Archivo de la categoría: Uncategorized

La Academia (1)

Esta semana inicia para mí un nuevo entrenamiento en mi carrera. Aunque me he desempeñado siempre en el mismo puesto dentro de la empresa en la que laboro, la realidad es que mis actividades cambian radicalmente de tiempo en tiempo. No ha sido nada raro que, sorpresivamente, lleguen instrucciones desde “el corporativo” ordenando modificar o ajustar actividades para adaptarlas a los nuevos entornos de la vida tecnológica.

Sí, la vida tecnológica cambia violentamente. Mi trabajo recibe toda esa violencia y debe reaccionar de alguna manera para recibir el impacto lo menos dolorosamente que se pueda. Porque, sobra decirlo, es imposible quitarse de su camino.

Debido a todos esos cambios, el día de hoy viajé a Seattle, Washington. O, mejor dicho, a un lugar cercano llamado Redmond, donde se encuentra la sede de la corporación donde laboro. Lo único importante de este día es el viaje. Bueno, importante o no, fue lo único que ocurrió. Lo que sí puedo decir es que no fue un viaje normal, como el de otras ocasiones que he viajado a este lugar. No. Y precisamente por eso, es que hoy escribo, para resguardar la integridad de lo que pasó en mi memoria (la electrónica, por supuesto).

Inicié el día cambiando la forma de trasladarme al aeropuerto. Nada del otro mundo, salvo que tuve la grata experiencia de darme cuenta que la eficiencia de Uber supera cualquier buen resultado que haya tenido con las empresas de taxi por teléfono. No voy a detenerme a despotricar contra éstas últimas, aunque mencionaré que varias veces me dejaron colgado con su servicio poniéndole un estrés innecesario al, ya de por sí, pesado viaje. El día de hoy, el auto de Uber que pasó por mí fue puntual y rápido en mi traslado al aeropuerto. Mejor aún: fue mucho más barato que cualquier taxi. Qué más podía pedir.

Una vez en el aeropuerto, el proceso de check-in (o de documentación) fue bastante rápido y logré librarme de los controles y revisiones con más ligereza de lo que hubiera pensado. La sorpresa fue que, en lugar de los típicos asientos en clase perrage, mis asientos eran de la clase Business Priority. No sé cómo fue el error, regalo o milagro. El caso es que, al momento de que comenzamos a abordar, me di cuenta de que no había número de grupo para abordar en mi boleto, sino un letrero que decía Priority. Ni tardo ni perezoso, aproveché y subí a los cómodos asientos VIP (Very Important People) de esta clase privilegiada. Nada especial, por cierto. De hecho, me parecen mucho más cómodos los asientos de cualquier sala VIP en el cine. Y, digo, no es que por ir en clase Business Priority un potencial accidente perdone a sus privilegiados miembros, pero sí existen algunas diferencias que hacen disfrutable viajar en este “nivel”. Me refiero, primordialmente, a la comida. El desayuno VIP supera con creces a los cacahuates de la clase VPP (Very Poor People). El espacio entre asientos y el espacio EN el asiento marcan una gran diferencia también. Bueno, el caso es que disfruté el viajecito de dos horas que me llevó a la primera escala que debía hacer en el aeropuerto de Dallas.

Supongo que algo malo ocurrió en Dallas con el personal que revisa la documentación de los viajeros extranjeros, porque la verdad es que fue la peor atención que he recibido de parte de este tipo oficiales migratorios. En una fila de unas cien personas, tardé formado más de hora y media. Lentísimo. No, más que lento; agobiante. Necesitaba tomar el siguiente vuelo y aquellos robustos empleados no lograban darse prisa atendiendo a TODOS los que íbamos llegando. Hicieron algunas modificaciones en las filas y, para mi mala suerte, fui a caer con un oficial aduanal que parecía saber mucho de datos curiosos y estadísticas. Me preguntó lo mismo que siempre me preguntan: que a dónde voy, por qué voy, con quién voy, cómo voy, cuánto tiempo y por qué tanto. Lo de siempre. Ah, pero no contaba con la estadística maldita. Quiero aclarar que nunca he cambiado mi nombre, porque eso hubiera explicado mucho. Resulta que, al final de la revisión de mis documentos, el oficial de migración emitió un ligero “oh-oh”. Algo así como: “acabo de toparme un problema rarísimo que sólo le ocurre a unos cuántos y tú, sí, tú, eres uno de ellos”. Lo siguiente que me dijo fue curioso: tienes un nombre común. Pocas veces hubiera descrito mi nombre como común, pero, al ver que no comprendía sus palabras por completo, me aclaró: José es uno de los nombres más comunes del mundo. Aunque no tenía la certeza, no me sonó raro. Estaba a punto de contestarle “Gracias por el dato, oficial”, cuando agregó: “Acompáñame al cuartito de los castigos”. Quizás no lo dijo así, pero sabía lo que significaba: iban a revisar mis datos para validar que no fuera yo algún criminal convicto escapando de la justicia. En el camino al “cuartito”, el oficial siguió explicándome: “José es el segundo nombre más común en el mundo, ¿sabes cuál es el primero?”. Supuse que, aunque respondiera correctamente, no me iba a salvar, así que sólo contesté “No, ¿cuál es?”. “Mohamed. El tercero es María”. Y dicho esto, me depositó en el cuartito junto con otros paisanos (¿otros Josés o Mohameds?). Después de verificar que, en ese momento, no era ningún José buscado por alguna autoridad nacional o internacional, me dejaron seguir mi camino hacia mi siguiente vuelo. Vuelo que, por cierto, ya había perdido, así que tuve que ir a ver cómo demonios hacía para encontrar otro vuelo desocupado que me trajera a Seattle (bueno, a Redmond) a buena hora.

En el módulo de la aerolínea trataron de ayudarme sin preguntar casi nada. No sé si no les interesaba por qué había perdido el vuelo, pese a que el anterior había llegado a tiempo, o simplemente vieron mi nombre en el pasaporte y dedujeron lo que había pasado: “Ah, es otro José”. El caso es que el siguiente vuelo era en dos horas, pero no iba a poder disfrutar de la Busines Priority class porque no había lugares disponibles. Y, lo peor, es que estaría sentado en las filas de salida de emergencia, donde está un poco menos afortunado el asunto (algo así como de VVPP). Me resigné porque era el vuelo más cercano, aunque la empleada del mostrador me ofreció que, de ser posible, me cambiaría el asiento (o sea, de VVPP a VIP) si algún ricachón no llegaba. Ni hablar. Me fui a la sala asignada y esperé a que alguno de los empleados que se colocan en la puerta de embarque anunciara que José había obtenido un lugar en VIP. No ocurrió. Cuando llegó el momento, tuve que resignarme a usar el asiento 24C del pasillo de la salida de emergencia. Por cierto que, en caso de emergencia, poco habría que hacer, según yo, pero ése es tema de otra conversación. El caso es que ya estaba yo embutido en el asiento cuando la azafata anuncia que será un vuelo “completo”. Eso quería decir que ya estaban asignados todos los asientos. Mis esperanzas murieron en ese momento. Ya estaba preparándome para ver cómo me acomodaba para dormir un rato, cuando un empleado de la aerolínea llegó hasta mi lugar. ”¿Usted es José?”. “Ya valió”, fue lo primero que pensé, pero respondí afirmativamente con la cabeza sin hacer contacto visual. “Tenemos un asiento en clase VIP para usted. Por favor, acompáñeme”. Durante el recorrido del pasillo no mencionó nada de los nombres más comunes, así que me dio cierta confianza el tipo. Cuando llegamos hasta el inicio del avión, allí estaba el anhelado asiento VIP. En menos de lo que se dieron cuenta los demás pasajeros, tomé posesión de aquel trono. Me entregaron un nuevo boleto con mi nombre en donde también se leía la nueva asignación: 1C. Luego vi al pobre VPP que entró para ocupar el lugar 24C que había quedado disponible. “Sorry, my friend”, pensé, aunque realmente no lo sentía tanto.

