Archivo de la categoría: Cuentos

Victorugo

Todavía no entiendo por qué razón la profesora Josefina tomó aquella decisión, pero estoy convencido de que lo hizo porque me odiaba. Siempre supe que contradecirla y hacerme el listo con ella no me iba a traer nada bueno, pero ¿qué puedo decir a mi favor? Nada, excepto que disfrutaba ponerla en ridículo. Por supuesto, no era una actitud digna ni esperada de un niño de diez años y quizás eso provocó la furibunda reacción de mi víctima, es decir, de mi maestra. Supongo que su odio llegó a tal grado que la mejor forma de lidiar con un niño genio como yo, era no tener que lidiar con él. Por supuesto, ésas son sólo suposiciones que puedo hacer, ya que la versión oficial de mi cambio a un grupo “avanzado” era que yo necesitaba un tipo de atención especial, diferente a lo que estaba yo obteniendo en mi grupo “normal”. Como haya sido, un buen día tuve que presentarme en un edificio diferente de la escuela, en el salón de clases más grande que yo hubiera visto antes. Quizás el tamaño se debía a los aires de grandeza de los alumnos y maestros que solían adentrarse en ellos. Diría que se trataba de un verdadero desperdicio de espacio, hasta que entré yo.

No puedo decir que la sensación de incorporarme a un grupo nuevo haya sido placentera de ningún modo. Sentí el peso de las miradas cayendo despiadadamente sobre mis hombros mientras la maestra Carolina, mi nueva maestra, hacía mi presentación frente a mis nuevos compañeros. Bajé la mirada casi instintivamente. No sé si lo hice para evitar simplemente el contacto visual o si tenía miedo de reconocer que alguno de aquellos presumidos podría llegar a ser una verdadera competencia para mí. No escuché que ninguno dijera nada mientras yo era examinado en aquel enorme espacio, sólo reconocí la voz de la maestra indicándome la mesa que ahora sería mi nuevo lugar de trabajo. Tardé un poco en notar que cada uno de nosotros tenía una mesa asignada de forma individual, de modo que no tendría necesidad de compartirla con nadie. Este aspecto me gustó porque nunca he sido bueno para las relaciones sociales y prefería permanecer lo más aislado y oculto que me fuera posible. Más pronto de lo que hubiera imaginado, terminé acostumbrándome a aquel ambiente y comencé a relajarme.

En mi nuevo grupo había un poco de todo; desde el gordito de lentes con excelente memoria, hasta los fanáticos de alguna cultura extranjera que se pasaban el día hablando en otros idiomas sólo para que nadie (quizás sólo yo) supiera de qué hablaban. Y de todos aquellos especímenes, tuve que elegir a uno para que los recreos fueran más llevaderos para mí. De hecho, no estoy seguro de si fui yo quien lo eligió o si fue decisión suya el comenzar a dirigirme la palabra. Lo que sí recuerdo es que me tendió su mano y me dijo que su nombre era Victorugo (según me comentó, una funcionaria del registro civil interpretó un “así como suena” por un “todo junto”). Para mi sorpresa, aquel niño flaquito resultó ser bastante agradable. Era un poco más moreno que la mayoría y, al principio, pensé que se trataba del primer niño afroamericano que conocía. Sólo resultó ser muy moreno, nada más. El caso es que Victorugo y yo comenzamos a tener conversaciones interesantes y nos descubrimos bastante afines en ciertos aspectos. A ambos nos gustaban los rompecabezas, armar el cubo Rubik y disfrutábamos las adivinanzas ingeniosas. Lo que tardé un poco más en notar es que teníamos más diferencias de las que podía yo tolerar. Estaba, por ejemplo, aquella obsesión que Victorugo tenía con respecto a hacerse sacerdote cuando fuera mayor. A mí únicamente se me había ocurrido que yo sería piloto de carreras cuando creciera, aunque sólo lo deseaba por la oportunidad de usar casco y de poder manejar un auto solo. La idea de ser sacerdote era algo que, definitivamente, no había logrado entrar a mis pensamientos hasta que escuché aquella confesión de mi nuevo (único) amigo. No le di mayor importancia, para ser honesto, pero él parecía tener una necesidad de mencionarlo a la menor provocación. Cuando nos reuníamos en su casa, por ejemplo, para hacer la tarea, no dudaba en mostrarme los avances que había hecho en sus estudios religiosos y me explicaba cada nuevo secreto que descubría en ellos. Todo aquello podía soportarlo sin ningún esfuerzo, pero mi paciencia se colmó cuando Victorugo comenzó a insinuar que yo también debería pensar en el sacerdocio como una forma de vida en el futuro. Tal comentario me perturbó más de lo que hubiera querido, pues él notó cómo el desagrado se dibujaba en mis facciones. Sin decir una palabra, ambos decidimos no continuar hablando al respecto.

Sin embargo, el hecho de que Victorugo y yo no comentáramos sobre el tema entre nosotros, no significó que él se lo guardara sólo para sí. Por el contrario, trató de convencer a otros alumnos del salón de que ése era el único camino viable y lógico a seguir. Nadie parecía tomarlo en cuenta, aunque eso no significaba que no lo consideraran loco. De hecho, uno de nuestros compañeros menos brillante, David, comenzó a burlarse en su cara llamándolo “padrecito”, “el curita” o “San Martín de Porres” (por el color tan moreno de Victorugo, lo cual me hizo pensar en que alguien más debió sugerirle el apodo, pues no creo que David supiera nada del santo al que se refería). El caso es que, ante la poca aceptación de su ideal, Victorugo dejó de mencionarlo al resto del grupo y, a partir de ese momento (estoy seguro que fue justo en ese momento), comenzó a cambiar en su forma de comportarse conmigo. Al principio, lo tomé sólo como detalles sin importancia: competía en exceso conmigo por sacar mejores calificaciones, por correr más rápido en los recreos, rebatía mis respuestas frente a la maestra Carolina y se esforzaba (no demasiado) en hacerme quedar como un tonto. Pero después las cosas comenzaron a complicarse. Se acercaba a mí sin razón aparente y me decía algún intento de insulto (lo llamo “intento de insulto” porque Victorugo nunca decía groserías ni malas palabras, no importa cuán enojado estuviera), me empujaba contra alguien más en franca intención de provocar una pelea, incluso llegó a robar el sándwich que llevaba regularmente para comer en el recreo. No se requirió de mucho tiempo para que nuestros compañeros (incluido David) se dieran cuenta de que existían estos “roces” y discrepancias entre nosotros. David comenzó a llamarme “diablo” porque, según su interpretación, me oponía a las buenas obras del “curita”. Por extraño que resulte, la atención que habíamos atraído en el grupo hizo que Victorugo dejara momentáneamente sus intentos de sacarme de mis cabales, así que pude disfrutar de algunas semanas de tranquilidad inesperada en la escuela.

