Llorar hacia adentro (Parte II)

El día que llegó la policía al departamento de Moisés, él aún estaba adormilado. Era el mediodía del domingo, pero sus ojos seguían cubiertos de lagañas. Luisa fue quien abrió la puerta y no pudo evitar asustarse cuando le pidieron ver a su esposo. En cuanto Moisés miró, a través de su nublada vista, a los dos uniformados que esperaban en su sala, le pidió a Luisa que se quedara en la recámara cuidando a Daniel, su hijo de dos años. Casi de inmediato comenzó el interrogatorio.

—Buen día. Queremos hacerle unas preguntas.

—Sí, ¿sobre qué? —contestó todavía con voz ronca.

—¿Conoce a Manuel Medina?

—¿Manuel Medina? —preguntó él mientras se frotaba los ojos y la barbilla en un solo movimiento —. No, no me suena.

—Creemos que sí lo conoce —respondió uno de los policías mientras le mostraba la pantalla de un celular. En la pantalla se mostraba una fotografía donde Moisés y otro individuo se abrazaban y sonreían alegremente.

—¡Ah! A él sí lo conozco. Es que no recordaba su nombre.

—¿No recordaba su nombre? En la foto se ve como si se conocieran.

—Lo acababa de conocer y soy malo para recordar nombres. Nos la tomaron en “La Camelia” —se justificó Moisés.

Ambos agentes se miraron dudando sobre la veracidad de las respuestas de Moisés.

—¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

—Ayer, bueno, hoy como a eso de las tres de la mañana. ¿Por qué?

—Su carro tuvo un accidente esta madrugada.

—¿Qué? ¡Oh! Es una pena.

—No parece alterado.

—Apenas lo conocía. Ni siquiera sabía su nombre completo.

—¿Dónde lo vio por última vez?

—Estábamos en un bar.

—¿En un bar? ¿Qué hacía con Manuel Medina a las tres de la mañana en un bar si apenas lo conocía?

—Me invitó un trago.

Nuevamente, los uniformados interrumpieron el interrogatorio para mirarse y confirmar que los argumentos de Moisés eran poco convincentes. Ambos se revolvieron en sus asientos y prosiguieron con las preguntas.

—¿Por qué le invitó un trago?

—No recuerdo una razón específica.

—¿Cómo se conocieron?

—Ayer llevó su automóvil al taller donde trabajo, quería que le hicieran una revisión a los frenos.

—¿Usted lo atendió?

—No, yo sólo soy ayudante de mecánico.

—¿Cómo lo conoció entonces?

Moisés recordó la tarde que aquel hombre, Manuel Medina, descendió de su auto en el taller y, con prepotencia, exigió que lo atendieran lo antes posible pues tenía mucha prisa. Él se encontraba alineando unos neumáticos en el patio de servicio y pudo presenciar todos los aspavientos que el hombre hacía con los brazos demandando atención. Varias veces, en sólo unos minutos, calificó a los empleados de incompetentes e ineficientes. Al principio, Moisés no hizo mucho caso, pero tras algunos gritos más, terminó por acercarse para ver mejor. Sus pasos se detuvieron en seco cuando el rostro del hombre déspota le resultó conocido: era el mismo que, semanas atrás, se había aprovechado de él al cambiarle sus vales en el supermercado. Hasta ese momento, Moisés pensó que había dejado atrás el incidente y que todo había quedado en el olvido, pero su cuerpo tembló rabiosamente en cuanto lo reconoció y el hambre de venganza se apoderó de él. El hombre entregó las llaves de su automóvil al encargado y se dispuso a salir. Moisés trató de evitar que sus miradas se cruzaran y regresó rápidamente al otro extremo del patio. Pero su prisa fue interrumpida cuando sintió un brazo que se apoyaba sobre su hombro y lo jalaba con fuerza para hacerlo girar sobre sus talones. “¡Eres tú!”, dijo el hombre al comprobar la identidad de Moisés. Contrario al ánimo que tenía Moisés, el hombre se mostró alegre de verlo.