Contrario a lo que yo pensaba, en mi nuevo lugar VIP pude presenciar cosas más interesantes que la buena comida (que, por cierto, fue deliciosa). Resulta que, ya cuando todos habíamos comido, uno de los pasajeros hizo su recorrido al baño VIP y, tras balancearse un poco, cayó de espaldas en la cocina. La azafata no supo qué hacer de buenas a primeras. Vio que aquel tipo se convulsionaba un poco y que permanecía boca arriba en su piso. Buscó no moverlo (no hubiera podido, aunque lo hubiera querido), y colectó algunas mantas VIP para ponerlas de almohada al recién caído. Antes de que pudiera colocarlas, se acercó un sujeto y ella le preguntó con cierta esperanza: “¿Es usted doctor?”. “No, pero vengo a ayudar”. Ella no supo cómo reaccionar y, todavía con las mantas en la mano, tomó el teléfono y le llamó a una compañera. La otra azafata tardó un poco en llegar. Supongo que estaba buscando a algún doctor entre los pasajeros. El hombre que se había ofrecido a ayudar le preguntó al caído si se sentía bien. La azafata se veía algo angustiada, pero guardó la calma. Era la primera vez que me tocaba presenciar algo así durante un vuelo y me pregunté cuál sería el protocolo en esos casos. ¿Se mandaría el avió al aeropuerto más cercano para darle atención médica al enfermo? ¿Le aplicarían algún tipo de tratamiento o primeros auxilios las azafatas? ¿Tendríamos que regresar a Dallas? Debo confesar que esta última alternativa me horrorizó más que ver caer a aquel pasajero. Apenas analizaba yo cómo podía ser el desenlace de aquella emergencia, cuando el pasajero voluntario le ofreció su mano al caído y lo ayudó a incorporarse. Un poco mareado, el recién levantado comenzó a platicar qué fue lo que sintió antes de desplomarse en la cocina. Aparentemente, algún tipo de mareo lo atacó durante su trayecto al baño y, mediante un destello inesperado en su mente, perdió la conciencia al siguiente instante. Justo en ese momento llegó la otra azafata con un pasajero doctor. O un doctor pasajero. Bueno, un doctor. Se ve que el pobre enfermo estaba más apenado que en riesgo porque trató de convencer a todos que estaba bien y que quería regresar a su asiento. Después de hacer algunas bromas con el doctor pasajero, se retiró de la cocina. No recordé que el enfermo hubiera alcanzado a entrar al baño, así que ya no pedí nada más de comer.

Hubo algunos otros incidentes en el área VIP. Pasajeros ya medio borrachos coqueteándole a la azafata, bebés llorando como si fueran en clase VPP, etc. Nada tan relevante como aquel hombre que perdió el conocimiento en pleno vuelo.

El resto del viaje fue normal, con algunas dificultades para llegar al hotel. Nada del otro mundo. Mañana, con el inicio del curso al que vengo, seguramente habrá nuevas anécdotas que contar. Espero no meter demasiado la pata en este tipo de exposiciones ante audiencias internacionales. Por lo pronto, mi gafete dirá Julio, nada de José.

 

Anuncios

Tatuaje – Parte II

Se podría decir que la vida de Fabián había sido apacible hasta ese momento. Altas y bajas, sí. Pero nada que hubiera resultado demasiado traumático. Había sido buen estudiante y sus logros académicos le habían conseguido cierta reputación de ser una persona inteligente. Solía decir que, de tener alguna, su mayor habilidad era la de aprender, no sólo en el plano educativo sino en cualquier plano que a él le interesara. Estaba convencido de haber nacido con una extraordinaria capacidad de dominar actividades físicas, deportivas, musicales, intelectuales y sociales. Le bastaba dedicarle un poco de tiempo a cada cosa para que la aprendiera a buen nivel. Sus cualidades lo hicieron destacar rápidamente entre quienes lo conocían, al grado que llegaban a considerarlo, en varios aspectos, alguien “especial”.

Sin embargo, mientras pasaban los años, terminó por darse cuenta de que todas las cualidades con las que había sido provisto no lograban cubrir ciertas necesidades que otros alcanzaban casi de forma natural. Quizás una de las que más lo perturbaba era la poca (inexistente, tal vez) pericia para acercarse a las mujeres. De algún modo, las palabras no florecían adecuadamente en sus conversaciones, y las pocas que lograban emerger penosamente, carecían de gracia, de espontaneidad, de la agilidad con que podía realizar tantas y tantas cosas. Resultaba un tanto frustrante que no existiera (o que no poseyera, al menos) algún libro con las tácticas que ansiaba adquirir para acercarse a las mujeres, para hacerlas reír, para enamorarlas y seducirlas. Su proceder normal consistía en esperar. Esperaba que alguna chica se acercara a él y le hablara, que fuera ella quien luchara (ya vaya que luchaban) para arrancarle las palabras a su timidez. Entabló algunas relaciones de este modo, pasivamente, al acecho de la espera, a la espera del acecho. Por supuesto, sus primeras citas fueron difíciles, poco fluidas y, también, poco duraderas.

Quizás por todas estas dificultades, valoraba mucho a quien consideraba su primera relación “formal”. Había sido con una muchacha que conoció en la escuela de pintura, mientras él trataba de explicarle al resto de la clase su propia forma de lograr los claroscuros. A Elsa le llamó la atención su destreza y comenzó a discutir con él las ventajas y desventajas de esta y otras técnicas. Fabián se sintió cómodo desde el principio al tener un tema que sirviera como escudo entre él y Elsa y se sentía seguro intercambiando ideas sobre el color y las texturas. Fue hasta que ella decidió hablar de otros temas cuando, sin darse cuenta, él logró entablar pláticas más completas y personales. Para asombro de ambos, comenzaron a salir juntos. Así, Fabián se enteró que Elsa estudiaba Sicología, tenía un perro llamado Tigre y vivía (un tanto a su pesar) en una familia religiosamente conservadora. Él le confesó a Elsa que le gustaban las Matemáticas y que las prefería a tener que asistir a reuniones sociales, que su mayor sueño era convertirse en jugador de béisbol (de tercera base, por supuesto), y que tenía un gato llamado Bicho. Si bien Elsa no fue la primera chica a la que besó, sí fue la primera con la que pareció disfrutarlo. Su relación creció rápidamente, con fuerza y vivacidad. No podía entender todo lo que sentía ni la necesidad que ahora tenía por estar junto a Elsa. Si ella no estaba, Fabián era miserable, estaba incompleto; se sentía muerto.