Por supuesto, esto no podía durar para siempre. Un día, con la cara más seria que le había conocido hasta entonces, llegó hasta mi lugar en el salón, se inclinó hacia mí (en demasía, diría yo) y, casi murmurando, me dijo que todo estaba arreglado: él y yo teníamos que pelear para definir un ganador. ¿Pelear? ¿Había entendido bien yo? Haciéndome un poco hacia atrás (realmente lo tenía muy cerca), quise adivinar si sus palabras realmente habían sido ésas. “Hoy, a la hora de la salida, afuera”, dijo con la misma cara seria. No supe si tenía preparado aquellas palabras desde la noche anterior, pero seguro me impresionó su seguridad. “Hoy, a la hora de la salida, afuera”, repetí mentalmente y tuve que ahogar una carcajada. Supongo que debí haberlo llenado de saliva tratando de no reírme porque retrocedió inmediatamente. Su cara se modificó de tal forma que casi logra asustarme (de hecho me asustó) ya que parecía poseído por (¿un demonio?, imposible) el odio. “Hoy, a la salida, afuera”, dijo nuevamente y, por primera vez, supe que me esperaba una pelea al salir.

Mi carácter siempre les había resultado incómodo a mis maestros, pero nunca había llegado al grado de pelear físicamente con alguien dentro de la escuela. De hecho, no había tenido la necesidad (¿oportunidad?) de pelear en ninguna parte. Al darme cuenta de esto, comencé a sentir un miedo nuevo: miedo a ser golpeado, supongo. Había visto cómo en las series de televisión se intercambiaban golpes continuamente, pero nunca me imaginé que algún día estaría yo en aquella situación. Peor aún: ¿cuál rol me tocaría interpretar en aquella tarde: el golpeado o el golpeador? ¿El derrotado o el vencedor? Por supuesto, no sabía pelear, lo cual me ponía en una difícil situación para poder ganar. No tenía idea si Victorugo sabía pelear o no, pero sí sabía que él tenía la decisión de hacerme caer por mis pecados cometidos. Fue entonces que recordé que realmente no había una razón por la cual teníamos que pelear: todo había sido un malentendido sobre sus deseos de volverse cura y mi negación de imitarlo en esa determinación. No era algo que requiriera que nos golpeáramos ¿o sí? Seguramente podría hablar con él y hacerlo entender que, siendo dos personas inteligentes (más yo que él, obviamente), no llegaríamos a nada sacándonos el polvo a trancazos. Pero en cuanto me acerqué a tratar de platicar con él, esquivó mi mirada y se alejó diciendo aquellas aprendidas palabras: Hoy, a la salida, afuera. Estaba determinado a pelear conmigo ese día. Hasta en sus ojos pude descifrar la concentración y la resolución de batirme a golpes. Seguramente no pensaba en otra cosa y yo no sabía cómo hacer para evitar ser golpeado con la saña que aquella mirada fría emanaba. ¿Pero realmente tenía razón de preocuparme? Yo era más alto que él y, ciertamente, tenía más fuerza en una sola mano que él en sus dos raquíticos brazos. No había de qué preocuparse entonces, pensé y logré tranquilizarme por unos momentos, hasta que recordé que en las series de televisión no siempre gana el más fuerte, sino el más astuto (ese seguía siendo yo ¿no?). Una nueva ola de inseguridad me arrojó sobre mis miedos y decidí que no podía correr más riesgos. Fui rápidamente de regreso a mi lugar y busqué entre todas las cosas que llevaba en mi mochila. Busqué algo que pudiera servirme como defensa, como escudo que contuviera los embates de mi tirano atacante. Fuera de algunos cuadernos, no encontré nada que pudiera servir para protegerme adecuadamente. ¿Pero acaso no dicen que la mejor defensa es el ataque? Busqué más allá y, tras descartar bolígrafos y sacapuntas, quedó en mi mano un objeto bastante prometedor: la afilada punta del compás de geometría. Tuve que quitarla del armazón completo para que resultara más fácil de ocultar y de usar (sólo en caso necesario, claro). El aferrarme a aquella arma blanca (por supuesto que eso era) me hizo despreocuparme del asunto de la pelea por el resto de las clases.

La campanada que indicaba el final de las clases sonó finalmente y el primero en ponerse en pie fue Victorugo. Salió de forma apresurada del salón, no sin antes descargar sobre mí la furia que llevaba guardada en los ojos. Era una advertencia de que la hora había llegado y que me encontraría en el lugar donde nuestros destinos habrían de definirse. Me incorporé lentamente y pude notar que las piernas me temblaban. Guardé el último cuaderno en mi mochila y, asegurándome que la punta del compás aún se alojaba en mi puño cerrado, inicié mi recorrido hacia la salida de la escuela. Intenté no mirar a nadie mientras caminaba para no revelar mi miedo, pero en cualquier risa que escuchaba me parecía encontrar burlas y sornas. Hubiera sido tan fácil simplemente seguirle la corriente a Victorugo. Hubiera sido más fácil decir que sí, que realmente iba a convertirme en sacerdote cuando creciera, que su vocación era mi vocación y que, como él, quería el bien común. Pues eso es lo que quiere un sacerdote ¿verdad? El bien común, el mayor beneficio para la humanidad. Y esto no lo era. Los sacerdotes no se exponen a golpes ante los que no fueron sacerdotes (¿o sí?). Lentamente, mi ánimo cambió. Podía convencerlo de que aquello era un error. Podía hacerle ver que el sacerdocio, que la vocación no se ganaba partiéndole la cara a otros (no en el sentido literal, por lo menos). Mis pasos adquirieron mayor firmeza y me dirigí hacia donde sabía que Victorugo me esperaría. Con ánimos renovados, crucé la puerta de salida de la escuela y, a unos veinte metros de allí, lo vi esperándome. A lo lejos percibí una ligera sonrisa de satisfacción (quizás de perversión) en su rostro. Nuevamente mis pasos flaquearon y trastabillé al intentar acercarme. Este descuido hizo que mi marcha de detuviera por completo y él quizás lo interpretó como que yo estaba retractándome de pelear, pues corrió hacia donde yo había quedado detenido. En cuanto llegó a donde yo estaba, comenzó a gritarme y, contra sus propios principios, me insultó con todas las letras que eran necesarias para hacerme reaccionar (las cuatro). Le grité que aquello era una tontería, que un sacerdote nunca haría algo así, que no era su labor ni sería bien visto ante los ojos de Dios. Por toda respuesta obtuve un golpe en la boca del estómago que, de haber sido aplicado con más fuerza, me hubiera logrado sacar el aire. Yo contraataqué con un golpe al viento y una patada que se estrelló contra una pequeña piedra y levantó mucho polvo. Sé que la tele-transportación no existe pero, al ver a media escuela rodeándonos y gritándonos para que siguiéramos peleando, sólo tuve la opción de creer que sí. Él me abofeteó (¿se puede abofetear en una pelea?) con su mano derecha y todos comenzaron a reírse (no supe de quién). Yo procuré no hacer más el ridículo y me la pasé empujándolo para que no pudiera golpearme nuevamente. Dimos una infinidad de vueltas sin hacernos el menor daño y, cuando todos comenzaron a aburrirse, Victorugo se lanzó cual proyectil sobre mi hombro y lo mordió con tanta fuerza que hizo que todos gritáramos (principalmente yo). En mi desesperación por quitarme de encima aquel dolor creciente, abrí mi puño izquierdo y la punta de compás hizo su acto de aparición. Con un movimiento rápido, la dirigí con fuerza hacia su pecho y un grito horrible salió de su boca.

La concurrencia se dispersó apenas vieron la mancha de sangre formándose sobre la blanca camisa de Victorugo. Yo tenía más miedo que nunca y me alejé también de allí. Victorugo cayó sobre sus rodillas tocando con sus flacos dedos el lugar donde yo lo acababa de herir. Recuerdo que en esa posición estaba cuando yo caminaba apresuradamente y me decía internamente que tenía que deshacerme de la punta del compás. Lo primero (quizás lo único) que se me ocurrió para este fin fue arrojarla entre unos arbustos que encontré y, al notar que David iba siguiéndome, no pude contener el comentario y dije con toda la pretensión que pude: Ya no voy a necesitar esto. Por alguna razón extraña, David, en lugar de seguirme, se lanzó tras el lugar donde había caído la punta. No le di mayor importancia y seguí avanzando hasta que mis nervios disminuyeron un poco para percatarme que no me dirigía a ningún lugar conocido. En mi prisa y con la ansiedad que bloqueaba mis pensamientos, había cambiado tantas veces de rumbo que había logrado perderme. Traté de ubicarme mirando casas y caminos que pudieran ponerme en marcha hacia mi hogar, pero no resultó tan fácil. Después de dar algún par de vueltas en plena desorientación, finalmente visualicé dos siluetas conocidas: Victorugo y David se acercaban hacia mí. Lo primero que pude identificar fue el odio que se reflejaba en el rostro de Victorugo. Luego, que en la mano llevaba sujetada firmemente la misma punta de compás que yo acababa de botar. David parecía sonreír y, en cuanto me alcanzaron, se hizo a un lado para dejar claro que sólo estaba como espectador. Victorugo se puso frente a mí con una agilidad que me sorprendió y no me permitió escapar de allí. “¿Ésas tenemos?”, me dijo tomando la punta del compás como si fuera un cuchillo y, antes de lanzarse hacia mí, dijo: “Ojo por ojo”. Ya no buscaba golpearme o morderme como hacía algunos minutos, sino que ahora buscaba clavar aquella punta como lo había hecho yo. Lo esquivé tanto como pude por un rato. Si bien su herida no era grave, había sido suficiente para que su deseo de venganza se avivara como si fuera una fogata recién alimentada con madera seca. Ambos estábamos cansados y llegué a pensar que el peso de sus propios brazos bastaría para que desistiera en su intento. Pero en un movimiento inesperado, con una patada giratoria golpeó mi pierna de apoyo y me hizo perder el equilibrio.

Las cosas ocurrieron demasiado rápido y el dolor comenzó a extenderse por todo mi cuerpo casi instantáneamente. Lo blanco de mi camisa comenzó a ceder ante el rojo oscuro de mi sangre. Victorugo me miró sabiéndose triunfante, vencedor. Una nueva expresión se formó en su cara y sus ojos nuevamente despidieron una especie de bondad. No sé si sea válido, ni si los cánones lo permitan, pero lo siguiente que escuché fue que me daba su bendición, que me absolvía de mis pecados y que rezaría para que entrara por las puertas del Cielo.

Anuncios

Líneas de la Vida

Nada hay peor que percibir los efectos de la propia ineficacia. Sobre todo cuando la actividad que se pretende realizar es la que poco antes se dominaba a la perfección. Las causas de que esto ocurra pueden ser muchas, pero la más lamentable es conocida de una forma engañosamente simple: el tiempo.

La primera vez que la estilográfica fue llevada por la mano del gran escritor, ésta se sintió intimidada. Quizás temiera que los trazos producidos por su tinta no estuvieran a la altura de aquel guía que tan magistralmente la iniciaba en los interminables recorridos sobre el blanco terreno del papel. Se sentía torpe, lenta, y con alguna frecuencia las líneas dibujadas interrumpían con incoherencia las frases. Sin embargo, el escritor tuvo paciencia y, con firmeza, la obligaba a mejorar su rendimiento. No pasó mucho tiempo para que el escritor la considerara su pluma favorita. No era para menos: el cuerpo negro de la estilográfica era delgado y con el suficiente peso para proporcionar equilibrio a la escritura. Su punta reflejaba fiel y finamente la intención que su dueño imponía en cada letra, en cada frase, en todos sus manuscritos. Con el tiempo (ese callado hipócrita), la delgada pluma se consolidó con méritos indiscutibles sobre cualquier otra competidora. Porque sí, tenía mucha competencia en su labor. Pero bastaban unos pocos intentos para que el escritor recapacitara y volviera al confortable uso de ella, su favorita. Y no es que no hubiera repentinamente alguna brusca reprimenda cuando ella fallaba en seguir sus indicaciones. Las había, por supuesto, mas siempre merecidas, siempre en un justo deseo de superación.

Quizás sus momentos de mayor satisfacción los encontraba cuando ambos (ella y su escritor) salían a contemplar los paisajes y buscaban inspiración. Entre los dos recorrían los caminos, analizaban a las personas, imaginaban sus sueños, escribían sus propias historias. Nada como sentir el calor del sol y el aire moviendo los lienzos de papel. Esto la excitaba, le daba más fluidez a sus palabras y, con ello, la imaginación del escritor se volvía inagotable. Fue, precisamente, a las orillas de un pequeño pueblo, tendida bajo la sombra de un enorme abedul, que plasmó con desenvoltura cada una de las palabras con que el escritor finalizó su obra maestra. Los dos sintieron una satisfacción nunca antes experimentada cuando el punto final cayó en su lugar. A partir de ese momento, su vida fue diferente. La fama se incorporó en su camino y eran muchos quienes deseaban conocerla, estrecharla, admirarla. Con frecuencia se preguntaban cómo era posible que de aquel pequeño cuerpo pudieran emerger tantas historias, tantos sentimientos, tantas vidas. El escritor estaba más orgulloso que nunca y no volvió a compararla con ninguna otra: se habían vuelto inseparables.

Esta sensación de pericia indomable duró lo suficiente como para que ambos disfrutaran su compañía un poco más. No obstante, el tiempo (otra vez ese traidor) intervino inesperadamente. Los trazos vinieron a menos. De alguna forma, la fuente de inspiración, de magia, de vida, comenzaba a secarse. Cada palabra que la pequeña pluma delineaba parecía no tener sentido, las frases perdían ritmo y las historias rara vez encontraban un buen fin. La inseguridad atrapó su delgado cuerpo y sus líneas resultaban ahora titubeantes, temblorosas y débiles. Se vio capturada por la depresión. La tinta dejó de fluir por eternidades y cada segundo que pasaba la convencía de que nunca volvería a escribir. Se sentía pesada, aletargada, ciega. Ni siquiera podía reconocer ya a su antiguo amo, al escritor, a quien la había llevado de su mano a la gloria. La llenaba de desilusión el hecho de que no volviera sus ojos hacia ella. La despreciaba, pensaba. Al menos la ignoraba y eso era suficiente para sentirse inútil.