—Él vino a donde yo estaba —dijo Moisés a los policías.

—¿Sin conocerlo fue a donde usted estaba? ¿Seguro que era la primera vez que lo veía?

—Supongo que sí.

—¿Supone?

—Uno puede ver a muchas personas, no sé, en el supermercado, por ejemplo, y nunca recordarlas. Así que supongo que en el taller fue la primera vez que le puse atención especial.

—¿Y qué le dijo él?

—No sé, cosas sin sentido. Decía que me había reconocido de otro lugar.

—¿De dónde?

—No sé, le digo que la gente puede verse hasta en el supermercado.

—¿Qué más le dijo?

—Que estaba tratando de arreglar las cosas que había hecho mal.

—¿Cuáles cosas?

—No lo sé, le digo que no lo conocía.

El policía que había hecho la pregunta y suspiró disgustado al escuchar la respuesta.

—¿No le dijo qué era lo que había hecho mal? —enfatizó el oficial.

—Bueno, mencionó algo de que solía aprovecharse de la gente y que estaba arrepentido.

—¿Se veía deprimido o triste de alguna forma?

—No, yo diría que sólo algo serio.

—¿Cuánto tiempo platicaron en el taller?

—Unos… quince minutos, diría yo.

—¿Quince minutos? Eso no es poco tiempo.

—Fue lo mismo que gritó mi jefe desde su oficina. Pero este tipo, ¿cómo se llamaba?, ah, Manuel Medina, le dijo que él lo compensaría por el tiempo que me distraía del trabajo.

—¿Y qué platicaron en esos quince minutos?

—Me contó cosas de su vida. Que era casado, que no había podido tener hijos, que en el trabajo todos lo odiaban, no sé, que estaba solo.

—¿Solo? ¿No acaba de decir que era casado?

—Sí, pero se estaba divorciando.

—¿Qué más le dijo?

—Que quería platicar conmigo. Me dijo que me invitaba a tomar un trago al salir de trabajar.

Moisés no quería ir con aquel hombre, no quería verlo un solo minuto más. Pero su aspecto había cambiado mientras hablaban y comenzaba a notarse angustiado, desesperado, triste. Moisés sintió algo de lástima por él. “No quiero platicar aquí, vamos a un antro”, dijo el hombre. Moisés no sabía mucho de antros y le sugirió ir al bar “La Camelia”. Le dio la dirección y quedaron de verse allí a las diez.

—¿Por qué fueron a ese bar en específico? —preguntó uno de los policías.

—Allí me sentía más seguro: es el bar donde trabajo por las noches.

—¿Y estuvo bebiendo durante su trabajo? —preguntó incrédulo el mismo oficial.

—No. Ayer fue mi noche libre.

—¿Luego qué pasó?

Al paso de los wiskis, la tristeza inicial de Manuel Medina fue transformándose en prepotencia. Le contó a Moisés que trabajaba en la delegación y que fácilmente podía conseguirle algo para que mejorara “su situación”. Le habló de los “negocios” que diariamente hacía y cómo se beneficiaba de ellos. “Es cosa de usar el poder que se tiene, nada más”, le dijo. “Mientras todos sepan que tienes el poder, no te pueden ganar”, dijo casi gritando. Los efectos del alcohol comenzaban a hacerse evidentes en Manuel Mediana, pero Moisés se encontraba muy tranquilo.

—Se emborrachó —se limitó a contestar Moisés.

—¿Y usted?

—No. Yo no tomo.

—¿Va a decirme que en toda la noche no tomó nada mientras él terminó completamente borracho?

—Como le dije, conozco al personal del bar. Les pedí que me sirvieran sólo refresco.

—¿Entonces emborrachó deliberadamente a Manuel Medina?

—Yo no lo obligué a tomar nada. El pidió cada uno de los vasos que se bebió.

—¿Estuvo con él todo el tiempo?

—Sí. Excepto en los ratos en los que íbamos al baño. Nunca fuimos juntos.

