Victorugo

Todavía no entiendo por qué razón la profesora Josefina tomó aquella decisión, pero estoy convencido de que lo hizo porque me odiaba. Siempre supe que contradecirla y hacerme el listo con ella no me iba a traer nada bueno, pero ¿qué puedo decir a mi favor? Nada, excepto que disfrutaba ponerla en ridículo. Por supuesto, no era una actitud digna ni esperada de un niño de diez años y quizás eso provocó la furibunda reacción de mi víctima, es decir, de mi maestra. Supongo que su odio llegó a tal grado que la mejor forma de lidiar con un niño genio como yo, era no tener que lidiar con él. Por supuesto, ésas son sólo suposiciones que puedo hacer, ya que la versión oficial de mi cambio a un grupo “avanzado” era que yo necesitaba un tipo de atención especial, diferente a lo que estaba yo obteniendo en mi grupo “normal”. Como haya sido, un buen día tuve que presentarme en un edificio diferente de la escuela, en el salón de clases más grande que yo hubiera visto antes. Quizás el tamaño se debía a los aires de grandeza de los alumnos y maestros que solían adentrarse en ellos. Diría que se trataba de un verdadero desperdicio de espacio, hasta que entré yo.

No puedo decir que la sensación de incorporarme a un grupo nuevo haya sido placentera de ningún modo. Sentí el peso de las miradas cayendo despiadadamente sobre mis hombros mientras la maestra Carolina, mi nueva maestra, hacía mi presentación frente a mis nuevos compañeros. Bajé la mirada casi instintivamente. No sé si lo hice para evitar simplemente el contacto visual o si tenía miedo de reconocer que alguno de aquellos presumidos podría llegar a ser una verdadera competencia para mí. No escuché que ninguno dijera nada mientras yo era examinado en aquel enorme espacio, sólo reconocí la voz de la maestra indicándome la mesa que ahora sería mi nuevo lugar de trabajo. Tardé un poco en notar que cada uno de nosotros tenía una mesa asignada de forma individual, de modo que no tendría necesidad de compartirla con nadie. Este aspecto me gustó porque nunca he sido bueno para las relaciones sociales y prefería permanecer lo más aislado y oculto que me fuera posible. Más pronto de lo que hubiera imaginado, terminé acostumbrándome a aquel ambiente y comencé a relajarme.

En mi nuevo grupo había un poco de todo; desde el gordito de lentes con excelente memoria, hasta los fanáticos de alguna cultura extranjera que se pasaban el día hablando en otros idiomas sólo para que nadie (quizás sólo yo) supiera de qué hablaban. Y de todos aquellos especímenes, tuve que elegir a uno para que los recreos fueran más llevaderos para mí. De hecho, no estoy seguro de si fui yo quien lo eligió o si fue decisión suya el comenzar a dirigirme la palabra. Lo que sí recuerdo es que me tendió su mano y me dijo que su nombre era Victorugo (según me comentó, una funcionaria del registro civil interpretó un “así como suena” por un “todo junto”). Para mi sorpresa, aquel niño flaquito resultó ser bastante agradable. Era un poco más moreno que la mayoría y, al principio, pensé que se trataba del primer niño afroamericano que conocía. Sólo resultó ser muy moreno, nada más. El caso es que Victorugo y yo comenzamos a tener conversaciones interesantes y nos descubrimos bastante afines en ciertos aspectos. A ambos nos gustaban los rompecabezas, armar el cubo Rubik y disfrutábamos las adivinanzas ingeniosas. Lo que tardé un poco más en notar es que teníamos más diferencias de las que podía yo tolerar. Estaba, por ejemplo, aquella obsesión que Victorugo tenía con respecto a hacerse sacerdote cuando fuera mayor. A mí únicamente se me había ocurrido que yo sería piloto de carreras cuando creciera, aunque sólo lo deseaba por la oportunidad de usar casco y de poder manejar un auto solo. La idea de ser sacerdote era algo que, definitivamente, no había logrado entrar a mis pensamientos hasta que escuché aquella confesión de mi nuevo (único) amigo. No le di mayor importancia, para ser honesto, pero él parecía tener una necesidad de mencionarlo a la menor provocación. Cuando nos reuníamos en su casa, por ejemplo, para hacer la tarea, no dudaba en mostrarme los avances que había hecho en sus estudios religiosos y me explicaba cada nuevo secreto que descubría en ellos. Todo aquello podía soportarlo sin ningún esfuerzo, pero mi paciencia se colmó cuando Victorugo comenzó a insinuar que yo también debería pensar en el sacerdocio como una forma de vida en el futuro. Tal comentario me perturbó más de lo que hubiera querido, pues él notó cómo el desagrado se dibujaba en mis facciones. Sin decir una palabra, ambos decidimos no continuar hablando al respecto.