Pero un día en que la pluma descansaba de su tristeza, inesperadamente sintió la cálida palma del escritor rodeando su cintura. Su ánimo resurgió inmediatamente y la emoción que le producía posarse nuevamente sobre el papel la hizo recordar los momentos de grandeza. Comenzó a deslizarse suave sobre las letras, sobre cada signo de puntuación, llenando de tinta los pensamientos de su dueño, de su amo. Aconteció, sin embargo, que sus trazos se hicieron débiles. La continuidad de las palabras era casi imposible pues la tinta fluía cada vez con más dificultad. El miedo se reflejaba en cada intento de línea y llegó a resultarle dolorosa cada palabra. Sólo lograba transmitir decepción y llanto amargo. Después de infructuosos intentos, terminó por rendirse y se dejó escapar de los dedos del escritor que lloraba también. Quedó tirada sobre la mesa, casi inconsciente. La hizo reaccionar lo húmedo de la sangre que comenzó a cubrirla cada vez más. Miró a su alrededor y descubrió el cuerpo sin vida del escritor, de su escritor, tendido sobre el viejo escritorio de trabajo. Sintió que la vida se le escapaba también a ella. Miró nuevamente la carta que ambos, juntos por destino, acababan de escribir. No pudo leer todo su contenido, pero le bastó para entender su última palabra: Adiós.


Tatuaje – Parte III

Un lejano grito hizo resonar su nombre y Fabián no tuvo otra alternativa que mover todos sus nervios hacia la habitación de sus padres. “Cierra la puerta”, fue la instrucción seca y firme de su padre, justo en el momento en que cruzaba la puerta; un mensaje inequívoco de que la conversación sería tensa, vergonzosa, inmoral. Las piernas le temblaban a Fabián de tal forma que temió perder el equilibrio. Su padre se encontraba sentado tras el escritorio de trabajo y su madre ocupaba una silla al lado de él. A Fabián no le ofrecieron sentarse pese a que había una silla disponible. “Ya me platicó tu madre la estupidez que cometiste y estamos muy decepcionados de ti”, inició diciendo su padre sin mirarlo, con los ojos puestos en la madera roja de su escritorio. “¿Acaso no piensas?”, gritó repentinamente y un sólido puñetazo en el escritorio enfatizó violentamente su pregunta. A partir de este momento, la mirada de Fabián se posó sobre el piso vinílico de la habitación. Escuchaba los vehementes reclamos de su padre y percibía de reojo los aspavientos de sus brazos. “Irresponsable”, “imperdonable”, “hipócrita”, eran algunas de las palabras pronunciadas con toda la ira que su padre podía expresar sin recurrir a la agresión física. Los gruesos anteojos del padre aumentaban la irritación en su mirada mientras Fabián permanecía inmóvil (aunque tembloroso) sin poder emitir palabra o sonido alguno. Quizás sólo habían transcurrido algunos segundos de discusión, pero Fabián creía haber envejecido algunas décadas por la forma en que su cuerpo y su mente comenzaban a deteriorarse. Le costaba trabajo pensar y le resultaba imposible la asimilación de aquellas palabras que se empeñaban repetidamente en acuchillarlo. Su madre no decía una sola palabra, sólo asentía con un movimiento mecánico de su cabeza, en un ciego apoyo a los argumentos que su esposo esgrimía con súbita habilidad.

Fabián notó que ninguna explicación le era exigida, ni siquiera algún pretexto para justificar sus acciones; no había habido un momento para que se excusara. Comprendió entonces que no estaba en un juicio, sino en la audiencia de su condena. Sabía que, de cualquier forma, una defensa habría sido suicida. Si hasta entonces su padre se había mantenido tras su escritorio, una sola palabra habría bastado para convertir su enojo en furia incontrolable. Debía aguantar. Un breve silencio interrumpió sus pensamientos y los reproches de su padre. Fue breve, muy breve. Tan breve que le pareció eterno por lo que representaba. “A partir de este momento has dejado de ser nuestro hijo”, fue la frase que destrozó el silencio y, como arma asesina, alcanzó su corazón. Sólo hasta entonces percibió el sabor salado de una lágrima que escapaba a su voluntad, recorría su rostro y lo abandonaba para ir a estrellarse contra el vinil del piso que miraba fijamente. “¡Hipócrita!”, retumbó en la habitación. Fabián se esforzaba por mantenerse de pie, por no caer. Su madre seguía callada, pero ya no asentía, ya no podía hacerlo. Pese a que había mantenido su posición de completo apoyo y de respaldo para su esposo, no pudo aceptar aquellos “tu madre y yo”, “nosotros”, “hemos decidido”, que su esposo insistía en recalcar. No podía, tampoco, contradecirlos pues pondrían en riesgo la alianza que se veía obligada a cumplir religiosamente. Su única reacción consistió en clavar la vista en sus pies, concentrándose en no escuchar, en desviar su atención de aquella palabra recurrente: hipócrita. En realidad, no estaba de acuerdo con lo que su esposo expresaba, pero comprendía que su opinión no debía salir a flote. “¡Vete de aquí porque ésta ya no es tu casa! A partir de ahora sólo veo en tu cara hipocresía. Tienes una H en la frente, una H de hipócrita, nunca más de hijo. Y no importa que hagas, para nosotros estará siempre allí, en tu cara, como un tatuaje que no podrás borrar jamás. ¡Vete ya, hipócrita!”.

Fabián salió de la habitación sin haber podido decir nada, sin levantar la mirada del piso, sin poder comprender la gravedad de su comportamiento ni la crueldad de su condena. Se dirigió con pasos flojos a su propia habitación y dejó que un llanto mudo cubriera su cara, impidiéndole el paso del aire, obstruyéndole la vista y arrebatándole la fuerza restante a sus piernas. Cayó de bruces junto a su cama, convulsionándose por la furia con que sus lágrimas brotaban. Sus ojos se cerraron tratando de contener sus lamentos y por un momento logró calmar ligeramente sus sollozos. Abrió lentamente sus ojos y su mirada borrosa sólo logró identificar las losetas vinílicas que cubrían al piso sobre el que yacía. Su mente se encargó de completar la escena: aquellas losetas se unieron ante su mirada para crear la figura de una enorme H, la H de hipócrita. Instintivamente, llevó su mano a su frente, tratando de localizar el involuntario tatuaje que ahora debía mostrar.

 

(Continúa…)


Tatuaje – Parte I

Las horas de espera fueron, al mismo tiempo, fugaces e insoportables para Fabián. Como nunca, deseaba que su padre se retrasara en su camino a casa. Sólo ese día. “Sólo por hoy”, rogó al vacío que rodeaba su cabeza. Tenía miedo, aunque trataba de corregir su estado de ánimo convenciéndose de que era un adulto libre para tomar sus propias decisiones, no importando lo malas que fueran. Eran suyas. Las había tomado con conciencia, por poca que hubiera sido. En el peor de los casos, tenía derecho a equivocarse, a cometer los errores que todos los humanos cometen a diario. ¿Acaso él era distinto en este rubro? ¿Debía condenarse al hecho de no cometer estupideces sólo por no haber hecho demasiadas hasta entonces? Pero sus pensamientos se ahogaban con cada minuto que pasaba y morían irremediablemente: tenía miedo.

