno de mis compañeros de clase. Y no era precisamente el más aplicado. De hecho, era el que llevaba más materias reprobadas del salón. “Es divertido”, me dijo ella alguna vez sin que yo le preguntara. ¿Divertido? ¿Qué tenía de divertido un tipo que sólo sabía decir chistes estúpidos y bromas pesadas? ¿Y su risa? Su risa era tan pretenciosa que hasta se contagiaba. Qué tontería. Nunca logré que me saliera igual la risa a mí.

Afortunadamente, la maestra de Historia se las arregló para conseguirnos viajes guiados a diversas zonas arqueológicas y nos asignaba lugar en el autobús de acuerdo a nuestro número de lista: ella siempre se sentaba junto a mí. Desde luego, El Diablo se enojaba porque yo me negaba a cambiarle el lugar durante los traslados, pero yo me escudaba en que no podía moverme de donde me había indicado la maestra. No es que él no insistiera y no quisiera arrastrarme fuera del camión, sino que Berenice le decía que yo tenía razón y que él tenía que irse. Cuando él se iba, ella se reía quedito y apoyaba su mano sobre la mía brevemente. Durante los viajes, yo me fui acostumbrando a platicar con ella y, sin saber cómo, la escuchaba reírse de mis comentarios cada vez con más facilidad. Sus dedos pasaban más tiempo jugueteando sobre mis manos y, definitivamente, creía que había comenzado con el ritual del exorcismo: El Diablo perdía la posesión de su cuerpo.

Mientras regresábamos de un viaje a Malinalco, la noche llegó y el camión se descompuso en un camino solitario cercano a un bosque. Algo en la transmisión del vehículo falló y la marcha hacia adelante era imposible. La única forma que el conductor encontró para poner en movimiento al autobús fue usando la reversa. Habíamos quedado rodeados de enormes árboles cubiertos de oscuridad y nuestra imaginación comenzó a hacernos pasar un mal rato. Y cuando digo que fue “nuestra imaginación” es porque no encuentro otra explicación a lo ocurrido. Yo me encontraba platicando felizmente con Bere —ahora le decía así— y el resto del grupo forzaba la vista a través de los vidrios del autobús para identificar las formas que habitaban aquel bosque. “¿Vieron?”, dijo alguien. “¡Algo se movió de un árbol al otro hecho la madre!”, dijo alguien más. Todos voltearon hacia donde habían ocurrido las cosas y, repentinamente, salieron “las luces”. Pequeñas esferas luminosas rebotaban entre las piedras y los árboles. Sólo eso bastó para que la histeria se apoderara de varios y los gritos femeninos no se hicieron esperar. Bere y yo no sabíamos qué ocurría, pero ella me abrazó inmediatamente. El conductor debió estar asustado también porque, en menos de lo que me di cuenta, ya estábamos avanzando en reversa para salir de aquella área. Todavía nos estábamos moviendo cuando sentí en mi boca la suave humedad de sus labios. Yo aproveché la oscuridad y el desconcierto general y devolví el beso con toda la ternura que pude, acariciando su cara suavemente. De manera furtiva, nos besamos en cada oportunidad, cuando sabíamos que nadie nos veía, cuando todas las miradas aún buscaban luces en la oscuridad. Así estuvimos hasta que llegó otro camión para llevarnos, para relevar al fallido. De igual forma, llegó El Diablo y la tomó a ella, tomando mi lugar, reemplazando mis besos, sin que ella buscara alejarlo. No me dolió que se la llevara, sino que ella no quisiera quedarse conmigo. Tuve deseos de que aquellas luces extrañas que todos habían visto aparecieran y me llevaran lejos de allí, devorándome con su brillo, ahogando mi desgracia en su resplandor.

Algo debió ocurrir durante las siguientes semanas porque Berenice —volví a llamarla así— y El Diablo terminaron. Creo que eso lo hizo sufrir más a él que a ella. Al menos eso me indicaban todos los insultos que él le procuraba a ella cada vez que tocaba el tema. Berenice, por su parte, lo tomó con mucha calma y volvió a acercarse a mí. Yo me sentía halagado, pero mi orgullo me hizo apartarme de ella. Quizás la humildad rebasaba todos mis defectos pues, segundos después, el orgullo se había esfumado. Comenzamos a platicar más durante los recesos que había entre clases, nos veíamos en la tarde, paseábamos de vez en cuando, pero no habíamos tenido la oportunidad propicia para volver a besarnos. De hecho, no teníamos por qué hacerlo: no éramos novios. Quizás eso suene demasiado inocente, pero tenía total sentido en esos momentos. Yo quería hacerlo, quería tenerla entre mis brazos y besar sus suaves labios. No me importaba El Diablo ni nada más, sólo quería que ella fuera mi novia; sin embargo, no me atrevía a declararle mi amor a ella. Deseé estar nuevamente en un autobús descompuesto en medio del bosque con espíritus chocarreros acechándonos. Esperaba que algún tipo de desgracia la acercara sin remedio hacia mis brazos y poder besarla sin parar.

Cuando me di cuenta de que ninguna calamidad ocurriría, decidí que mi única esperanza era arriesgarme a tomarla desprevenida y robar sus besos mientras ella no se percataba de lo que ocurría. Esa tarde —no me atreví a hacerlo a la hora de las clases—, mientras caminábamos por la calle, pasé mi brazo alrededor de su cintura y la atraje hacia mi cuerpo. Ella no opuso resistencia, sus ojos me miraban fijamente y su boca se abría lentamente acercándose hacia la mía. Volví a sentir sus labios suaves y húmedos besándome, llevándome fuera de este mundo en segundos. Seguimos besándonos durante varios minutos y, en una pequeña pausa, le pregunté si quería ser mi novia. Ella me sonrió y, entre besos apasionados, me dijo: “Claro que sí, tontito”. Y seguimos besándonos sin romper nuestro abrazo. En ese momento, la única cosa que me importaba era que tenía novia, mi primera novia. La revelación de ese hecho llegó a mí horas después, cuando estaba todavía hechizado sobre mi cama y una pregunta comenzó a abrumarme: ¿Y ahora qué? Miles de insensateces trataron de responder la pregunta, pero ninguna tuvo éxito. ¿Y ahora qué? Se supone que hay cosas que uno espera de su novia y que algo espera ella de su novio. ¿Y ahora qué? Los poemas debían llegarme ahora a montones pues había logrado llegar al corazón de una mujer, pero nunca estuvieron ni siquiera cerca. ¿Y ahora qué? El amor debiera ser suficiente como para no tener que responder necesariamente la pregunta. ¿Y ahora qué? Quizás el tiempo se encargaría de darme la respuesta, de brindarme una solución. ¿Y ahora qué? Terminamos al día siguiente.

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7 responses to “Amor Secundario

  • deamoresyconsejos

    Mi pregunta a este final es por que? Tus escritos son impecables. Logran retenerme y me muestran una realidad escondida en esas historias cuyos finales siempre son felices. Sin embargo, me gustaria saber por que?

    • Julio López Ruiz

      Tiene que ver con la inexperiencia de la edad y, creo que no está de más decirlo, con una experiencia personal. Pero es principalmente el miedo de la primera vez, el uso de la lógica por encima del sentimiento, el no tener bien definido lo que se desea. La cobardía, para decirlo rápido.
      Muchas gracias por el comentario.

  • Crissanta

    Oh, Dios. Qué hermoso leer esto. Pensé que sólo yo recordaba ese tipo de cosas con tanta nostalgia. Y las describes tan bien que me sentí como la protagonista ja. “Claro que sí, tontito”, jajaja, ¡Gran frase!

  • Yolanda Almansa

    Leí esta historia hace unos días, Julio. Me recordó ciertos pasajes de mi vida y algunas vivencias de mi hija. Una lectura rápida desde el móvil, no da pie a grandes comentarios. Tampoco tiene por qué darla una lectura en la pantalla del portátil sobre la mesa de estudio.
    Lo último que he escrito es un diario para mi hija, titulado “Abecedario incompleto”. Aunque se trate de historias diferentes, sigue latiendo en cada letra ese sentimiento único del amor adolescente. Hoy lo he leído encontrato en tus letras, en tus palabras y en tus frases. De repente, me has quitado más de treinta años de encima.

    Un fuerte abrazo. Te sigo leyendo.

    • Julio López Ruiz

      Muchas gracias, Yolanda. Seguimos leyéndonos y espero poder encontrar más tiempo para escribir, que no siempre lo tengo del todo. Pero muy alegre cuando consigo un poco para dedicarlo a esta labor que tanto me llena de satisfacción. ¡Un abrazo!

  • Yolanda Almansa

    Mejor si digo que lo he encontrado en tus letras, ¿no? Jajajajajaja Ya no sé ni lo que escribo.

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