Líneas de la Vida

Nada hay peor que percibir los efectos de la propia ineficacia. Sobre todo cuando la actividad que se pretende realizar es la que poco antes se dominaba a la perfección. Las causas de que esto ocurra pueden ser muchas, pero la más lamentable es conocida de una forma engañosamente simple: el tiempo.

La primera vez que la estilográfica fue llevada por la mano del gran escritor, ésta se sintió intimidada. Quizás temiera que los trazos producidos por su tinta no estuvieran a la altura de aquel guía que tan magistralmente la iniciaba en los interminables recorridos sobre el blanco terreno del papel. Se sentía torpe, lenta, y con alguna frecuencia las líneas dibujadas interrumpían con incoherencia las frases. Sin embargo, el escritor tuvo paciencia y, con firmeza, la obligaba a mejorar su rendimiento. No pasó mucho tiempo para que el escritor la considerara su pluma favorita. No era para menos: el cuerpo negro de la estilográfica era delgado y con el suficiente peso para proporcionar equilibrio a la escritura. Su punta reflejaba fiel y finamente la intención que su dueño imponía en cada letra, en cada frase, en todos sus manuscritos. Con el tiempo (ese callado hipócrita), la delgada pluma se consolidó con méritos indiscutibles sobre cualquier otra competidora. Porque sí, tenía mucha competencia en su labor. Pero bastaban unos pocos intentos para que el escritor recapacitara y volviera al confortable uso de ella, su favorita. Y no es que no hubiera repentinamente alguna brusca reprimenda cuando ella fallaba en seguir sus indicaciones. Las había, por supuesto, mas siempre merecidas, siempre en un justo deseo de superación.

Quizás sus momentos de mayor satisfacción los encontraba cuando ambos (ella y su escritor) salían a contemplar los paisajes y buscaban inspiración. Entre los dos recorrían los caminos, analizaban a las personas, imaginaban sus sueños, escribían sus propias historias. Nada como sentir el calor del sol y el aire moviendo los lienzos de papel. Esto la excitaba, le daba más fluidez a sus palabras y, con ello, la imaginación del escritor se volvía inagotable. Fue, precisamente, a las orillas de un pequeño pueblo, tendida bajo la sombra de un enorme abedul, que plasmó con desenvoltura cada una de las palabras con que el escritor finalizó su obra maestra. Los dos sintieron una satisfacción nunca antes experimentada cuando el punto final cayó en su lugar. A partir de ese momento, su vida fue diferente. La fama se incorporó en su camino y eran muchos quienes deseaban conocerla, estrecharla, admirarla. Con frecuencia se preguntaban cómo era posible que de aquel pequeño cuerpo pudieran emerger tantas historias, tantos sentimientos, tantas vidas. El escritor estaba más orgulloso que nunca y no volvió a compararla con ninguna otra: se habían vuelto inseparables.

Esta sensación de pericia indomable duró lo suficiente como para que ambos disfrutaran su compañía un poco más. No obstante, el tiempo (otra vez ese traidor) intervino inesperadamente. Los trazos vinieron a menos. De alguna forma, la fuente de inspiración, de magia, de vida, comenzaba a secarse. Cada palabra que la pequeña pluma delineaba parecía no tener sentido, las frases perdían ritmo y las historias rara vez encontraban un buen fin. La inseguridad atrapó su delgado cuerpo y sus líneas resultaban ahora titubeantes, temblorosas y débiles. Se vio capturada por la depresión. La tinta dejó de fluir por eternidades y cada segundo que pasaba la convencía de que nunca volvería a escribir. Se sentía pesada, aletargada, ciega. Ni siquiera podía reconocer ya a su antiguo amo, al escritor, a quien la había llevado de su mano a la gloria. La llenaba de desilusión el hecho de que no volviera sus ojos hacia ella. La despreciaba, pensaba. Al menos la ignoraba y eso era suficiente para sentirse inútil.

Pero un día en que la pluma descansaba de su tristeza, inesperadamente sintió la cálida palma del escritor rodeando su cintura. Su ánimo resurgió inmediatamente y la emoción que le producía posarse nuevamente sobre el papel la hizo recordar los momentos de grandeza. Comenzó a deslizarse suave sobre las letras, sobre cada signo de puntuación, llenando de tinta los pensamientos de su dueño, de su amo. Aconteció, sin embargo, que sus trazos se hicieron débiles. La continuidad de las palabras era casi imposible pues la tinta fluía cada vez con más dificultad. El miedo se reflejaba en cada intento de línea y llegó a resultarle dolorosa cada palabra. Sólo lograba transmitir decepción y llanto amargo. Después de infructuosos intentos, terminó por rendirse y se dejó escapar de los dedos del escritor que lloraba también. Quedó tirada sobre la mesa, casi inconsciente. La hizo reaccionar lo húmedo de la sangre que comenzó a cubrirla cada vez más. Miró a su alrededor y descubrió el cuerpo sin vida del escritor, de su escritor, tendido sobre el viejo escritorio de trabajo. Sintió que la vida se le escapaba también a ella. Miró nuevamente la carta que ambos, juntos por destino, acababan de escribir. No pudo leer todo su contenido, pero le bastó para entender su última palabra: Adiós.

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One response to “Líneas de la Vida

  • deamoresyconsejos

    Me dejó sin palabras. Definitivamente la vida es bamboleante y nuestros escritos expresan la mitad de lo que ven nuestros ojos y siente nuestro corazón. A veces las palabras escacéan, cuando uno tiene tanto que decir. Es melodiosamente doloroso.

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