Fabián sabía que era prácticamente imposible que su padre apareciera tarde en esa ocasión. Seguramente la madre de Fabián había platicado con él y lo habría apremiado para que no se demorara en su llegada. Era urgente que hablara con Fabián y que no dejara “este asunto” sin discutir. Tenía que ser ese día. “Tiene que ser hoy”, escuchó Fabián que decía su madre con firmeza ante el teléfono. No había escapatoria. Su vida llegaba a un punto en que, sin aquel encuentro con su padre, simplemente no podía continuar. Era casi como volver a pasar por aquel doloroso momento del nacimiento, sin el cual no existe futuro. No era cuestión sólo de esperar: debía sufrir el proceso.

Los veintiún años con los que Fabián contaba le habían enseñado que todo evento importante —quizás devastador —era anunciado con anticipación en el ambiente. El vuelo repentino de las aves indican que el peligro se acerca inminente al árbol; la ola gigantesca sólo aparece tras presenciar inmóvil al mar; las percusiones y los acordes que elevan cuerpo y espíritu en alternantes unísonos dan paso —en medio de su clímax —al inevitable final de la melodía. Así pudo él reconocer, en los grandes escalofríos que tomaron por asalto su cuerpo, el vaticinio de la desgracia que se aproximaba. Fue justo el instante en que el tintineo de unas llaves logró abrir con estruendosa calma la puerta principal: su padre había llegado.

Las imperturbables paredes de la pequeña casa atestiguaron varios cambios en la rutina a la que estaban acostumbradas. Esa noche, la cena no se sirvió a la llegada del padre de Fabián; tampoco se encendió la vieja consola para interpretar los acetatos de Las Grandes Bandas; ni siquiera se dejaron escuchar las palabras cariñosas que servían de saludo a su mujer. Las cosas eran distintas en esa ocasión y toda la casa parecía notarlo manteniendo un clima frío en su interior.


Llorar hacia adentro (Parte II)

El día que llegó la policía al departamento de Moisés, él aún estaba adormilado. Era el mediodía del domingo, pero sus ojos seguían cubiertos de lagañas. Luisa fue quien abrió la puerta y no pudo evitar asustarse cuando le pidieron ver a su esposo. En cuanto Moisés miró, a través de su nublada vista, a los dos uniformados que esperaban en su sala, le pidió a Luisa que se quedara en la recámara cuidando a Daniel, su hijo de dos años. Casi de inmediato comenzó el interrogatorio.

—Buen día. Queremos hacerle unas preguntas.

—Sí, ¿sobre qué? —contestó todavía con voz ronca.

—¿Conoce a Manuel Medina?

—¿Manuel Medina? —preguntó él mientras se frotaba los ojos y la barbilla en un solo movimiento —. No, no me suena.

—Creemos que sí lo conoce —respondió uno de los policías mientras le mostraba la pantalla de un celular. En la pantalla se mostraba una fotografía donde Moisés y otro individuo se abrazaban y sonreían alegremente.

—¡Ah! A él sí lo conozco. Es que no recordaba su nombre.

—¿No recordaba su nombre? En la foto se ve como si se conocieran.

—Lo acababa de conocer y soy malo para recordar nombres. Nos la tomaron en “La Camelia” —se justificó Moisés.

Ambos agentes se miraron dudando sobre la veracidad de las respuestas de Moisés.

—¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

—Ayer, bueno, hoy como a eso de las tres de la mañana. ¿Por qué?

—Su carro tuvo un accidente esta madrugada.

—¿Qué? ¡Oh! Es una pena.

—No parece alterado.

—Apenas lo conocía. Ni siquiera sabía su nombre completo.

—¿Dónde lo vio por última vez?

—Estábamos en un bar.

—¿En un bar? ¿Qué hacía con Manuel Medina a las tres de la mañana en un bar si apenas lo conocía?

—Me invitó un trago.

Nuevamente, los uniformados interrumpieron el interrogatorio para mirarse y confirmar que los argumentos de Moisés eran poco convincentes. Ambos se revolvieron en sus asientos y prosiguieron con las preguntas.

—¿Por qué le invitó un trago?

—No recuerdo una razón específica.

—¿Cómo se conocieron?

—Ayer llevó su automóvil al taller donde trabajo, quería que le hicieran una revisión a los frenos.

—¿Usted lo atendió?

—No, yo sólo soy ayudante de mecánico.

—¿Cómo lo conoció entonces?

Moisés recordó la tarde que aquel hombre, Manuel Medina, descendió de su auto en el taller y, con prepotencia, exigió que lo atendieran lo antes posible pues tenía mucha prisa. Él se encontraba alineando unos neumáticos en el patio de servicio y pudo presenciar todos los aspavientos que el hombre hacía con los brazos demandando atención. Varias veces, en sólo unos minutos, calificó a los empleados de incompetentes e ineficientes. Al principio, Moisés no hizo mucho caso, pero tras algunos gritos más, terminó por acercarse para ver mejor. Sus pasos se detuvieron en seco cuando el rostro del hombre déspota le resultó conocido: era el mismo que, semanas atrás, se había aprovechado de él al cambiarle sus vales en el supermercado. Hasta ese momento, Moisés pensó que había dejado atrás el incidente y que todo había quedado en el olvido, pero su cuerpo tembló rabiosamente en cuanto lo reconoció y el hambre de venganza se apoderó de él. El hombre entregó las llaves de su automóvil al encargado y se dispuso a salir. Moisés trató de evitar que sus miradas se cruzaran y regresó rápidamente al otro extremo del patio. Pero su prisa fue interrumpida cuando sintió un brazo que se apoyaba sobre su hombro y lo jalaba con fuerza para hacerlo girar sobre sus talones. “¡Eres tú!”, dijo el hombre al comprobar la identidad de Moisés. Contrario al ánimo que tenía Moisés, el hombre se mostró alegre de verlo.

—Él vino a donde yo estaba —dijo Moisés a los policías.

—¿Sin conocerlo fue a donde usted estaba? ¿Seguro que era la primera vez que lo veía?

—Supongo que sí.

—¿Supone?

—Uno puede ver a muchas personas, no sé, en el supermercado, por ejemplo, y nunca recordarlas. Así que supongo que en el taller fue la primera vez que le puse atención especial.

—¿Y qué le dijo él?

—No sé, cosas sin sentido. Decía que me había reconocido de otro lugar.

—¿De dónde?

—No sé, le digo que la gente puede verse hasta en el supermercado.

—¿Qué más le dijo?

—Que estaba tratando de arreglar las cosas que había hecho mal.

—¿Cuáles cosas?

—No lo sé, le digo que no lo conocía.

El policía que había hecho la pregunta y suspiró disgustado al escuchar la respuesta.

—¿No le dijo qué era lo que había hecho mal? —enfatizó el oficial.

—Bueno, mencionó algo de que solía aprovecharse de la gente y que estaba arrepentido.

—¿Se veía deprimido o triste de alguna forma?

—No, yo diría que sólo algo serio.

—¿Cuánto tiempo platicaron en el taller?

—Unos… quince minutos, diría yo.

—¿Quince minutos? Eso no es poco tiempo.

—Fue lo mismo que gritó mi jefe desde su oficina. Pero este tipo, ¿cómo se llamaba?, ah, Manuel Medina, le dijo que él lo compensaría por el tiempo que me distraía del trabajo.