Ocurrió, sin embargo, que tanta pasión tomó por sorpresa a la pareja. A los pocos meses de haber iniciado su relación, Elsa le notificó con desconcierto a Fabián: “Estoy embarazada”. Cierto era que Fabián estaba acostumbrado a hacer frente a problemas complejos, casi imposibles, y con regularidad salía airoso ante ellos. Esta vez, para su desgracia, no tenía idea de cómo proceder. Ambos eran muy jóvenes y continuar con el embarazo les suponía el retraso, la cancelación (quizás) de sus planes, de sus sueños. Elsa tomó la firme de decisión de no interrumpir el embarazo, pero también ofreció a Fabián de hacerse cargo del hijo de ambos sin obligarlo a nada. Él no aceptó, no pudo aceptar, pese a todo el conflicto que esto le acarreaba. Decidió, no sin pesar, que saldrían juntos del problema, que transformarían el problema en sueño, y que su sueño los llevaría a la felicidad.

Pero siempre es más fácil hablar que actuar. Las promesas se hacen fácil, pero llegan a causar dolor mientras se cumplen. La primera acción que Fabián había decidido tomar fue la de comunicárselo a su familia. El día que planeó hacer su confesión, se levantó tarde; no podía abandonar la comodidad de su lecho. Incluso, le causó dolor físico en las articulaciones cada movimiento que hizo para levantarse. En la casa sólo se encontraba su madre. La encontró acomodando su cama y Fabián ideó alguna conversación que se sintió forzada para poder quedarse un rato con ella. Finalmente, soltó la noticia frente a la conmoción de su madre. Se hizo un silencio en cuanto él terminó de hablar. Le temblaban las piernas y no sentía las palmas de sus manos. Le pareció que el único sonido en la habitación era el de su corazón, que luchaba locamente por atravesar su pecho. Después vinieron los gritos de furia, los insultos, todos y cada uno de los reproches que una madre no se imagina que podría hacerle a un hijo. Las lágrimas emergieron con abundancia y malestar. Inevitables, caían una a una haciéndose pedazos en el frío piso. Fabián sintió que, como sus propias lágrimas, el amor de su madre comenzaba a hacerse añicos.

Lo siguiente que Fabián supo fue que debía quedarse en casa el resto del día. No como castigo, sino como medida preventiva, según percibía. Y si acaso había un castigo en aquella actitud de su madre, era que Fabián enfrentara a su padre, un hombre normalmente tranquilo, pero que había visto explotar rabiosamente cuando su larga paciencia se agotaba. ¿Qué debía esperar Fabián de él? Si su situación actual lo aterraba, hacerle frente a su padre lo hacía temblar aún más. Nunca había sentido tanto miedo.


Microrrelato: Al Cielo

Habían atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión. Las flores en la blusa de la mujer al otro lado del pasillo abrían sus pétalos mientras ella se revolvía inquieta en su asiento. Octavio la miraba fascinado. La estructura del avión crujió ante la velocidad y la turbulencia y ella apenas se contuvo de gritar. Sus miradas se atraparon en medio del sobresalto y él tuvo el impulso de sonreír. Ella no le correspondió. “Me llamo Octavio”, insistió. La mujer apartó la mirada. Él posó su mano sobre la de ella y una sonrisa surgió. Así, unidos, esperanzados, adoptaron la posición emergente de impacto. Las flores apuntaron al Cielo.


El hombre de los sueños

Mientras el anciano avanzaba lentamente frente al nuevo gimnasio, la respiración comenzó fallarle. El aire que entraba hacia sus pulmones no era suficiente para mantener la cadencia de sus pasos y tuvo que detenerse en medio de sus propios jadeos. Se dobló por la cintura, como buscando el aire a sus pies, o como si aquella posición le asegurara una mejor inhalación. Por un momento, mientras trataba de arrancarle una bocanada profunda a este mundo, sintió una revolución en su estómago y temió arrojar el corazón por la boca ante la repentina tos que lo atacó. Vomitó varias veces sus entrañas vacías y volvió a faltarle el aire. Tras la enorme pared de vidrio que anunciaba las actividades del gimnasio, varios presenciaron la forma en que el viejo se desplomaba sobre el pavimento. Algunos disminuyeron la velocidad de la cinta sinfín sobre la que corrían, otros dejaron de pedalear, los del fondo soltaron las barras sujetadoras de las máquinas de movimiento elíptico y los instructores de pesas detuvieron momentáneamente el coqueteo con las nuevas alumnas. Ninguno logró salir del gimnasio para ayudarlo. Tal vez todos contuvieron sus esfuerzos al notar que ya un policía se acercaba apresurado hacia donde yacía el hombre. Aunque el grueso vidrio que los mantenía en su aparador no les permitía escuchar el diálogo que sostenían en la calle, todos volvieron a su agitada normalidad cuando el anciano logró ponerse de pie apoyándose en el hombro derecho del policía.

—¿Se siente mejor, señor?

—Sí, un poco.

—¿Quiere que le llame a algún familiar para que venga por usted?

—No. No tengo familia —respondió el hombre, mientras limpiaba con la manga de su camisa el vómito que sentía sobre su barba blanca.

—¿Cree que puede llegar a su casa caminado?

—Donde yo vivo no se llega caminando.

—¿Dónde vive, pues?

—En los sueños —respondió el anciano mirando hacia el cielo, que empezaba a oscurecerse.

—¿En los sueños? —preguntó incrédulo el policía esbozando una leve sonrisa.

El hombre no pareció alterarse ante la reacción del policía y comenzó nuevamente su andar lento.

—No en cualquier sueño —agregó—; en las pesadillas.

El policía no supo qué responder, pero se mantuvo detrás del anciano por si requería de su ayuda.

—¿Cómo te llamas? —preguntó con voz rasposa el viejo.

—Santiago.

—¿Normalmente recuerdas lo que sueñas, Santiago?

—No. Normalmente, no.

—¡Ah! Eres de los afortunados, Santiago. Pero dime, ¿alguna vez has soñado que estás ante un inminente peligro y no puedes correr? ¿O quizás corres demasiado lento, como lleno de peso? ¿Tal vez deseas gritar y la voz no llega a tu garganta? ¿O tratas de descifrar lo evidente y tus ojos se ciegan contra tu voluntad?

