Tatuaje – Parte III

Un lejano grito hizo resonar su nombre y Fabián no tuvo otra alternativa que mover todos sus nervios hacia la habitación de sus padres. “Cierra la puerta”, fue la instrucción seca y firme de su padre, justo en el momento en que cruzaba la puerta; un mensaje inequívoco de que la conversación sería tensa, vergonzosa, inmoral. Las piernas le temblaban a Fabián de tal forma que temió perder el equilibrio. Su padre se encontraba sentado tras el escritorio de trabajo y su madre ocupaba una silla al lado de él. A Fabián no le ofrecieron sentarse pese a que había una silla disponible. “Ya me platicó tu madre la estupidez que cometiste y estamos muy decepcionados de ti”, inició diciendo su padre sin mirarlo, con los ojos puestos en la madera roja de su escritorio. “¿Acaso no piensas?”, gritó repentinamente y un sólido puñetazo en el escritorio enfatizó violentamente su pregunta. A partir de este momento, la mirada de Fabián se posó sobre el piso vinílico de la habitación. Escuchaba los vehementes reclamos de su padre y percibía de reojo los aspavientos de sus brazos. “Irresponsable”, “imperdonable”, “hipócrita”, eran algunas de las palabras pronunciadas con toda la ira que su padre podía expresar sin recurrir a la agresión física. Los gruesos anteojos del padre aumentaban la irritación en su mirada mientras Fabián permanecía inmóvil (aunque tembloroso) sin poder emitir palabra o sonido alguno. Quizás sólo habían transcurrido algunos segundos de discusión, pero Fabián creía haber envejecido algunas décadas por la forma en que su cuerpo y su mente comenzaban a deteriorarse. Le costaba trabajo pensar y le resultaba imposible la asimilación de aquellas palabras que se empeñaban repetidamente en acuchillarlo. Su madre no decía una sola palabra, sólo asentía con un movimiento mecánico de su cabeza, en un ciego apoyo a los argumentos que su esposo esgrimía con súbita habilidad.

Fabián notó que ninguna explicación le era exigida, ni siquiera algún pretexto para justificar sus acciones; no había habido un momento para que se excusara. Comprendió entonces que no estaba en un juicio, sino en la audiencia de su condena. Sabía que, de cualquier forma, una defensa habría sido suicida. Si hasta entonces su padre se había mantenido tras su escritorio, una sola palabra habría bastado para convertir su enojo en furia incontrolable. Debía aguantar. Un breve silencio interrumpió sus pensamientos y los reproches de su padre. Fue breve, muy breve. Tan breve que le pareció eterno por lo que representaba. “A partir de este momento has dejado de ser nuestro hijo”, fue la frase que destrozó el silencio y, como arma asesina, alcanzó su corazón. Sólo hasta entonces percibió el sabor salado de una lágrima que escapaba a su voluntad, recorría su rostro y lo abandonaba para ir a estrellarse contra el vinil del piso que miraba fijamente. “¡Hipócrita!”, retumbó en la habitación. Fabián se esforzaba por mantenerse de pie, por no caer. Su madre seguía callada, pero ya no asentía, ya no podía hacerlo. Pese a que había mantenido su posición de completo apoyo y de respaldo para su esposo, no pudo aceptar aquellos “tu madre y yo”, “nosotros”, “hemos decidido”, que su esposo insistía en recalcar. No podía, tampoco, contradecirlos pues pondrían en riesgo la alianza que se veía obligada a cumplir religiosamente. Su única reacción consistió en clavar la vista en sus pies, concentrándose en no escuchar, en desviar su atención de aquella palabra recurrente: hipócrita. En realidad, no estaba de acuerdo con lo que su esposo expresaba, pero comprendía que su opinión no debía salir a flote. “¡Vete de aquí porque ésta ya no es tu casa! A partir de ahora sólo veo en tu cara hipocresía. Tienes una H en la frente, una H de hipócrita, nunca más de hijo. Y no importa que hagas, para nosotros estará siempre allí, en tu cara, como un tatuaje que no podrás borrar jamás. ¡Vete ya, hipócrita!”.

Fabián salió de la habitación sin haber podido decir nada, sin levantar la mirada del piso, sin poder comprender la gravedad de su comportamiento ni la crueldad de su condena. Se dirigió con pasos flojos a su propia habitación y dejó que un llanto mudo cubriera su cara, impidiéndole el paso del aire, obstruyéndole la vista y arrebatándole la fuerza restante a sus piernas. Cayó de bruces junto a su cama, convulsionándose por la furia con que sus lágrimas brotaban. Sus ojos se cerraron tratando de contener sus lamentos y por un momento logró calmar ligeramente sus sollozos. Abrió lentamente sus ojos y su mirada borrosa sólo logró identificar las losetas vinílicas que cubrían al piso sobre el que yacía. Su mente se encargó de completar la escena: aquellas losetas se unieron ante su mirada para crear la figura de una enorme H, la H de hipócrita. Instintivamente, llevó su mano a su frente, tratando de localizar el involuntario tatuaje que ahora debía mostrar.

 

(Continúa…)

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