—¿Y qué platicaron en esos quince minutos?

—Me contó cosas de su vida. Que era casado, que no había podido tener hijos, que en el trabajo todos lo odiaban, no sé, que estaba solo.

—¿Solo? ¿No acaba de decir que era casado?

—Sí, pero se estaba divorciando.

—¿Qué más le dijo?

—Que quería platicar conmigo. Me dijo que me invitaba a tomar un trago al salir de trabajar.

Moisés no quería ir con aquel hombre, no quería verlo un solo minuto más. Pero su aspecto había cambiado mientras hablaban y comenzaba a notarse angustiado, desesperado, triste. Moisés sintió algo de lástima por él. “No quiero platicar aquí, vamos a un antro”, dijo el hombre. Moisés no sabía mucho de antros y le sugirió ir al bar “La Camelia”. Le dio la dirección y quedaron de verse allí a las diez.

—¿Por qué fueron a ese bar en específico? —preguntó uno de los policías.

—Allí me sentía más seguro: es el bar donde trabajo por las noches.

—¿Y estuvo bebiendo durante su trabajo? —preguntó incrédulo el mismo oficial.

—No. Ayer fue mi noche libre.

—¿Luego qué pasó?

Al paso de los wiskis, la tristeza inicial de Manuel Medina fue transformándose en prepotencia. Le contó a Moisés que trabajaba en la delegación y que fácilmente podía conseguirle algo para que mejorara “su situación”. Le habló de los “negocios” que diariamente hacía y cómo se beneficiaba de ellos. “Es cosa de usar el poder que se tiene, nada más”, le dijo. “Mientras todos sepan que tienes el poder, no te pueden ganar”, dijo casi gritando. Los efectos del alcohol comenzaban a hacerse evidentes en Manuel Mediana, pero Moisés se encontraba muy tranquilo.

—Se emborrachó —se limitó a contestar Moisés.

—¿Y usted?

—No. Yo no tomo.

—¿Va a decirme que en toda la noche no tomó nada mientras él terminó completamente borracho?

—Como le dije, conozco al personal del bar. Les pedí que me sirvieran sólo refresco.

—¿Entonces emborrachó deliberadamente a Manuel Medina?

—Yo no lo obligué a tomar nada. El pidió cada uno de los vasos que se bebió.

—¿Estuvo con él todo el tiempo?

—Sí. Excepto en los ratos en los que íbamos al baño. Nunca fuimos juntos.

Manuel Medina admiró el trabajo de Moisés y el esfuerzo que hacía para mantener a su familia. “Eres mejor que yo y que la gente con la que trabajo”, le dijo varias veces. “Por eso entiendo que no quieras el trabajo que te ofrezco: no eres así. Lo entiendo”, dijo con palabras apenas comprensibles. Al paso del tiempo, el mesero avisó que estaban por cerrar el bar y era tiempo de hacer el cierre de su cuenta.

—¿Quién pagó?

—Él. Yo no supe cuánto fue lo que cobraron.

—¿Eso fue a las tres de la mañana?

—Sí. Un poco antes.

—¿Lo dejó irse en su carro?

—No. Le pedí al encargado que le consiguiera un taxi.

“Dos”, vociferó Manuel Medina. “Pida dos taxis… Uno para mí y otro para mi amigo Moisés”, arrastró las palabras. Los taxis no tardaron más de diez minutos en llegar. Moisés subió en uno y Manuel Medina en el otro. Fue la última vez que se vieron.

—¡Esperen! Él se fue en un taxi y yo en otro. ¡No pudo tener un accidente en su carro! —se exaltó Moisés al comprender los hechos.

—Él tomó el taxi en el bar, pero el conductor dijo que le pidió regresar a su auto porque allí guardó las llaves de su casa y no quería despertar a su esposa —afirmó uno de los policías.

—¡Oh!

—Pero mientras regresó a su automóvil, un par de sujetos se acercaron a él y, a punta de pistola, lo asaltaron.

Manuel Medina puso toda la resistencia que su embriaguez le permitió, pero no logró evitar que le arrebataran las llaves de su auto. Amenazó a los bandidos con denunciarlos, con encontrarlos y matarlos. En un acto desesperado, sacó de entre sus ropas una pistola que brilló en la oscuridad de la calle y trató de dispararles. Antes de lograr apretar el gatillo, sintió cómo una bala lo atravesaba por el pecho y quedó tendido en el pavimento. Los ladrones subieron rápidamente al vehículo de Manuel Medina y, haciendo rechinar ruidosamente las llantas, manejaron a toda velocidad para alejarse. Manuel Medina aún estaba consciente y desde el lugar donde yacía, miró cómo aquellos hombres subían por un paso elevado con una violenta rapidez. Las llantas volvieron a rechinar, el carro fue de un lado al otro del puente que cruzaba, se estrelló estrepitosamente contra la valla de contención y salió disparado hacia el vacío. El auto voló desde una altura de unos diez metros antes de deshacerse irremediablemente contra el piso inferior. Manuel Medina cerró sus ojos.

—Los dos asaltantes murieron.

—¿Y a Manuel Medina qué le pasó? ¿Está…?

—Está en coma. Muy grave. Los doctores no saben si sobrevivirá. Éste es su celular. Así fue como dimos con usted. Su esposa no ha querido ir a verlo. Quizás sea buena idea que usted vaya a verlo. Está en el Hospital General.

—Sí, sí. Tal vez sea buena idea… —repitió Moisés todavía afectado por la noticia.

Cuando los oficiales se retiraron del departamento de Moisés, él estaba muy pensativo. Su esposa se acercó y le preguntó si todo estaba bien.

—Sí, Luisa. Creo que sí. Es sólo que me dieron una mala noticia.

Moisés resumió la historia y le pidió a su esposa dejarlo un momento a solas. Ella accedió algo desconcertada. De alguna forma, Moisés se sabía culpable. Las cosas no habían salido como él hubiera querido. Metió la mano a uno de los bolsillos del pantalón y sacó tres objetos metálicos. Él los miró cuidadosamente. Sintió el dolor en el pecho, como si el disparo lo hubiera atravesado a él. Lloró nuevamente, como hacía tiempo no lo hacía. Así, sin lágrimas, hacia su interior. Tenía en la mano lo que retiró en una de las “idas al baño” en el bar: tres de las tuercas que debían sostener la llanta trasera del auto de Manuel Medina.


Llorar hacia adentro (Parte I)

Desde que se conocieron, su relación había resultado tormentosa. Mas no por la forma en que ambos se trataban, sino por cómo habían sido tratados ellos desde el principio. Se amaban, eso era indiscutible, pero las circunstancias a su alrededor provocaban que su relación fuera de cualquier forma, excepto fácil. Cuando iniciaron su romance, todo parecía mágico para Luisa y nada más le importaba; la pareja no dudaba en mostrar su amor y pasión a cada paso, en cada esquina, frente a quien quisiera mirar. Ella y Moisés fueron calificados rápidamente como indecentes, obscenos, desvergonzados. Pero ningún comentario fue suficiente para separarlos o alejarlos.