Santiago no respondió, pero su silencio sirvió como afirmación para el anciano, que no abandonaba su avance. Santiago seguía moviéndose tras de él, pero en un instante notó que el hombre se encontraba mucho más adelante, como si hubiera corrido sin que él lo notara. Aceleró para darle alcance, pero, entre más rápido quería ir, más pesados parecían sus pasos. Notó entonces que las baldosas del camino se levantaban ante él, haciéndolo trepar sobre ellas para evitar caer al vacío que se abría bajo ellas. Conforme avanzaba, las baldosas se elevaban a mayor altura, dificultando el ascenso de Santiago. Brincó lo más alto que pudo, pero el vacío lo atrapó haciéndolo caer a una alberca profunda. Dentro de la alberca, tuvo miedo al reconocer que el agua era opaca, turbia, sucia, casi sólida. El lodo le entraba por las fosas nasales y por la boca, pero notó que no llegaba a ahogarse. Giró su cuerpo en compleja espiral y logró salir del pantano en el que se había transformado la alberca. Llegó arrastrándose a una casa desconocida y reconoció en ella su propio hogar. Lo primero que notó al entrar fue que su cama estaba justo en la entrada y se acostó todavía jadeando por el esfuerzo. Cerró los ojos para tratar de asimilar lo que estaba ocurriendo, pero las voces que escuchó junto a él hicieron que volviera a abrirlos. Entonces reconoció la mirada fija de su jefe, el sargento Varela, que guiaba a un grupo de policías novatos alrededor de la cama. “Es el agente Santiago; de él aprenderán mucho”, decía el sargento. Todos lo miraron con atención y curiosidad, y él se dio cuenta de que estaba desnudo frente a ellos. Seguía acostado, pero trató de aparentar normalidad mientras era examinado por quienes pasaban a su alrededor. Su miembro estaba flácido y, aunque lo hubiera querido, no hizo nada para cubrirlo. Luego notó que no era el único ocupante de la espaciosa cama: su esposa gemía ruidosamente mientras tenía sexo con un desconocido. El sargento Varela rio fuertemente y se compadeció de Santiago haciéndole notar que, lógicamente, “no tenía nada que ofrecer”. La risa se contagió entre todos los presentes, incluida su propia esposa. Santiago quiso gritar, pero sólo logró ponerse de pie y notó que la casa era ahora como la cárcel a la que había estado asignado meses antes. Todos allí estaban enfermos y en estado tísico. La tos de los reclusos escupía virus y enfermedades que se metían por la nariz de Santiago irremediablemente. Había sido infectado y sabía que estaba a punto de morir. “¡Todavía puedes salvarte!”, rugió la voz del sargento Varela. “¡Corre! ¡Que no te vea! ¡Que no te vea!”. Él corrió por las habitaciones oscuras, esquivando árboles y clavándose afilados vidrios en los pies descalzos. Cayó de bruces irremisiblemente. Intentó mantenerse en silencio para no ser descubierto; de cualquier forma, los disparos se escuchaban lejos. Buscó su arma de cargo entre sus ropas: estaba rota. Seguramente se había destruido en el último ataque. Lo único que le quedaba era esconderse, quedarse quieto y oculto en la oscuridad. Así lo hizo, se mantuvo inmóvil, sólo escuchando los latidos de su corazón. Sin embargo, supo instintivamente que no estaba solo. Podía sentir la presencia lúgubre y misteriosa de aquella bestia que lo acechaba. Se mantuvo atento, alerta ante cualquier movimiento. Sin que él pudiera hacer algo para evitarlo, sintió una respiración caliente sobre su nuca. Gritó con todas sus fuerzas y corrió agitando su cuerpo bruscamente, como tratando de quitarse un enjambre de abejas de encima. Se sacudió violentamente una y otra vez, hasta que perdió las fuerzas. Cerró los ojos y comenzó a ver.

—¿Cuál es tu mayor miedo, Santiago? —le preguntó el anciano, que estaba parado frente a él lleno de tranquilidad.

Santiago reaccionó dando un salto hacia atrás, reconociendo que seguía en la calle donde había encontrado tendido al viejo.

—Dime tu mayor miedo, Santiago —insistió el hombre.

Algo le sugirió a Santiago que no respondiera y él no dijo palabra.

—¡Tu mayor miedo! —se exasperó el viejo y sus ojos se tiñeron de rojo.

Santiago tartamudeó, pero no logró la nitidez de una frase.

—¡Dímelo! —estalló el viejo ensanchando su cuerpo y volviéndolo de fuego.

—¡Que mis sueños se hagan realidad! —gritó sin control Santiago.

Santiago abrió los ojos y se dio cuenta de que el despertador estaba sonando sobre su buró. Con un movimiento rápido, silenció la alarma y se volvió para mirar a su esposa.

—¿Sara?

—¿Sí? —dijo ella, todavía envuelta en somnolencia.

—Hoy no voy a trabajar.


La buena muerte…

Eran casi las siete de la noche y el cielo apenas comenzaba a oscurecerse. El vagón del metro estaba lleno a su máxima capacidad y el calor era insoportable adentro. El aire que producía la velocidad del tren viajando por el negro túnel, se colaba por las ventanas y era lo único que lograban disfrutar los pasajeros. Cuando la estación Pino Suárez hizo su aparición, la multitud comenzó a desplazarse a empujones para acercarse a las puertas, provocando varios quejidos y el llanto de un niño. Cada uno de los vagones del tren vomitó su propia muchedumbre en cuanto se abrieron las puertas. El paso lento del hombre contrastaba con la prisa que el resto de la gente evidenciaba con sus pasos rápidos y esquivos. Aquella figura del hombre caminando en sentido contrario al flujo del tren que lo transportó pasó casi inadvertida; así lo esperaba él mientras se acercaba a la boca enorme que escupía vagones cada tres minutos. Cuando el tren que lo había transportado terminó de abandonar la estación, el hombre miró con atención las vías. A su juicio, lucían simples, inofensivas, pero necesarias. Así las calificó mentalmente, “necesarias”. Poco a poco, la plataforma comenzó a llenarse nuevamente con gente dispuesta a abordar el siguiente tren. Sólo él permanecía quieto, con la vista fija en aquellas necesarias vías, esperando con ansias el ruido que anunciaba la llegada del siguiente convoy. Un transeúnte se acercó hasta donde el hombre estaba y notó que su comportamiento se salía de lo aceptado como normal. Pensó en acercarse aún más, pero al notar la marca roja que sobresalía alrededor de su cuello, desistió de su intento. El aire repentino surgido del túnel hizo evidente la cercana aparición de otro tren. Las piernas del hombre se convulsionaron y su postura se tambaleó. Escuchó lleno de miedo el intenso rugido que se aproximaba y abandonó las pocas fuerzas que sentía para dejar que su cuerpo cayera justo en el momento en que la enorme bestia color naranja hacía su entrada triunfal dentro de la estación. Una mujer gritó a lo lejos. El transeúnte que lo había observado todo, corrió hacia donde había estado parado el hombre. “¡Un doctor!”, urgió a gritos el transeúnte. “¡Hay un hombre desmayado junto al tren!”, vociferó por un aparato comunicador un vigilante de la estación. “¡Por poco cae a las vías!”, exclamaron varios que habían atestiguado el desvanecimiento del hombre. “Afortunadamente, cayó hacia atrás”, agradeció alguien más. La mujer seguía gritando.