Sin embargo, el hecho de que Victorugo y yo no comentáramos sobre el tema entre nosotros, no significó que él se lo guardara sólo para sí. Por el contrario, trató de convencer a otros alumnos del salón de que ése era el único camino viable y lógico a seguir. Nadie parecía tomarlo en cuenta, aunque eso no significaba que no lo consideraran loco. De hecho, uno de nuestros compañeros menos brillante, David, comenzó a burlarse en su cara llamándolo “padrecito”, “el curita” o “San Martín de Porres” (por el color tan moreno de Victorugo, lo cual me hizo pensar en que alguien más debió sugerirle el apodo, pues no creo que David supiera nada del santo al que se refería). El caso es que, ante la poca aceptación de su ideal, Victorugo dejó de mencionarlo al resto del grupo y, a partir de ese momento (estoy seguro que fue justo en ese momento), comenzó a cambiar en su forma de comportarse conmigo. Al principio, lo tomé sólo como detalles sin importancia: competía en exceso conmigo por sacar mejores calificaciones, por correr más rápido en los recreos, rebatía mis respuestas frente a la maestra Carolina y se esforzaba (no demasiado) en hacerme quedar como un tonto. Pero después las cosas comenzaron a complicarse. Se acercaba a mí sin razón aparente y me decía algún intento de insulto (lo llamo “intento de insulto” porque Victorugo nunca decía groserías ni malas palabras, no importa cuán enojado estuviera), me empujaba contra alguien más en franca intención de provocar una pelea, incluso llegó a robar el sándwich que llevaba regularmente para comer en el recreo. No se requirió de mucho tiempo para que nuestros compañeros (incluido David) se dieran cuenta de que existían estos “roces” y discrepancias entre nosotros. David comenzó a llamarme “diablo” porque, según su interpretación, me oponía a las buenas obras del “curita”. Por extraño que resulte, la atención que habíamos atraído en el grupo hizo que Victorugo dejara momentáneamente sus intentos de sacarme de mis cabales, así que pude disfrutar de algunas semanas de tranquilidad inesperada en la escuela.

Por supuesto, esto no podía durar para siempre. Un día, con la cara más seria que le había conocido hasta entonces, llegó hasta mi lugar en el salón, se inclinó hacia mí (en demasía, diría yo) y, casi murmurando, me dijo que todo estaba arreglado: él y yo teníamos que pelear para definir un ganador. ¿Pelear? ¿Había entendido bien yo? Haciéndome un poco hacia atrás (realmente lo tenía muy cerca), quise adivinar si sus palabras realmente habían sido ésas. “Hoy, a la hora de la salida, afuera”, dijo con la misma cara seria. No supe si tenía preparado aquellas palabras desde la noche anterior, pero seguro me impresionó su seguridad. “Hoy, a la hora de la salida, afuera”, repetí mentalmente y tuve que ahogar una carcajada. Supongo que debí haberlo llenado de saliva tratando de no reírme porque retrocedió inmediatamente. Su cara se modificó de tal forma que casi logra asustarme (de hecho me asustó) ya que parecía poseído por (¿un demonio?, imposible) el odio. “Hoy, a la salida, afuera”, dijo nuevamente y, por primera vez, supe que me esperaba una pelea al salir.