Por supuesto, los padres de Luisa no aprobaban su relación con Moisés. Los padres de Moisés le prohibían hablarles de Luisa. Así que, cuando ambos se sentaron frente al padre de Luisa y le dijeron que estaba embarazada, los gritos y repudios no se hicieron esperar. Moisés amaba a Luisa y estaba dispuesto a avanzar en su romance y hacerse cargo del bebé que anunciaba llegar pronto. Las familias de ambos se indignaron, se enfurecieron, les mostraron la espalda. Ni los padres de Luisa ni los de Moisés estaban dispuestos a aceptar semejante barbaridad y cerraron filas contra ellos. Ambos abandonaron a las familias que los habían visto nacer para evitarles mayores vergüenzas, mayor deshonor. Se instalaron en un cuarto de servicio que un amigo de Luisa les ofreció de manera temporal. Pese a que el amor que se tenían los hacía felices, Luisa lloró por dos días y sus noches antes de poder volver a sonreír. Lo que la distrajo de su llanto fue, precisamente, un pequeño latido dentro de su propio vientre. Lo palpó curiosa, con cuidado, y sus lágrimas abandonaron sus ojos, dejando una amplia sonrisa en su rostro. Moisés sonrió también, lo sintió, le habló y comenzó a amarlo también. Fue cuando decidieron que darían todo por hacerlo feliz.

El día en que Daniel nació, surgió una nueva familia. Quizás no fuera la mejor de ellas, pero era una familia donde existía el amor, la convicción y la esperanza. Sobre todo, la esperanza. Moisés había conseguido pequeños trabajos que le permitían pagar las deudas y alimentar a su familia. Era joven y soportaba bastante bien los sacrificios físicos que hacía para ganarse la paga en cada uno de ellos. Tenía la esperanza de terminar sus estudios y convertirse en ingeniero mecánico. Sin embargo, eso no era posible en ese momento, cuando apenas lograba juntar para satisfacer las más básicas necesidades de su familia. Pero seguía la esperanza. María se dedicó a vender ropa, perfumes, bolsas, y cualquier otra cosa que lograba ofrecer a conocidos y desconocidos. La mayor parte del tiempo la pasaba en casa, cuidando a Daniel, manteniendo la esperanza de que nunca se enterara de sus dificultades y pesares. Siempre estaba la esperanza.

Cuando Daniel cumplió dos años, el esfuerzo de Moisés y Luisa seguía siendo agotador, pero sus condiciones habían mejorado un poco. Consiguieron rentar un pequeño departamento un poco más espacioso que el cuarto de servicio y la felicidad ya comenzaba a llenarlo. La esperanza seguía allí. Luisa seguía cuidando a Daniel, pero había logrado poner un pequeño negocio de cosméticos que le ayudaba a afrontar los gastos y seguir pagando deudas. Si todo iba bien, pronto podrían pensar en adquirir su propio departamento y olvidarse de las rentas. Ésa era su esperanza.

Sin embargo, algunos inconvenientes suelen presentarse en el camino que guía hacia los sueños. Una ocasión, Daniel comenzó a tener fiebre sin aviso previo, de un día para otro. Tras llevarlo al doctor, se le diagnosticó una infección severa. La medicina que el médico recetó sólo la vendían en farmacias especializadas y resultaba extremadamente cara para Luisa y Moisés. Con el fin de juntar lo suficiente para comprar la medicina, Luisa le sugirió a Moisés cambiar los vales que la empresa le daba para comprar despensa en ciertos supermercados. Así, Moisés salió apresurado a un supermercado cercano y recorrió el área de las cajas. Buscaba a clientes que intentaban pagar sus compras con efectivo. Él les ofrecía pagar su cuenta con vales si ellos le daban el efectivo equivalente. En total, Moisés había llevado quinientos pesos en vales y logró cambiar cuatrocientos en poco más de dos horas. Los últimos cien pesos le resultaron más difíciles de cambiar, hasta que llegó a una caja donde una pareja se disponía pagar en efectivo. Moisés ofreció sus cien pesos en vales a cambio del efectivo.

—¿Pero a cuánto me los vas a dar? —preguntó el hombre.

—¿A cuánto? Son cien pesos —contestó Moisés.

—Pero ni modo que quieras cambiármelos al mismo precio ¿o sí?

—Así me los han cambiado.

—Si quieres, te doy ochenta pesos por tus vales.

—Pero…

Moisés tuvo el impulso de explicarle a aquel hombre que lo hacía por necesidad, para comprar las medicinas de su hijo enfermo. Pero la postura arrogante del hombre y la sonrisa burlona le hicieron saber que no lo convencería. La mujer miró extrañada a su compañero, pero no hizo nada para hacerlo cambiar de opinión. Moisés no sabía qué hacer. En su inocente pensamiento, no le parecía lógico que alguien quisiera aprovecharse de su situación. No lo estaba haciendo por gusto, lo hacía por su hijo, por una causa justa, no para tomarle el pelo a nadie. El hombre lo miró con desdén, con deseos de controlar su decisión, su destino. Finalmente, Moisés extendió la mano y le entregó los cien pesos a cambio de los ochenta en efectivo. El hombre rio escandalosamente cuando Moisés se alejó.

Cuando caminaba hacia su casa, Moisés se sentía ultrajado. Pese a haber conseguido el dinero suficiente para comprar la medicina, estaba furioso. Se sentía vulnerable, estúpido, débil; se sentía pobre. Seguía viendo la cara del hombre riéndose y sintiéndose orgulloso por haberlo jodido. Porque así se sentía Moisés, completamente jodido. Fregado por alguien como él, alguien que también podía tener necesidades, pero que aprovechó un momento de “poder” para sentirse menos fregado. Moisés notó cómo su vista se nublaba mientras caminaba y las lágrimas corrieron por su rostro. Hacía mucho que no lloraba, que no se sentía tan mal. Ni todas las dificultades que había vivido hasta entonces le habían provocado llanto. Pero aquella violación a su dignidad había sido demasiado para él.

Moisés se secó las lágrimas y abrió la puerta del departamento. Allí vio a Luisa y a Daniel. En ambos estaba su esperanza. Besó a su hijo en la frente, le entregó el dinero a Luisa y sonrió como si nada. Tragó saliva y todo le supo amargo: seguía llorando, aunque no derramaba lágrimas. Ahora lloraba hacia adentro.


Lección Aprendida

Desde el momento mismo en que nació, Romana se enfrentó a varias dificultades. La primera fue el hecho de que su padre quisiera un varón, pero sólo llegó ella. De hecho, él mismo había elegido cuidadosamente el nombre que le podría, Román, y ahora tendría que desperdiciarlo en una mujer, en su hija, en Romana. Quizás el destino lo recompensó al final, pues tras el tropiezo de Romana, sólo procreó varones, seis en total. Ésta fue la segunda dificultad grave que enfrentó, pues, como mujer, debió mantenerse firme como la hermana predominante y fuerte de la casa. Su carácter se volvió áspero y tosco; todo para defender su posición, su hegemonía, su condición de mujer.