La primera vez que la mujer había pensado en suicidarse, ocurrió cuando, en la secundaria, el profesor de Biología explicaba que las ranas morirían sin dolor, ya que el cloroformo las pondría a dormir dentro de sus frascos y, simplemente, nunca más volverían a despertar. “Será una buena muerte”, dijo con solemnidad para eliminar el remordimiento de los dudosos. Ella no sentía ninguna aflicción por ver “dormir” a las ranas, sino que, por el contrario, quiso experimentar aquel efecto de no volver a despertar. Esto estaba meditando, cuando un brazo le llegó desde atrás y rodeó su cuello, mientras un olor químico se posaba sobre su nariz envuelto en una misteriosa mano. Ella conocía ese olor, lo acababa de percibir minutos antes: era el mismo que había matado a las ranas. Sintiendo que las piernas perdían su fuerza, supo que el cloroformo la haría dormir y moriría irremediablemente. Dejó de percibir el ruido y todo se volvió oscuro ante su vista. No se asustó. Se dejó caer pesadamente y esperó con calma el desenlace, la “buena muerte”. Comenzó a flotar. Cuando sus ojos se abrieron, reconoció el rostro del asustado profesor de Biología que la miraba fijamente y le decía palabras que ella no lograba entender. Miró a su alrededor y encontró la mirada atenta de todos sus compañeros. Una lágrima se deslizó lenta por su rostro pálido: seguía viva. Había logrado despertar. Intentó ocultar su enojo al saberse despierta y volvió a cerrar los ojos. No pudo ver la cara de Gustavo, pero pudo escuchar sus gritos desesperados pidiéndole perdón. “¡Fue un accidente! ¡Fue un accidente!”, gritaba implorando que ella perdonara su mala broma. Ella, sin abrir los ojos, lo perdonó. No por haberle hecho la broma, sino por haberla hecho despertar. Por supuesto, ella no había planeado que las cosas ocurrieran así, pero mientras se dejaba hundir en el oscuro sueño, hubiera querido no haber emergido a la superficie otra vez. “¡Maldito destino! ¡Maldita vida! ¡Estúpido Gustavo!”. Ésa fue sólo la primera vez.

Los gritos de la mujer estaban justificados. Al ver que el hombre trataba fallidamente de saltar a las vías, se llenó de horror. El hombre seguía tendido en el suelo brilloso y frío del andén. No se había desmayado: se había arrepentido en el último instante. Eso lo sabía la mujer. Conocía la sensación. Controlando la histeria que le ordenaba seguir gritando, la mujer se abrió paso a empujones hasta donde se encontraba el hombre. Notó la marca roja alrededor de su cuello. “¡Pendejo!”, pensó. Lanzó repentinamente su cuerpo sobre el del hombre y lo abrazó con fuerza. “Vas a estar bien”, le susurró al oído. “Yo te ayudaré a hacerlo”, dijo para que sólo él la escuchara. Él asintió. Se levantó entonces ella en un salto abrupto y afirmó que era su esposa, que ella se encargaría, que el hombre estaba enfermo, que lo llevaría a ver a un médico, que se hicieran a un lado, que los dejaran salir de allí. Ella lo ayudó a incorporarse y, a paso lento, ambos abandonaron la estación. Nadie hizo nada para detenerlos.

El olor a humedad que vivía en el departamento recibió groseramente al hombre en cuanto se abrió la puerta. Pese a que la noche era fría y lluviosa, la vieja alfombra gris guardaba una desagradable onda cálida que acentuaba el aroma podrido de las paredes. La mujer cerró la puerta después de que ambos habían entrado y se dirigió a la recámara. Notó que algunas gotas de lluvia habían alcanzado el borde de su cama, pues había olvidado cerrar la ventana antes de irse en la mañana; no tuvo más reacción que acercarse a cerrarla en ese momento. Sobre el extremo seco de la cama, se sentó y quedó pensativa por un momento. El hombre apareció en el vano de la puerta. Ella tocó un par de veces el borde de la cama con la mano, y el hombre se sentó junto a ella. Por varios minutos, ninguno dijo nada. Sólo estaban allí, comunicándose su dolor entre el silencio de su compañía, familiarizándose con sus heridas, reconociendo su existencia fuera del propio cuerpo.

—No tienes que ser un bruto.

—¿Bruto?

—Hasta para morir hay que tener sutileza.

—Morir es morir.

—Sí, pero hay de muertes a muertes.

El hombre quiso decir algo, pero no supo qué. Se quedó callado como esperando encontrar la respuesta entre sus pensamientos.

—Hay muertes buenas —dijo ella.

—Hay muerte y se acabó.

Ella se volvió hacia él y delicadamente pasó sus dedos por la marca roja que resaltaba en el cuello del hombre.

—¿Cuántas veces lo has intentado? Si todas las muertes fueran iguales, un solo intento bastaría, ¿no crees?

Él volvió a sus pensamientos ante la ausencia de palabras en su boca. Quería justificar sus actos, sus intentos, sus fallas. Quería hacerlo, sólo que no sabía cómo. Otra vez sus actos perdían sentido en su entender.

—Yo puedo ayudarte —susurró ella.

—¿Tú? ¿Qué sabes tú de esto?

—Sólo sé que busco lo mismo que tú, pero no en cualquier forma.

—¿Cómo, entonces?

—Ya te lo he dicho: con una buena muerte. Hasta la muerte hay que disfrutarla, ¿sabes?

—No creo que eso se pueda.

—Bueno, en eso consiste mi ayuda. Pero quiero saber si cuento con la tuya.

—¿Mi ayuda? ¿Para qué?

Ahora fue ella quien interrumpió la plática con un silencio. Volvió la mirada hacia la alfombra gris y suspiró varias veces. Finalmente, como tomando fuerzas entre suspiros, respondió:

—No quiero morir sola.

—¿Por qué? —preguntó inseguro el hombre.

—No sé, es parte de tener la buena muerte. Lo necesito así —hizo una pausa breve—. Quiero morir mientras alguien sostiene mi mano y acaricia mi cabello. Es lo único que pido.

La explicación de la mujer le pareció ridícula e ilógica, pero no dijo nada, pues sabía que la lógica suele perder sentido en situaciones de vida o muerte. Para él, la muerte no tenía por qué ser adornada o disfrazada, sólo vivida. Sin embargo, a pesar de todas sus reflexiones, se convenció de que la petición era simple y no le importaría ayudar con tal de que él pudiera cumplir con su cometido final.

—Está bien. Puedo ayudarte.

Ella sonrió y abrazó espontáneamente al hombre. Él correspondió y, en medio del abrazo, notó que ninguno había preguntado los motivos de su decisión. Lo pensó por unos segundos, pero abandonó la idea de inmediato. ¿Qué importaban las razones? Seguramente, caviló, serían las de siempre: un amor perdido, maltrato, humillación, fracasos, dinero. No importaba. Lo importante es que ambos querían hacerlo y estaban juntos en su determinación. Apenas deshacían el abrazo, cuando el hombre sintió en su boca la cálida humedad de los labios de ella. Sus besos eran absorbentes, apasionados, llenos de vida. Él se estremeció sin voluntad, sintiendo cómo el cuerpo de ella, tomaba posesión del suyo. La tomó por la cintura y la acercó de un brusco jalón hacia él, arrancando parte de su ropa con el movimiento. Rápidamente, la puso de espaldas sobre la cama y le besó el cuello, los pechos, la boca, otra vez. Ambos quedaron desnudos en medio de sus caricias, repasaron sus formas, sus recién conocidas siluetas y las llenaron con sus manos, con sus bocas, con su piel, con toda su pasión. La lluvia seguía azotando las ventanas del departamento, pero su ruido era opacado, desvanecido, anulado por sus gemidos, por los suspiros, por los chillidos incesantes de la cama, por el sonido de sus cuerpos encontrándose y apartándose en interminables ocasiones. La pasión aumentaba a ritmo inalcanzable. El clímax los alcanzó a ambos por igual, a un mismo tiempo, con gritos sincronizados y simultáneos. La humedad llenó sus cuerpos en un calor que ya no molestaba, sino que liberaba, extasiaba, complementaba. Sus respiraciones se desbocaron al final, ruidosas, sofocantes, dispares, pero juntas. El placer que él sentía sólo le permitió reconocer un pequeño dolor en el abdomen. Extrañado, volvió la vista hacia su vientre y lo encontró bañado en rojo. El estómago de ella sangraba también. El hombre luchó por mantener abiertos los ojos y pudo encontrar, con vista nublada, que el arma homicida, el afilado cuchillo, aún se sostenía entre la mano de la mujer. Pensó nuevamente en los motivos de su decisión, en la soledad que lo había orillado a aquello. Comprobó que nada tenía sentido. Los alientos de ambos se extinguían rápidamente. Ella abrió sus ojos y los dirigió a él con profundo esfuerzo. Él sabía lo que estaba por ocurrir. Con las pocas fuerzas que aún le quedaban, se incorporó, miró fijamente a la mujer, tomó su mano débil y acarició al mismo tiempo su cabello. Luego, le robó el último beso.


Cuando sueño contigo

No me ocurre todas las noches pero hay ocasiones en que mi noche se llena con un sueño. Y, a veces, el sueño se vuelve anhelo.

Cuando sueño contigo, tu voz pronuncia palabras que en tu sonrisa puedo interpretar.

Cuando sueño contigo, recuerdo lo que no hemos vivido para no llegarlo a olvidar.

Cuando sueño contigo, mi alma descansa, mi cuerpo se exalta y mi corazón te abraza.

Cuando sueño contigo, mis esperanzas se colman, mis miedos se pierden, mis lágrimas se borran.

Cuando sueño contigo, tu risa me regocija, me sosiega, me levanta.

Cuando sueño contigo, tus brazos me abarcan, me hacen tuyo, nos vuelven uno.

Cuando sueño contigo, tus lágrimas me arrastran, tu llanto me ahoga, tu mirada me salva.

Cuando sueño contigo, la calma me seduce, la serenidad me provoca, el miedo fracasa.

Cuando sueño contigo, la vida se renueva, la belleza aflora, la maldad se sofoca.

Cuando sueño contigo, sabiéndote por siempre ausente, la pesadilla del despertar me destroza.

Y hoy soñé contigo, papá.


Jornadas vueltas…

Muchos podrán criticar las redes sociales y la forma en que la gente se vuelve adicta a ellas cada vez más frecuentemente. Sí, debo admitir que, más que un gusto, es casi un vicio lo que siento al estar revisando cada cierto tiempo los comentarios en Twitter y los ‘status’, notificaciones y mensajes en Facebook. Y no es que necesite estar pegado a la computadora para hacerlo, uno de los mayores usos que le doy al celular es precisamente consultar estas y otras redes sociales cada vez que puedo. Sin embargo, es justo decir que mucha de la información que uno lee allí no necesariamente es relevante, y en ocasiones pueden resultar hasta contraproducentes las cosas que uno publica. Pero, ante todo, creo que las redes sociales son excelentes medios para mantenernos comunicados con mucha gente. Bueno, a veces con más gente de la que quisiéramos, créanme.

Lo que hoy les quiero platicar tiene que ver justamente con la forma en que, gracias a las redes sociales, hoy podemos compartir (aunque sea virtualmente) estados de ánimo, juegos, regalos, comentarios y, si somos un poco más afortunados, podemos también encontrar a aquellas personas con las que solíamos convivir años atrás y que, por todas las vueltas que da la vida (y por las que la vida nos hace dar), dejamos de frecuentar hasta que llegaron a convertirse en meros recuerdos dentro de nuestra muy olvidadiza mente.

Pero antes de entrar de lleno a este tema, déjenme platicarles un poco sobre cómo empezó toda esta historia, cuando aquello del Internet era algo totalmente desconocido para la mayoría de nosotros y las computadoras sólo las compraban aquellos que podrían haberse considerado los primeros ‘geeks’ que, aburridos de ver películas en su videocasetera Beta Max II, se ponían teclear comandos para crear, editar, guardar e imprimir (en impresoras de matriz de puntos, las de cartucho de cinta) los muy rudimentarios documentos que podían realizarse usando programas como el WordStar, el Chi-Writer, entre otros. Los más aventurados podían manipular una mayor cantidad de datos usando Lotus 1-2-3 y aquellos con más interés se dedicaban a programar en lenguajes de no sé qué generación para hacer que una pelotita (bueno, tal vez era la letra ‘O’ en realidad) rebotara en los bordes de la pantalla monocromática con el típico color verde de sus caracteres. Si con lo anterior no les quedó claro, estoy hablando ya de hace mucho tiempo atrás, casi 20 años antes de escribir este documento en mi laptop que cuenta con red inalámbrica, lector de huella digital, bluetooth y otras tantas características que pocas veces utilizo. En esa época de oscuridad tecnológica personal, mis mayores fuentes de diversión incluían jugar basquetbol y reunirme con un gran grupo de amigos los sábados. Este grupo de amigos del que les hablo era en realidad un grupo que organizaba retiros para jóvenes apoyados por la comunidad religiosa. A estos retiros les llamábamos ’Jornadas’. De hecho, se les sigue conociendo con el mismo nombre todavía (no todo cambia con el paso de los años) y existen cientos, tal vez miles, de grupos que siguen organizándolas. A grandes rasgos, una Jornada se trata básicamente de que los asistentes se conozcan a sí mismos, que conozcan lo que los rodea y que, a final de cuentas, puedan orientar sus valores, virtudes, pasiones hacia un objetivo positivo que permita que otros sigan sus pasos.