Mi carácter siempre les había resultado incómodo a mis maestros, pero nunca había llegado al grado de pelear físicamente con alguien dentro de la escuela. De hecho, no había tenido la necesidad (¿oportunidad?) de pelear en ninguna parte. Al darme cuenta de esto, comencé a sentir un miedo nuevo: miedo a ser golpeado, supongo. Había visto cómo en las series de televisión se intercambiaban golpes continuamente, pero nunca me imaginé que algún día estaría yo en aquella situación. Peor aún: ¿cuál rol me tocaría interpretar en aquella tarde: el golpeado o el golpeador? ¿El derrotado o el vencedor? Por supuesto, no sabía pelear, lo cual me ponía en una difícil situación para poder ganar. No tenía idea si Victorugo sabía pelear o no, pero sí sabía que él tenía la decisión de hacerme caer por mis pecados cometidos. Fue entonces que recordé que realmente no había una razón por la cual teníamos que pelear: todo había sido un malentendido sobre sus deseos de volverse cura y mi negación de imitarlo en esa determinación. No era algo que requiriera que nos golpeáramos ¿o sí? Seguramente podría hablar con él y hacerlo entender que, siendo dos personas inteligentes (más yo que él, obviamente), no llegaríamos a nada sacándonos el polvo a trancazos. Pero en cuanto me acerqué a tratar de platicar con él, esquivó mi mirada y se alejó diciendo aquellas aprendidas palabras: Hoy, a la salida, afuera. Estaba determinado a pelear conmigo ese día. Hasta en sus ojos pude descifrar la concentración y la resolución de batirme a golpes. Seguramente no pensaba en otra cosa y yo no sabía cómo hacer para evitar ser golpeado con la saña que aquella mirada fría emanaba. ¿Pero realmente tenía razón de preocuparme? Yo era más alto que él y, ciertamente, tenía más fuerza en una sola mano que él en sus dos raquíticos brazos. No había de qué preocuparse entonces, pensé y logré tranquilizarme por unos momentos, hasta que recordé que en las series de televisión no siempre gana el más fuerte, sino el más astuto (ese seguía siendo yo ¿no?). Una nueva ola de inseguridad me arrojó sobre mis miedos y decidí que no podía correr más riesgos. Fui rápidamente de regreso a mi lugar y busqué entre todas las cosas que llevaba en mi mochila. Busqué algo que pudiera servirme como defensa, como escudo que contuviera los embates de mi tirano atacante. Fuera de algunos cuadernos, no encontré nada que pudiera servir para protegerme adecuadamente. ¿Pero acaso no dicen que la mejor defensa es el ataque? Busqué más allá y, tras descartar bolígrafos y sacapuntas, quedó en mi mano un objeto bastante prometedor: la afilada punta del compás de geometría. Tuve que quitarla del armazón completo para que resultara más fácil de ocultar y de usar (sólo en caso necesario, claro). El aferrarme a aquella arma blanca (por supuesto que eso era) me hizo despreocuparme del asunto de la pelea por el resto de las clases.

La campanada que indicaba el final de las clases sonó finalmente y el primero en ponerse en pie fue Victorugo. Salió de forma apresurada del salón, no sin antes descargar sobre mí la furia que llevaba guardada en los ojos. Era una advertencia de que la hora había llegado y que me encontraría en el lugar donde nuestros destinos habrían de definirse. Me incorporé lentamente y pude notar que las piernas me temblaban. Guardé el último cuaderno en mi mochila y, asegurándome que la punta del compás aún se alojaba en mi puño cerrado, inicié mi recorrido hacia la salida de la escuela. Intenté no mirar a nadie mientras caminaba para no revelar mi miedo, pero en cualquier risa que escuchaba me parecía encontrar burlas y sornas. Hubiera sido tan fácil simplemente seguirle la corriente a Victorugo. Hubiera sido más fácil decir que sí, que realmente iba a convertirme en sacerdote cuando creciera, que su vocación era mi vocación y que, como él, quería el bien común. Pues eso es lo que quiere un sacerdote ¿verdad? El bien común, el mayor beneficio para la humanidad. Y esto no lo era. Los sacerdotes no se exponen a golpes ante los que no fueron sacerdotes (¿o sí?). Lentamente, mi ánimo cambió. Podía convencerlo de que aquello era un error. Podía hacerle ver que el sacerdocio, que la vocación no se ganaba partiéndole la cara a otros (no en el sentido literal, por lo menos). Mis pasos adquirieron mayor firmeza y me dirigí hacia donde sabía que Victorugo me esperaría. Con ánimos renovados, crucé la puerta de salida de la escuela y, a unos veinte metros de allí, lo vi esperándome. A lo lejos percibí una ligera sonrisa de satisfacción (quizás de perversión) en su rostro. Nuevamente mis pasos flaquearon y trastabillé al intentar acercarme. Este descuido hizo que mi marcha de detuviera por completo y él quizás lo interpretó como que yo estaba retractándome de pelear, pues corrió hacia donde yo había quedado detenido. En cuanto llegó a donde yo estaba, comenzó a gritarme y, contra sus propios principios, me insultó con todas las letras que eran necesarias para hacerme reaccionar (las cuatro). Le grité que aquello era una tontería, que un sacerdote nunca haría algo así, que no era su labor ni sería bien visto ante los ojos de Dios. Por toda respuesta obtuve un golpe en la boca del estómago que, de haber sido aplicado con más fuerza, me hubiera logrado sacar el aire. Yo contraataqué con un golpe al viento y una patada que se estrelló contra una pequeña piedra y levantó mucho polvo. Sé que la tele-transportación no existe pero, al ver a media escuela rodeándonos y gritándonos para que siguiéramos peleando, sólo tuve la opción de creer que sí. Él me abofeteó (¿se puede abofetear en una pelea?) con su mano derecha y todos comenzaron a reírse (no supe de quién). Yo procuré no hacer más el ridículo y me la pasé empujándolo para que no pudiera golpearme nuevamente. Dimos una infinidad de vueltas sin hacernos el menor daño y, cuando todos comenzaron a aburrirse, Victorugo se lanzó cual proyectil sobre mi hombro y lo mordió con tanta fuerza que hizo que todos gritáramos (principalmente yo). En mi desesperación por quitarme de encima aquel dolor creciente, abrí mi puño izquierdo y la punta de compás hizo su acto de aparición. Con un movimiento rápido, la dirigí con fuerza hacia su pecho y un grito horrible salió de su boca.

La concurrencia se dispersó apenas vieron la mancha de sangre formándose sobre la blanca camisa de Victorugo. Yo tenía más miedo que nunca y me alejé también de allí. Victorugo cayó sobre sus rodillas tocando con sus flacos dedos el lugar donde yo lo acababa de herir. Recuerdo que en esa posición estaba cuando yo caminaba apresuradamente y me decía internamente que tenía que deshacerme de la punta del compás. Lo primero (quizás lo único) que se me ocurrió para este fin fue arrojarla entre unos arbustos que encontré y, al notar que David iba siguiéndome, no pude contener el comentario y dije con toda la pretensión que pude: Ya no voy a necesitar esto. Por alguna razón extraña, David, en lugar de seguirme, se lanzó tras el lugar donde había caído la punta. No le di mayor importancia y seguí avanzando hasta que mis nervios disminuyeron un poco para percatarme que no me dirigía a ningún lugar conocido. En mi prisa y con la ansiedad que bloqueaba mis pensamientos, había cambiado tantas veces de rumbo que había logrado perderme. Traté de ubicarme mirando casas y caminos que pudieran ponerme en marcha hacia mi hogar, pero no resultó tan fácil. Después de dar algún par de vueltas en plena desorientación, finalmente visualicé dos siluetas conocidas: Victorugo y David se acercaban hacia mí. Lo primero que pude identificar fue el odio que se reflejaba en el rostro de Victorugo. Luego, que en la mano llevaba sujetada firmemente la misma punta de compás que yo acababa de botar. David parecía sonreír y, en cuanto me alcanzaron, se hizo a un lado para dejar claro que sólo estaba como espectador. Victorugo se puso frente a mí con una agilidad que me sorprendió y no me permitió escapar de allí. “¿Ésas tenemos?”, me dijo tomando la punta del compás como si fuera un cuchillo y, antes de lanzarse hacia mí, dijo: “Ojo por ojo”. Ya no buscaba golpearme o morderme como hacía algunos minutos, sino que ahora buscaba clavar aquella punta como lo había hecho yo. Lo esquivé tanto como pude por un rato. Si bien su herida no era grave, había sido suficiente para que su deseo de venganza se avivara como si fuera una fogata recién alimentada con madera seca. Ambos estábamos cansados y llegué a pensar que el peso de sus propios brazos bastaría para que desistiera en su intento. Pero en un movimiento inesperado, con una patada giratoria golpeó mi pierna de apoyo y me hizo perder el equilibrio.

Las cosas ocurrieron demasiado rápido y el dolor comenzó a extenderse por todo mi cuerpo casi instantáneamente. Lo blanco de mi camisa comenzó a ceder ante el rojo oscuro de mi sangre. Victorugo me miró sabiéndose triunfante, vencedor. Una nueva expresión se formó en su cara y sus ojos nuevamente despidieron una especie de bondad. No sé si sea válido, ni si los cánones lo permitan, pero lo siguiente que escuché fue que me daba su bendición, que me absolvía de mis pecados y que rezaría para que entrara por las puertas del Cielo.

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