Para Romana no era extraño en su vida pelear a golpes contra sus hermanos, contra borrachos que buscaban aprovecharse, y contra cualquiera quisiera robarle el orgullo de alguna forma. “No van a joderme”, repetía con ira cada vez que tenía que enfrentarse a alguien. Era bien conocida en el pueblo por su bravura y por la poca delicadeza para hablar y comportarse. Llegó a pensarse que nunca se casaría, que no existiría alguien lo suficientemente valiente —o tonto— que intentara domarla. Pero, para sorpresa de todos, el “valiente” fue un hombre más bien tímido por el que Romana sentía admiración y mucho respeto. Se llamaba Gabino. Era profesor de Matemáticas en la secundaria del pueblo y nunca solía meterse en dificultades. En cuanto se casaron, Romana y Gabino se mudaron para buscar mejores oportunidades en la ciudad. La personalidad luchona de Romana le permitió adaptarse rápidamente a su nueva vida y, antes de un año de haberse mudado, dio a luz a su hijo: Ramón.

Ramón tuvo sus propias dificultades. Desde pequeño le fue exigida una actitud más agresiva ante la vida. La exigencia, obviamente, provenía de su madre. Gabino insistía en que no debía presionarlo y que pronto se adaptaría, pero Romana insistía en que Gabino no sabía nada, que ella le enseñaría a defenderse, le enseñaría a no sufrir. Pero con el paso del tiempo, Ramón no parecía dar muestras de haber heredado la determinación de su madre, y sí la pasividad del padre. No resultaba raro que lo golpearan en la escuela o que se aprovecharan, en varias formas, de su personalidad tímida y apocada. “¡Pégales, cabrón!”, lo instruía Romana cada vez que Ramón le contaba que algún vago lo amedrentaba. Si algo molestaba excesivamente a Romana era el hecho de que Ramón nunca se defendiera, nunca diera muestra de querer contraatacar. “Le falta carácter, nada que un sicólogo no pueda ayudarle a corregir”, decía Gabino tratando de tranquilizar a su esposa y buscando posibles soluciones. “¡Le faltan huevos! ¡Qué sicólogo, ni qué nada!”, era la respuesta enfática de Romana.

Después de varios intentos fallidos para que Ramón endureciera su temperamento, Romana decidió llevarlo a su pueblo natal para que conociera otros ambientes. Lo obligó a pasar horas solitarias en la oscuridad total, a dormir sobre un pajar dentro del establo de los caballos, a caminar descalzo entre los chiqueros de los puercos. Ramón trataba de no llorar, de enorgullecer a su madre, pero siempre era traicionado por las lágrimas que le brotaban irremediablemente. Así que Romana tuvo que incrementar el nivel de exigencia. Estaba decidido que ese día se comería guajolote y Romana levantó muy temprano a Ramón para que viera la forma en que se preparaba. Por supuesto, la preparación incluía decapitar a hachazos al guajolote y estaba determinada a que su hijo participara. Ramón no quería acercarse. “¡Toma el hacha!”, le ordenó Romana colocando el instrumento mortal sobre la mano de Ramón. Él simplemente no podía sostenerla. Finalmente, Romana cedió y le indicó que, con sostener al animal mientras ella lo degollaba, era suficiente. Ramón dudó; ahora no sabía qué era peor: matar al animal o sentirlo morir entre sus manos. “Agárralo fuerte, no te hace nada”, le dijo tranquilamente. Ramón no pudo pensarlo mucho, en cuanto puso las manos sobre el desahuciado animal, escuchó cómo Romana asestaba un hachazo tras otro hasta que el guajolote salió corriendo. Ramón no se lo esperaba; mientras que la cabeza del guajolote quedaba inmóvil —pero con los ojos muy abiertos— caída sobre el piso, el resto de su cuerpo corría torpemente por el patio de forma desesperada, hasta que cayó y no pudo levantarse ni moverse más. Ramón se impresionó mucho, pero, contrario a las expectativas de Romana, no lloró. Ella se notó feliz. Sin embargo, al paso de los años las cosas no mejoraron mucho desde la perspectiva de Romana. Ramón seguía siendo poco sociable y mostraba personalidad triste y débil. Ella culpó varias veces a Gabino, quien no solía defenderse mucho y siempre le servía de refugio a Ramón en los días que sentía miedo.

En una ocasión, Ramón acompañó a su madre al banco. El joven adolescente caminaba un tanto encorvado y difícilmente alejaba la mirada del piso. Después de haber retirado el dinero del banco, Romana y su hijo emprendieron el viaje de regreso. No habían caminado más de tres calles cuando un grupo de hombres armados les cerró el paso. “¡El dinero o la vida!”, le exigieron a Romana. A Ramón le pareció extraño que se mostraran a plena luz del día con la cara totalmente descubierta. Romana no estaba dispuesta a entregarle su dinero a aquellos delincuentes y se negó dándole una débil bofetada al que tenía más cerca. En seguida, Romana recibió un fuerte golpe en la cabeza con la pesada pistola que el hombre cargaba, y cayó al piso. Desde allí, Romana miró a Ramón como ordenándole con la vista: “¡Haz algo, haz algo!”. Pero él no pudo moverse. Otro hombre intentó arrebatar el bolso que Romana llevaba en el brazo y ella lo pateó con todas sus fuerzas. Maldijo en repetidas ocasiones a su agresor y opuso toda la resistencia que pudo para no ser despojada de su dinero, hasta que se escuchó un disparo y se le fueron las fuerzas. No cerró los ojos. Seguía mirando a Ramón y él sólo percibía los intentos que ella hacía por decirle “¡Haz algo!”. Antes de que pudiera reaccionar, los ladrones habían desaparecido.

En el hospital, Romana fue atendida con urgencia. Su estado era muy delicado y nadie se atrevía a dar un pronóstico que sonara certero. Por el daño en uno de sus pulmones, Romana estaba conectada a un respirador automático y miles de sonidos se desprendían de los equipos que monitoreaban sus signos vitales. Ramón estaba allí, en la habitación de su madre esperando que ella reaccionara. Después de toda la conmoción, al final ambos estaban solos. Él la miró con ternura, con cierto dolor. Recordó cómo habían sido las últimas horas de sufrimiento y luchaba por olvidarlas. Las imágenes de aquellos hombres golpeando, asaltando y disparándole a su madre despertaron un sentimiento que pocas ocasiones había experimentado: estaba furioso. Quería vengarse, poner en práctica las enseñanzas de su madre, tener el control de la situación y mostrar toda la agresividad con la que había sido dotado. Justo cuando él se sentía así, Romana abrió sus ojos. Lo vio de pie, con la ira reflejada en la cara, sin piedad, sin mostrar ningún remordimiento. Ramón leyó nuevamente en esa mirada su reiterada instrucción: “¡Haz algo!”. Miró el cuerpo de su madre debilitado, desprevenido. Sin intención de ocultar su furia, Ramón caminó hacia la cabecera de la cama, buscó el cable adecuado, y desconectó, con un rápido jalón, el respirador automático. Romana abrió mucho los ojos al faltarle el oxígeno. Él recordó los ojos abiertos de aquel guajolote agonizando, su desesperación, su deseo de que todo acabara. Más ruidos comenzaron a escucharse desde los aparatos electrónicos conectados a su madre. Para cuando Romana cerró los ojos, él se sentía confortado. Se había atrevido. Romana finalmente había logrado que Ramón aprendiera su lección.


A %d blogueros les gusta esto: