Tatuaje – Parte I

Las horas de espera fueron, al mismo tiempo, fugaces e insoportables para Fabián. Como nunca, deseaba que su padre se retrasara en su camino a casa. Sólo ese día. “Sólo por hoy”, rogó al vacío que rodeaba su cabeza. Tenía miedo, aunque trataba de corregir su estado de ánimo convenciéndose de que era un adulto libre para tomar sus propias decisiones, no importando lo malas que fueran. Eran suyas. Las había tomado con conciencia, por poca que hubiera sido. En el peor de los casos, tenía derecho a equivocarse, a cometer los errores que todos los humanos cometen a diario. ¿Acaso él era distinto en este rubro? ¿Debía condenarse al hecho de no cometer estupideces sólo por no haber hecho demasiadas hasta entonces? Pero sus pensamientos se ahogaban con cada minuto que pasaba y morían irremediablemente: tenía miedo.

Fabián sabía que era prácticamente imposible que su padre apareciera tarde en esa ocasión. Seguramente la madre de Fabián había platicado con él y lo habría apremiado para que no se demorara en su llegada. Era urgente que hablara con Fabián y que no dejara “este asunto” sin discutir. Tenía que ser ese día. “Tiene que ser hoy”, escuchó Fabián que decía su madre con firmeza ante el teléfono. No había escapatoria. Su vida llegaba a un punto en que, sin aquel encuentro con su padre, simplemente no podía continuar. Era casi como volver a pasar por aquel doloroso momento del nacimiento, sin el cual no existe futuro. No era cuestión sólo de esperar: debía sufrir el proceso.

Los veintiún años con los que Fabián contaba le habían enseñado que todo evento importante —quizás devastador —era anunciado con anticipación en el ambiente. El vuelo repentino de las aves indican que el peligro se acerca inminente al árbol; la ola gigantesca sólo aparece tras presenciar inmóvil al mar; las percusiones y los acordes que elevan cuerpo y espíritu en alternantes unísonos dan paso —en medio de su clímax —al inevitable final de la melodía. Así pudo él reconocer, en los grandes escalofríos que tomaron por asalto su cuerpo, el vaticinio de la desgracia que se aproximaba. Fue justo el instante en que el tintineo de unas llaves logró abrir con estruendosa calma la puerta principal: su padre había llegado.

Las imperturbables paredes de la pequeña casa atestiguaron varios cambios en la rutina a la que estaban acostumbradas. Esa noche, la cena no se sirvió a la llegada del padre de Fabián; tampoco se encendió la vieja consola para interpretar los acetatos de Las Grandes Bandas; ni siquiera se dejaron escuchar las palabras cariñosas que servían de saludo a su mujer. Las cosas eran distintas en esa ocasión y toda la casa parecía notarlo manteniendo un clima frío en su interior.

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