La buena muerte…

Eran casi las siete de la noche y el cielo apenas comenzaba a oscurecerse. El vagón del metro estaba lleno a su máxima capacidad y el calor era insoportable adentro. El aire que producía la velocidad del tren viajando por el negro túnel, se colaba por las ventanas y era lo único que lograban disfrutar los pasajeros. Cuando la estación Pino Suárez hizo su aparición, la multitud comenzó a desplazarse a empujones para acercarse a las puertas, provocando varios quejidos y el llanto de un niño. Cada uno de los vagones del tren vomitó su propia muchedumbre en cuanto se abrieron las puertas. El paso lento del hombre contrastaba con la prisa que el resto de la gente evidenciaba con sus pasos rápidos y esquivos. Aquella figura del hombre caminando en sentido contrario al flujo del tren que lo transportó pasó casi inadvertida; así lo esperaba él mientras se acercaba a la boca enorme que escupía vagones cada tres minutos. Cuando el tren que lo había transportado terminó de abandonar la estación, el hombre miró con atención las vías. A su juicio, lucían simples, inofensivas, pero necesarias. Así las calificó mentalmente, “necesarias”. Poco a poco, la plataforma comenzó a llenarse nuevamente con gente dispuesta a abordar el siguiente tren. Sólo él permanecía quieto, con la vista fija en aquellas necesarias vías, esperando con ansias el ruido que anunciaba la llegada del siguiente convoy. Un transeúnte se acercó hasta donde el hombre estaba y notó que su comportamiento se salía de lo aceptado como normal. Pensó en acercarse aún más, pero al notar la marca roja que sobresalía alrededor de su cuello, desistió de su intento. El aire repentino surgido del túnel hizo evidente la cercana aparición de otro tren. Las piernas del hombre se convulsionaron y su postura se tambaleó. Escuchó lleno de miedo el intenso rugido que se aproximaba y abandonó las pocas fuerzas que sentía para dejar que su cuerpo cayera justo en el momento en que la enorme bestia color naranja hacía su entrada triunfal dentro de la estación. Una mujer gritó a lo lejos. El transeúnte que lo había observado todo, corrió hacia donde había estado parado el hombre. “¡Un doctor!”, urgió a gritos el transeúnte. “¡Hay un hombre desmayado junto al tren!”, vociferó por un aparato comunicador un vigilante de la estación. “¡Por poco cae a las vías!”, exclamaron varios que habían atestiguado el desvanecimiento del hombre. “Afortunadamente, cayó hacia atrás”, agradeció alguien más. La mujer seguía gritando.

La primera vez que la mujer había pensado en suicidarse, ocurrió cuando, en la secundaria, el profesor de Biología explicaba que las ranas morirían sin dolor, ya que el cloroformo las pondría a dormir dentro de sus frascos y, simplemente, nunca más volverían a despertar. “Será una buena muerte”, dijo con solemnidad para eliminar el remordimiento de los dudosos. Ella no sentía ninguna aflicción por ver “dormir” a las ranas, sino que, por el contrario, quiso experimentar aquel efecto de no volver a despertar. Esto estaba meditando, cuando un brazo le llegó desde atrás y rodeó su cuello, mientras un olor químico se posaba sobre su nariz envuelto en una misteriosa mano. Ella conocía ese olor, lo acababa de percibir minutos antes: era el mismo que había matado a las ranas. Sintiendo que las piernas perdían su fuerza, supo que el cloroformo la haría dormir y moriría irremediablemente. Dejó de percibir el ruido y todo se volvió oscuro ante su vista. No se asustó. Se dejó caer pesadamente y esperó con calma el desenlace, la “buena muerte”. Comenzó a flotar. Cuando sus ojos se abrieron, reconoció el rostro del asustado profesor de Biología que la miraba fijamente y le decía palabras que ella no lograba entender. Miró a su alrededor y encontró la mirada atenta de todos sus compañeros. Una lágrima se deslizó lenta por su rostro pálido: seguía viva. Había logrado despertar. Intentó ocultar su enojo al saberse despierta y volvió a cerrar los ojos. No pudo ver la cara de Gustavo, pero pudo escuchar sus gritos desesperados pidiéndole perdón. “¡Fue un accidente! ¡Fue un accidente!”, gritaba implorando que ella perdonara su mala broma. Ella, sin abrir los ojos, lo perdonó. No por haberle hecho la broma, sino por haberla hecho despertar. Por supuesto, ella no había planeado que las cosas ocurrieran así, pero mientras se dejaba hundir en el oscuro sueño, hubiera querido no haber emergido a la superficie otra vez. “¡Maldito destino! ¡Maldita vida! ¡Estúpido Gustavo!”. Ésa fue sólo la primera vez.