Pero después de todo este breviario cultural, filosófico y, sobre todo, histórico antiguo, lo más importante respecto a las Jornadas es la cantidad de personas que se logran conocer en tan poco tiempo. Si de algo me siento afortunado, es de haber podido convivir con muchísima gente en aquella época. Desafortunadamente, y como en muchas ocasiones lo he mencionado, mi memoria no ha sido muy buena últimamente y he llegado a pasar por situaciones bastante embarazosas en las que más de una persona llega a saludarme muy efusivamente argumentando que nos conocimos en las Jornadas, pero en mi mente no logra fijarse ni la más mínima idea del nombre de quien en ese momento casi me está abrazando de alegría al verme. Para mi fortuna, la gente que con la que conviví más tiempo ha quedado de forma imborrable en mi mente (aunque por las situaciones que recuerdo, tal vez a ellos les hubiera resultado más conveniente que no recordara mayores detalles). Por ejemplo, entre las personas que conocí desde el principio de mi aventura en el mundo ‘jornalero’ está Perla. Ella era una chica sumamente tímida (más que yo, incluso) que solía sonrojarse fácilmente ante cualquier broma o comentario un tanto subido de tono. Tenía una dificultad muy grande para hablar en público y, dado que en las Jornadas nos dedicábamos a actuar y a dar pláticas, esto era realmente un problema para ella. Con enorme gusto, pude ver después de algún tiempo cómo “la niña Perlita” (como solíamos decirle) se iba animando poco a poco a dar pláticas venciendo el pavor que le provocaba pararse ante alguna audiencia (que en ocasiones rebasaban el centenar de personas). Ver la evolución de una persona para mí resultaba tremendamente gratificante y hacía que valorara el tiempo que dedicaba a organizar y planear las Jornadas (normalmente tomaba unos 4 ó 5 meses preparar cada una). Una persona que animaba mucho a Perlita era Araceli. Bueno, hablar de Araceli me llena la mente de muchos recuerdos. El primero de ellos que me viene a la memoria fue cuando la vi por primera vez. Yo era asistente (o sea “primerizo” en Jornadas) y ella era auxiliar (o sea… bueno, ya llevaba más tiempo allí), estábamos en la hora de la cena y ella estaba tocando la guitarra y cantando algunas canciones. Me llamó la atención que supiera tocar la guitarra pero también su hermosísima voz, que no era lo único atractivo en ella. Lo siguiente que noté fue su florido vocabulario y su risa contagiosa. Tenía siempre una plática alegre y era feliz “pintándole huevos” a quien se pusiera enfrente. Quienes la conocen saben que no miento al respecto. Quienes no la conocen podrán darse cuenta, por el tipo de comentarios que estoy haciendo sobre ella, que fue para mí una gran amiga y, por algún tiempo, una novia muy querida. Araceli tenía dos hermanos, uno mayor (Ramón) y uno menor (Javier). Los tres formaban el grupo de hermanos más alegres de que tenga yo memoria y todos formaban parte del grupo de Jornadas al que yo pertenecía.

Alguien a quien no puedo dejar de mencionar es a Luis Rey. Luis Rey era estudiante de medicina en ese entonces y no sabía distinguir los beneficios del alcohol de 96 grados contra los del merthiolate. Dada la impresión de ser un chavo tímido y serio, hasta que lo conocíamos un poco más. Era un verdadero desmadre. Eso sí, daba las mejores pláticas que jamás he escuchado. Su frase favorita al echar relajo era “te voy a hacer el amor”. Obviamente, cuando decía “Perlita, te voy a hacer el amor”, Perlita salía corriendo completamente roja de la pena ante semejante amenaza. A Luis Rey le gustaba jugar con los muñecos “Ziggy” tomándolos de brazos y piernas para simular que saltaban de un trampolín, lo que resultaba tierno para las chicas que observaban el acto, hasta que Luis Rey comenzaba a propinarle al Ziggy tremendas cachetadas que provocaba que todas quisieran arrebatarle el querido muñeco. Después de algún tiempo, se unió al grupo Esmeralda, que es hermana de Perla. Por diversas asociaciones y juegos de palabras con el nombre de Perla, a Esmeralda le llamábamos Ostrita. Ya saben, la Perla y la Ostra que… bueno, hoy no me parece tan gracioso, pero en ese entonces resultaba casi un chiste y de allí el sobrenombre de Esme. Ostrita siempre estaba bromeando con todos y riendo. Recuerdo que solía gritarme durante las comidas de las Jornadas cosas como “Julito, ¿verdad que me quieres mucho?”, a lo que yo, invariablemente, contestaba gritando “Ostrita, ya sabes que no”. Esto provocaba risa en ella y en todos los que nos escuchaban. La verdad es que la quería mucho y la sigo queriendo hasta hoy.

También podíamos encontrar dentro del grupo a verdaderos aficionados del deporte. De hecho, al que hasta hoy considero el fanático número uno del América y de los Acereros es Ricardo, que participó también en nuestro grupo. A Ricardo lo podían tratar de molestar haciendo alusión a su físico (era el más flaco del grupo, según creo) pero nada lo podía alterar más que una derrota del América (y no necesitaba ser contra las Chivas). Narraba partidos de futbol imaginarios de forma magistral y con tanta naturalidad que todos sabíamos que la mejor forma de ser feliz en su vida era dedicándose a algo relacionado con la locución, la crítica y el deporte. Personaje siempre bromista, risueño y parlanchín contagiaba una curiosa alegría simplemente por platicar unos segundos con él. Otra persona de la que ya hablé en alguna entrada anterior es Nayeli. Nayeli siempre llamaba mi atención por su simpatía y eterna sonrisa. Es una persona increíblemente creativa y amante de la naturaleza. Tenía una letra tan bonita que era fácil descubrirla cuando jugábamos al “amigo secreto” y porque sus cartas siempre estaban llenas de dibujitos que la delataban inevitablemente. En ese entonces estudiaba Biología y actualmente trabaja en un complejo ecológico que he tenido oportunidad de visitar en varias ocasiones. Y alguien que definitivamente nadie podría olvidar después de haberlo conocido es Gabriel, mejor conocido como ‘Lewó’ en Jornadas. Lewó era el nivel siguiente del desmadre inagotable. Comentarios, sarcasmo, bromas, poses, gestos, cartas, dibujos. Todo le daba una personalidad única que combinaba con una lealtad enorme hacia sus amigos. Aparte del diseño gráfico, era un estudioso de idiomas y en ese entonces su favorito era el francés, gracias a lo cual lo descubrí alguna vez en el juego del “amigo secreto” porque se refería a mí como “Julito avec C” (Julito con C), y a lo que una compañera ingenuamente preguntó “¿Julito con C? ¿Julitoc?”. Eso dio origen a uno de mis apodos de ese entonces: Julitoc.

Podría pasarme horas y horas platicando sobre la gente que conocí entonces pero para no hacer más cansado este relato y seguir adelante, sólo me permitiré mencionar a otras personas que también recuerdo con enorme cariño y que no porque no escriba más de ellas significa que no las aprecie de la misma forma. Así puedo mencionar a Norma Peregrina, La Pidos, La Pelos, Hugo, Claudia Shanaz, Luis Ramón, Paty, Arturo, Angélica, Héctor, Pedro, David, Martha, El Madas, Bere, Andrés, Tania, Dagmara, Claudia, Noé, Oscar, Nishi, Andrea, Kika, Ivonne, Cacho, etc, etc. Sé que hay muchos, muchos más y les ofrezco de antemano una disculpa por la omisión en este documento, pero mi memoria es más traicionera cuanto más trato de obtener de ella.