Manuel Medina admiró el trabajo de Moisés y el esfuerzo que hacía para mantener a su familia. “Eres mejor que yo y que la gente con la que trabajo”, le dijo varias veces. “Por eso entiendo que no quieras el trabajo que te ofrezco: no eres así. Lo entiendo”, dijo con palabras apenas comprensibles. Al paso del tiempo, el mesero avisó que estaban por cerrar el bar y era tiempo de hacer el cierre de su cuenta.

—¿Quién pagó?

—Él. Yo no supe cuánto fue lo que cobraron.

—¿Eso fue a las tres de la mañana?

—Sí. Un poco antes.

—¿Lo dejó irse en su carro?

—No. Le pedí al encargado que le consiguiera un taxi.

“Dos”, vociferó Manuel Medina. “Pida dos taxis… Uno para mí y otro para mi amigo Moisés”, arrastró las palabras. Los taxis no tardaron más de diez minutos en llegar. Moisés subió en uno y Manuel Medina en el otro. Fue la última vez que se vieron.

—¡Esperen! Él se fue en un taxi y yo en otro. ¡No pudo tener un accidente en su carro! —se exaltó Moisés al comprender los hechos.

—Él tomó el taxi en el bar, pero el conductor dijo que le pidió regresar a su auto porque allí guardó las llaves de su casa y no quería despertar a su esposa —afirmó uno de los policías.

—¡Oh!

—Pero mientras regresó a su automóvil, un par de sujetos se acercaron a él y, a punta de pistola, lo asaltaron.

Manuel Medina puso toda la resistencia que su embriaguez le permitió, pero no logró evitar que le arrebataran las llaves de su auto. Amenazó a los bandidos con denunciarlos, con encontrarlos y matarlos. En un acto desesperado, sacó de entre sus ropas una pistola que brilló en la oscuridad de la calle y trató de dispararles. Antes de lograr apretar el gatillo, sintió cómo una bala lo atravesaba por el pecho y quedó tendido en el pavimento. Los ladrones subieron rápidamente al vehículo de Manuel Medina y, haciendo rechinar ruidosamente las llantas, manejaron a toda velocidad para alejarse. Manuel Medina aún estaba consciente y desde el lugar donde yacía, miró cómo aquellos hombres subían por un paso elevado con una violenta rapidez. Las llantas volvieron a rechinar, el carro fue de un lado al otro del puente que cruzaba, se estrelló estrepitosamente contra la valla de contención y salió disparado hacia el vacío. El auto voló desde una altura de unos diez metros antes de deshacerse irremediablemente contra el piso inferior. Manuel Medina cerró sus ojos.

—Los dos asaltantes murieron.

—¿Y a Manuel Medina qué le pasó? ¿Está…?

—Está en coma. Muy grave. Los doctores no saben si sobrevivirá. Éste es su celular. Así fue como dimos con usted. Su esposa no ha querido ir a verlo. Quizás sea buena idea que usted vaya a verlo. Está en el Hospital General.

—Sí, sí. Tal vez sea buena idea… —repitió Moisés todavía afectado por la noticia.

Cuando los oficiales se retiraron del departamento de Moisés, él estaba muy pensativo. Su esposa se acercó y le preguntó si todo estaba bien.

—Sí, Luisa. Creo que sí. Es sólo que me dieron una mala noticia.

Moisés resumió la historia y le pidió a su esposa dejarlo un momento a solas. Ella accedió algo desconcertada. De alguna forma, Moisés se sabía culpable. Las cosas no habían salido como él hubiera querido. Metió la mano a uno de los bolsillos del pantalón y sacó tres objetos metálicos. Él los miró cuidadosamente. Sintió el dolor en el pecho, como si el disparo lo hubiera atravesado a él. Lloró nuevamente, como hacía tiempo no lo hacía. Así, sin lágrimas, hacia su interior. Tenía en la mano lo que retiró en una de las “idas al baño” en el bar: tres de las tuercas que debían sostener la llanta trasera del auto de Manuel Medina.

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