Los gritos de la mujer estaban justificados. Al ver que el hombre trataba fallidamente de saltar a las vías, se llenó de horror. El hombre seguía tendido en el suelo brilloso y frío del andén. No se había desmayado: se había arrepentido en el último instante. Eso lo sabía la mujer. Conocía la sensación. Controlando la histeria que le ordenaba seguir gritando, la mujer se abrió paso a empujones hasta donde se encontraba el hombre. Notó la marca roja alrededor de su cuello. “¡Pendejo!”, pensó. Lanzó repentinamente su cuerpo sobre el del hombre y lo abrazó con fuerza. “Vas a estar bien”, le susurró al oído. “Yo te ayudaré a hacerlo”, dijo para que sólo él la escuchara. Él asintió. Se levantó entonces ella en un salto abrupto y afirmó que era su esposa, que ella se encargaría, que el hombre estaba enfermo, que lo llevaría a ver a un médico, que se hicieran a un lado, que los dejaran salir de allí. Ella lo ayudó a incorporarse y, a paso lento, ambos abandonaron la estación. Nadie hizo nada para detenerlos.

El olor a humedad que vivía en el departamento recibió groseramente al hombre en cuanto se abrió la puerta. Pese a que la noche era fría y lluviosa, la vieja alfombra gris guardaba una desagradable onda cálida que acentuaba el aroma podrido de las paredes. La mujer cerró la puerta después de que ambos habían entrado y se dirigió a la recámara. Notó que algunas gotas de lluvia habían alcanzado el borde de su cama, pues había olvidado cerrar la ventana antes de irse en la mañana; no tuvo más reacción que acercarse a cerrarla en ese momento. Sobre el extremo seco de la cama, se sentó y quedó pensativa por un momento. El hombre apareció en el vano de la puerta. Ella tocó un par de veces el borde de la cama con la mano, y el hombre se sentó junto a ella. Por varios minutos, ninguno dijo nada. Sólo estaban allí, comunicándose su dolor entre el silencio de su compañía, familiarizándose con sus heridas, reconociendo su existencia fuera del propio cuerpo.

—No tienes que ser un bruto.

—¿Bruto?

—Hasta para morir hay que tener sutileza.

—Morir es morir.

—Sí, pero hay de muertes a muertes.

El hombre quiso decir algo, pero no supo qué. Se quedó callado como esperando encontrar la respuesta entre sus pensamientos.

—Hay muertes buenas —dijo ella.

—Hay muerte y se acabó.

Ella se volvió hacia él y delicadamente pasó sus dedos por la marca roja que resaltaba en el cuello del hombre.

—¿Cuántas veces lo has intentado? Si todas las muertes fueran iguales, un solo intento bastaría, ¿no crees?

Él volvió a sus pensamientos ante la ausencia de palabras en su boca. Quería justificar sus actos, sus intentos, sus fallas. Quería hacerlo, sólo que no sabía cómo. Otra vez sus actos perdían sentido en su entender.

—Yo puedo ayudarte —susurró ella.

—¿Tú? ¿Qué sabes tú de esto?

—Sólo sé que busco lo mismo que tú, pero no en cualquier forma.

—¿Cómo, entonces?

—Ya te lo he dicho: con una buena muerte. Hasta la muerte hay que disfrutarla, ¿sabes?

—No creo que eso se pueda.

—Bueno, en eso consiste mi ayuda. Pero quiero saber si cuento con la tuya.

—¿Mi ayuda? ¿Para qué?

Ahora fue ella quien interrumpió la plática con un silencio. Volvió la mirada hacia la alfombra gris y suspiró varias veces. Finalmente, como tomando fuerzas entre suspiros, respondió:

—No quiero morir sola.

—¿Por qué? —preguntó inseguro el hombre.

—No sé, es parte de tener la buena muerte. Lo necesito así —hizo una pausa breve—. Quiero morir mientras alguien sostiene mi mano y acaricia mi cabello. Es lo único que pido.

La explicación de la mujer le pareció ridícula e ilógica, pero no dijo nada, pues sabía que la lógica suele perder sentido en situaciones de vida o muerte. Para él, la muerte no tenía por qué ser adornada o disfrazada, sólo vivida. Sin embargo, a pesar de todas sus reflexiones, se convenció de que la petición era simple y no le importaría ayudar con tal de que él pudiera cumplir con su cometido final.

—Está bien. Puedo ayudarte.

Ella sonrió y abrazó espontáneamente al hombre. Él correspondió y, en medio del abrazo, notó que ninguno había preguntado los motivos de su decisión. Lo pensó por unos segundos, pero abandonó la idea de inmediato. ¿Qué importaban las razones? Seguramente, caviló, serían las de siempre: un amor perdido, maltrato, humillación, fracasos, dinero. No importaba. Lo importante es que ambos querían hacerlo y estaban juntos en su determinación. Apenas deshacían el abrazo, cuando el hombre sintió en su boca la cálida humedad de los labios de ella. Sus besos eran absorbentes, apasionados, llenos de vida. Él se estremeció sin voluntad, sintiendo cómo el cuerpo de ella, tomaba posesión del suyo. La tomó por la cintura y la acercó de un brusco jalón hacia él, arrancando parte de su ropa con el movimiento. Rápidamente, la puso de espaldas sobre la cama y le besó el cuello, los pechos, la boca, otra vez. Ambos quedaron desnudos en medio de sus caricias, repasaron sus formas, sus recién conocidas siluetas y las llenaron con sus manos, con sus bocas, con su piel, con toda su pasión. La lluvia seguía azotando las ventanas del departamento, pero su ruido era opacado, desvanecido, anulado por sus gemidos, por los suspiros, por los chillidos incesantes de la cama, por el sonido de sus cuerpos encontrándose y apartándose en interminables ocasiones. La pasión aumentaba a ritmo inalcanzable. El clímax los alcanzó a ambos por igual, a un mismo tiempo, con gritos sincronizados y simultáneos. La humedad llenó sus cuerpos en un calor que ya no molestaba, sino que liberaba, extasiaba, complementaba. Sus respiraciones se desbocaron al final, ruidosas, sofocantes, dispares, pero juntas. El placer que él sentía sólo le permitió reconocer un pequeño dolor en el abdomen. Extrañado, volvió la vista hacia su vientre y lo encontró bañado en rojo. El estómago de ella sangraba también. El hombre luchó por mantener abiertos los ojos y pudo encontrar, con vista nublada, que el arma homicida, el afilado cuchillo, aún se sostenía entre la mano de la mujer. Pensó nuevamente en los motivos de su decisión, en la soledad que lo había orillado a aquello. Comprobó que nada tenía sentido. Los alientos de ambos se extinguían rápidamente. Ella abrió sus ojos y los dirigió a él con profundo esfuerzo. Él sabía lo que estaba por ocurrir. Con las pocas fuerzas que aún le quedaban, se incorporó, miró fijamente a la mujer, tomó su mano débil y acarició al mismo tiempo su cabello. Luego, le robó el último beso.

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