Llorar hacia adentro (Parte I)

Desde que se conocieron, su relación había resultado tormentosa. Mas no por la forma en que ambos se trataban, sino por cómo habían sido tratados ellos desde el principio. Se amaban, eso era indiscutible, pero las circunstancias a su alrededor provocaban que su relación fuera de cualquier forma, excepto fácil. Cuando iniciaron su romance, todo parecía mágico para Luisa y nada más le importaba; la pareja no dudaba en mostrar su amor y pasión a cada paso, en cada esquina, frente a quien quisiera mirar. Ella y Moisés fueron calificados rápidamente como indecentes, obscenos, desvergonzados. Pero ningún comentario fue suficiente para separarlos o alejarlos.

Por supuesto, los padres de Luisa no aprobaban su relación con Moisés. Los padres de Moisés le prohibían hablarles de Luisa. Así que, cuando ambos se sentaron frente al padre de Luisa y le dijeron que estaba embarazada, los gritos y repudios no se hicieron esperar. Moisés amaba a Luisa y estaba dispuesto a avanzar en su romance y hacerse cargo del bebé que anunciaba llegar pronto. Las familias de ambos se indignaron, se enfurecieron, les mostraron la espalda. Ni los padres de Luisa ni los de Moisés estaban dispuestos a aceptar semejante barbaridad y cerraron filas contra ellos. Ambos abandonaron a las familias que los habían visto nacer para evitarles mayores vergüenzas, mayor deshonor. Se instalaron en un cuarto de servicio que un amigo de Luisa les ofreció de manera temporal. Pese a que el amor que se tenían los hacía felices, Luisa lloró por dos días y sus noches antes de poder volver a sonreír. Lo que la distrajo de su llanto fue, precisamente, un pequeño latido dentro de su propio vientre. Lo palpó curiosa, con cuidado, y sus lágrimas abandonaron sus ojos, dejando una amplia sonrisa en su rostro. Moisés sonrió también, lo sintió, le habló y comenzó a amarlo también. Fue cuando decidieron que darían todo por hacerlo feliz.

El día en que Daniel nació, surgió una nueva familia. Quizás no fuera la mejor de ellas, pero era una familia donde existía el amor, la convicción y la esperanza. Sobre todo, la esperanza. Moisés había conseguido pequeños trabajos que le permitían pagar las deudas y alimentar a su familia. Era joven y soportaba bastante bien los sacrificios físicos que hacía para ganarse la paga en cada uno de ellos. Tenía la esperanza de terminar sus estudios y convertirse en ingeniero mecánico. Sin embargo, eso no era posible en ese momento, cuando apenas lograba juntar para satisfacer las más básicas necesidades de su familia. Pero seguía la esperanza. María se dedicó a vender ropa, perfumes, bolsas, y cualquier otra cosa que lograba ofrecer a conocidos y desconocidos. La mayor parte del tiempo la pasaba en casa, cuidando a Daniel, manteniendo la esperanza de que nunca se enterara de sus dificultades y pesares. Siempre estaba la esperanza.

Cuando Daniel cumplió dos años, el esfuerzo de Moisés y Luisa seguía siendo agotador, pero sus condiciones habían mejorado un poco. Consiguieron rentar un pequeño departamento un poco más espacioso que el cuarto de servicio y la felicidad ya comenzaba a llenarlo. La esperanza seguía allí. Luisa seguía cuidando a Daniel, pero había logrado poner un pequeño negocio de cosméticos que le ayudaba a afrontar los gastos y seguir pagando deudas. Si todo iba bien, pronto podrían pensar en adquirir su propio departamento y olvidarse de las rentas. Ésa era su esperanza.

Sin embargo, algunos inconvenientes suelen presentarse en el camino que guía hacia los sueños. Una ocasión, Daniel comenzó a tener fiebre sin aviso previo, de un día para otro. Tras llevarlo al doctor, se le diagnosticó una infección severa. La medicina que el médico recetó sólo la vendían en farmacias especializadas y resultaba extremadamente cara para Luisa y Moisés. Con el fin de juntar lo suficiente para comprar la medicina, Luisa le sugirió a Moisés cambiar los vales que la empresa le daba para comprar despensa en ciertos supermercados. Así, Moisés salió apresurado a un supermercado cercano y recorrió el área de las cajas. Buscaba a clientes que intentaban pagar sus compras con efectivo. Él les ofrecía pagar su cuenta con vales si ellos le daban el efectivo equivalente. En total, Moisés había llevado quinientos pesos en vales y logró cambiar cuatrocientos en poco más de dos horas. Los últimos cien pesos le resultaron más difíciles de cambiar, hasta que llegó a una caja donde una pareja se disponía pagar en efectivo. Moisés ofreció sus cien pesos en vales a cambio del efectivo.

—¿Pero a cuánto me los vas a dar? —preguntó el hombre.

—¿A cuánto? Son cien pesos —contestó Moisés.

—Pero ni modo que quieras cambiármelos al mismo precio ¿o sí?

—Así me los han cambiado.

—Si quieres, te doy ochenta pesos por tus vales.

—Pero…

Moisés tuvo el impulso de explicarle a aquel hombre que lo hacía por necesidad, para comprar las medicinas de su hijo enfermo. Pero la postura arrogante del hombre y la sonrisa burlona le hicieron saber que no lo convencería. La mujer miró extrañada a su compañero, pero no hizo nada para hacerlo cambiar de opinión. Moisés no sabía qué hacer. En su inocente pensamiento, no le parecía lógico que alguien quisiera aprovecharse de su situación. No lo estaba haciendo por gusto, lo hacía por su hijo, por una causa justa, no para tomarle el pelo a nadie. El hombre lo miró con desdén, con deseos de controlar su decisión, su destino. Finalmente, Moisés extendió la mano y le entregó los cien pesos a cambio de los ochenta en efectivo. El hombre rio escandalosamente cuando Moisés se alejó.

Cuando caminaba hacia su casa, Moisés se sentía ultrajado. Pese a haber conseguido el dinero suficiente para comprar la medicina, estaba furioso. Se sentía vulnerable, estúpido, débil; se sentía pobre. Seguía viendo la cara del hombre riéndose y sintiéndose orgulloso por haberlo jodido. Porque así se sentía Moisés, completamente jodido. Fregado por alguien como él, alguien que también podía tener necesidades, pero que aprovechó un momento de “poder” para sentirse menos fregado. Moisés notó cómo su vista se nublaba mientras caminaba y las lágrimas corrieron por su rostro. Hacía mucho que no lloraba, que no se sentía tan mal. Ni todas las dificultades que había vivido hasta entonces le habían provocado llanto. Pero aquella violación a su dignidad había sido demasiado para él.

Moisés se secó las lágrimas y abrió la puerta del departamento. Allí vio a Luisa y a Daniel. En ambos estaba su esperanza. Besó a su hijo en la frente, le entregó el dinero a Luisa y sonrió como si nada. Tragó saliva y todo le supo amargo: seguía llorando, aunque no derramaba lágrimas. Ahora lloraba hacia adentro.

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