Pero como siempre pasa, tarde o temprano en nuestra vida, llegamos a un punto en que por alguna decisión personal, profesional, espiritual o de otras índoles, debemos dar la espalda a todo aquello que hemos obtenido, a todas aquellas personas que hemos querido y optamos por tomar caminos diferentes a los que hemos recorrido hasta entonces. Es así que, por circunstancias que prefiero no detallar ahora, tuve que dedicarme a otros asuntos y, al cabo de no mucho tiempo, le perdí la pista a la gran mayoría de las personas con las que había convivido tantos años. Por supuesto que conocí más gente, tuve nuevas experiencias que viví y, tal vez, disfruté. Pero hay una relación indescriptible con aquellas personas con las que se “vivían” las Jornadas allá “arriba”. Palabras tan simples como “cinito”, “Jederman”, “un alto” conllevan mucho más significado que las propias palabras para nosotros. Por eso, conforme fueron pasando los años, nunca he podido arrancarme la nostalgia que siento al recordar aquellos tiempos. Siempre preguntándome qué habrá sido de cada uno, qué caminos habrán tomado. ¿Serán felices ahora? ¿Habrán triunfado? ¿Cómo serán físicamente en la actualidad? ¿Me recordarían si me vieran? ¿Recordarían las pláticas que dí y las que ellos mismo dieron? ¿Dónde vivirán? Por supuesto que sería ingenuo el siquiera suponer que puedo encontrar respuesta a cada pregunta para cada persona que recuerdo, pero al menos nunca perdí la esperanza de volver a saber de algunos. Sin embargo, pasaron años y años, y era muy esporádico el contacto que tenía con alguno de ellos. Llegué a pensar muchas veces que no volvería a saber de ellos y que mi mejor oportunidad consistía en mantener vivos mis recuerdos mediante alguna foto, alguna carta, algún detalle encontrado en otras personas. Sobra decir que esto me amargaba lentamente conforme el tiempo pasaba. Me dediqué, pues, al trabajo, a la familia. Y como en ninguno de estos dos aspectos he conseguido ser medianamente bueno como quisiera, siempre me aturdía la sensación de haberme considerado bueno actuando y dando pláticas en las Jornadas. De cualquier forma, mi esfuerzo no ha sido poco con respecto a mis nuevas ocupaciones, pese a que muchos dirían lo contrario.

Como creo que a todos los que hemos incursionado en el terreno de las redes sociales nos pasa, un día recibí la invitación de alguien más para unirme a alguna de ellas. Sin mucho ánimo, decidí crear una cuenta y ver qué podía haber allí. De inicio todo era confuso. ¿Qué se supone que debe hacer uno dentro de una red social? ¿Debo incluir a toda la gente que me solicitar ser su “amigo”? ¿Debo hacer algo más que entrar y ver qué hay? ¿Cada cuánto es recomendable actualizar mi ‘status’? ¿Debo esperar que alguien me contacte? ¿Quién puede leer lo que escribo? ¿Microblogging? ¿Tags?

Está bien, no vayamos tan deprisa. La principal función de la red social es comunicar y mantener el contacto con otros. Pero quizás de las partes más interesantes es la conexión de amistades que se dan entre las personas. Una de ellas te puede llevar a otras y a otras a su vez. Así, de forma paulatina, es posible ir hilando y conectando puntos hasta llegar a alguien cuyo rostro no has visto en muchos años. Bueno, tal vez el rostro que vemos ahora no es el mismo que conocimos pero definitivamente sabemos que es la misma persona. De forma por demás increíble, logré en unos meses contactar a personas que durante años había pensado que no volvería a ver.

En un principio me encontré con Nayeli y tuve la oportunidad de verla ya en varias ocasiones (ver Por los árboles morados para más detalles). Luego encontré a Perlita y a Esmeralda. Poco a poco fueron apareciendo Lewó, Ricardo, Nishi, Cacho, etc. Aún con todo esto, no había podido realizarse una reunión más grande (aunque en la fiesta de cumpleaños de Nayeli encontré a Oscar y a Benjamín). Siempre pensé que coordinar agendas podría resultar más fácil cuando nos encontráramos en las redes sociales. Pero los compromisos nuevos, las nuevas actividades e inclusos las nuevas residencias hacen complicada cualquier reunión de más de 3 personas.

Teniendo en cuenta esto, me sorprendí gratamente la semana pasada al recibir un mensaje de Perlita. Me estaba invitando a una reunión con Esmeralda, Ricardo y Javier. El lugar me quedaba un poco lejos, el horario era ya bastante tardecito, estaba yo en medio de un proyecto muy importante en el trabajo, y terriblemente cansado. Muchos factores parecían juntarse para evitar que me les uniera. ¿Pero no era acaso lo que siempre había estado deseando? ¿Saber cómo estaban? ¿Cómo les había ido? Quién sabe cuándo volvería a darse otra oportunidad de verlos. Haciendo el cansancio a un lado, ignorando el hecho de saber que el Periférico estaba cerrado a esas horas, me decidí a alcanzarlos y a pasar un rato agradable y divertido. Creo que ya pasaba de medianoche cuando llegué a donde quedamos de vernos.

Mi primera preocupación fue encontrarlos en el lugar, que estaba lo suficientemente oscuro como para tener que acercarme bastante a cada mesa para reconocer a los que estaban sentados. Había visto a Perlita una semana antes, por lo que tenía, al menos, un rostro bien ubicado para hacer mi búsqueda, pero desconocía como lucirían los demás. Aceptémoslo, las fotos que se publican en Facebook no son necesariamente las más recientes. Fui así, recorriendo varias mesas en el lugar. De repente, me asaltó una duda más: En caso de que no sea Perlita la que me vea, ¿me reconocerían los demás?. No pasó mucho tiempo cuando, al acercarme a una mesa colocada justo en una de las esquinas, reconocí a Esmeralda. Por su expresión sonriente fija en mí me di cuenta de que, afortunadamente, me reconocía. Uno a uno fueron volteando los demás para verme y, como en una reacción en cadena, una sonrisa sincera se dibujó en sus rostros. El mismo efecto me alcanzó a mí. Nos abrazamos y comenzamos a platicar. Debo comentar que en el lugar tocaba una banda muy buena. La música era increíble pero, al mismo tiempo, nos impedía platicar como hubiéramos querido, por lo que teníamos que esperar los espacios entre canción y canción para poder decir algo. Aún así, la experiencia resultó mejor de lo que esperaba. Fue una de las mejores reuniones que he tenido por la gente que allí reencontré. Tal vez no platicamos mucho. Eso no importa. Nos vimos, nos abrazamos, nos re-unimos. Quedamos en vernos en un lugar más tranquilo para platicar próximamente. Estoy más que emocionado de volver a verlos a ellos y a todos los que podamos reunir.

Es muy probable que esa siguiente reunión no sea tan pronto como pudiéramos desear. No es fácil hacer coincidir a tanta gente con horarios y actividades tan distintas que, aparte, vivimos distribuidos a lo largo y ancho del área metropolitana. Pero mientras esa reunión logra darse, mientras las agendas encuentran finalmente el punto de coincidencia común, seguimos bromeando, apoyándonos, riendo, llorando… todo, a través de la herramienta que nos unió y nos hizo encontrarnos en la realidad: una red social.


A %d blogueros les gusta esto: