Tatuaje – Parte II

Se podría decir que la vida de Fabián había sido apacible hasta ese momento. Altas y bajas, sí. Pero nada que hubiera resultado demasiado traumático. Había sido buen estudiante y sus logros académicos le habían conseguido cierta reputación de ser una persona inteligente. Solía decir que, de tener alguna, su mayor habilidad era la de aprender, no sólo en el plano educativo sino en cualquier plano que a él le interesara. Estaba convencido de haber nacido con una extraordinaria capacidad de dominar actividades físicas, deportivas, musicales, intelectuales y sociales. Le bastaba dedicarle un poco de tiempo a cada cosa para que la aprendiera a buen nivel. Sus cualidades lo hicieron destacar rápidamente entre quienes lo conocían, al grado que llegaban a considerarlo, en varios aspectos, alguien “especial”.

Sin embargo, mientras pasaban los años, terminó por darse cuenta de que todas las cualidades con las que había sido provisto no lograban cubrir ciertas necesidades que otros alcanzaban casi de forma natural. Quizás una de las que más lo perturbaba era la poca (inexistente, tal vez) pericia para acercarse a las mujeres. De algún modo, las palabras no florecían adecuadamente en sus conversaciones, y las pocas que lograban emerger penosamente, carecían de gracia, de espontaneidad, de la agilidad con que podía realizar tantas y tantas cosas. Resultaba un tanto frustrante que no existiera (o que no poseyera, al menos) algún libro con las tácticas que ansiaba adquirir para acercarse a las mujeres, para hacerlas reír, para enamorarlas y seducirlas. Su proceder normal consistía en esperar. Esperaba que alguna chica se acercara a él y le hablara, que fuera ella quien luchara (ya vaya que luchaban) para arrancarle las palabras a su timidez. Entabló algunas relaciones de este modo, pasivamente, al acecho de la espera, a la espera del acecho. Por supuesto, sus primeras citas fueron difíciles, poco fluidas y, también, poco duraderas.

Quizás por todas estas dificultades, valoraba mucho a quien consideraba su primera relación “formal”. Había sido con una muchacha que conoció en la escuela de pintura, mientras él trataba de explicarle al resto de la clase su propia forma de lograr los claroscuros. A Elsa le llamó la atención su destreza y comenzó a discutir con él las ventajas y desventajas de esta y otras técnicas. Fabián se sintió cómodo desde el principio al tener un tema que sirviera como escudo entre él y Elsa y se sentía seguro intercambiando ideas sobre el color y las texturas. Fue hasta que ella decidió hablar de otros temas cuando, sin darse cuenta, él logró entablar pláticas más completas y personales. Para asombro de ambos, comenzaron a salir juntos. Así, Fabián se enteró que Elsa estudiaba Sicología, tenía un perro llamado Tigre y vivía (un tanto a su pesar) en una familia religiosamente conservadora. Él le confesó a Elsa que le gustaban las Matemáticas y que las prefería a tener que asistir a reuniones sociales, que su mayor sueño era convertirse en jugador de béisbol (de tercera base, por supuesto), y que tenía un gato llamado Bicho. Si bien Elsa no fue la primera chica a la que besó, sí fue la primera con la que pareció disfrutarlo. Su relación creció rápidamente, con fuerza y vivacidad. No podía entender todo lo que sentía ni la necesidad que ahora tenía por estar junto a Elsa. Si ella no estaba, Fabián era miserable, estaba incompleto; se sentía muerto.

Ocurrió, sin embargo, que tanta pasión tomó por sorpresa a la pareja. A los pocos meses de haber iniciado su relación, Elsa le notificó con desconcierto a Fabián: “Estoy embarazada”. Cierto era que Fabián estaba acostumbrado a hacer frente a problemas complejos, casi imposibles, y con regularidad salía airoso ante ellos. Esta vez, para su desgracia, no tenía idea de cómo proceder. Ambos eran muy jóvenes y continuar con el embarazo les suponía el retraso, la cancelación (quizás) de sus planes, de sus sueños. Elsa tomó la firme de decisión de no interrumpir el embarazo, pero también ofreció a Fabián de hacerse cargo del hijo de ambos sin obligarlo a nada. Él no aceptó, no pudo aceptar, pese a todo el conflicto que esto le acarreaba. Decidió, no sin pesar, que saldrían juntos del problema, que transformarían el problema en sueño, y que su sueño los llevaría a la felicidad.

Pero siempre es más fácil hablar que actuar. Las promesas se hacen fácil, pero llegan a causar dolor mientras se cumplen. La primera acción que Fabián había decidido tomar fue la de comunicárselo a su familia. El día que planeó hacer su confesión, se levantó tarde; no podía abandonar la comodidad de su lecho. Incluso, le causó dolor físico en las articulaciones cada movimiento que hizo para levantarse. En la casa sólo se encontraba su madre. La encontró acomodando su cama y Fabián ideó alguna conversación que se sintió forzada para poder quedarse un rato con ella. Finalmente, soltó la noticia frente a la conmoción de su madre. Se hizo un silencio en cuanto él terminó de hablar. Le temblaban las piernas y no sentía las palmas de sus manos. Le pareció que el único sonido en la habitación era el de su corazón, que luchaba locamente por atravesar su pecho. Después vinieron los gritos de furia, los insultos, todos y cada uno de los reproches que una madre no se imagina que podría hacerle a un hijo. Las lágrimas emergieron con abundancia y malestar. Inevitables, caían una a una haciéndose pedazos en el frío piso. Fabián sintió que, como sus propias lágrimas, el amor de su madre comenzaba a hacerse añicos.

Lo siguiente que Fabián supo fue que debía quedarse en casa el resto del día. No como castigo, sino como medida preventiva, según percibía. Y si acaso había un castigo en aquella actitud de su madre, era que Fabián enfrentara a su padre, un hombre normalmente tranquilo, pero que había visto explotar rabiosamente cuando su larga paciencia se agotaba. ¿Qué debía esperar Fabián de él? Si su situación actual lo aterraba, hacerle frente a su padre lo hacía temblar aún más. Nunca había sentido tanto miedo.

Anuncios

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: