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Pacto de sangre

Escucho en el altavoz las monótonas instrucciones para ajustar mi cinturón de seguridad, las órdenes para poner en posición vertical mi asiento y para colocar la charola de alimentos en su lugar. No necesité acatar una sola de ellas pues alguien más se había hecho cargo ya. Escucho lo que, supongo, son las mismas instrucciones y órdenes pero en un idioma que no comprendo. Supongo, una vez más, que es inglés. Increíble que la monotonía de las palabras sea independiente del idioma en que son pronunciadas. El viaje está por comenzar. Dos emociones surgen de las profundidades de mi ser cuando el avión inicia su lento recorrido hacia la pista: Fascinación y terror. Es mi primer viaje en avión y tengo la curiosidad de saber qué se siente dejar de tocar el piso y de moverse a velocidades enormes por los cielos. Después de un recorrido casi fúnebre, el avión llega a lo que parece ser el inicio de la pista y se detiene por completo. La ansiedad comienza a apoderarse de mí cuando, sin saber por qué, quiero que el avión avance y, al mismo tiempo, imagino que se ha detenido por alguna falla mecánica y entonces deseo que siga sin moverse. Aún no logro decidirme sobre qué opción prefiero cuando una fuerza invisible me arroja repentinamente hacia atrás manteniéndome pegado al respaldo de mi asiento. El avión ha iniciado su carrera a toda velocidad por la pista y se dispone a, lentamente (esa impresión me dio), ir abandonando la seguridad del piso. Conforme vamos ascendiendo, mi estómago se reduce a su mínima expresión pues, en varias ocasiones, siento como si cayéramos al vacío. Mis brazos están tensos y un súbito sudor recorre las palmas de mis manos, quizás otras partes de mi cuerpo también. Recuerdo que las experiencias que he logrado vivir a mis siete años de edad han sido todas con mis pies aferrados a la tierra (lo más que he podido), por lo que puedo decir que la fascinación que sentía acabó justo durante el despegue y sólo ha quedado el terror. Después de un buen rato de sacudidas y de las tan mentadas “turbulencias” (que las asistentes del vuelo insisten en nombrar como “normales”), el avión se ha mantenido estable y he comenzado a tranquilizarme y a pensar que las casi cinco horas que le restan al viaje van a ser poco menos que eternas. Visto el mundo desde donde estoy, desde mi ventanilla, el avión da la impresión de ir avanzando muy despacio. Por cierto, mi nombre es Octavio y, según me han dicho (aunque nadie tenía que aclarármelo), soy un “menor que viaja solo”. O al menos así me han identificado a bordo. Supongo que se refieren a que ninguna de las personas con las que comparto el aeroplano es familiar mío. Esa parte es cierta, ni mi madre, ni mi padre, ni ninguna otra persona que yo conozca viaja conmigo. Pero no, lo menos que estoy es solo. Y no lo digo refiriéndome a toda la gente que me acompaña en el avión. Ni siquiera porque la señora gorda con vestido de flores que se encuentra sentada a mi lado haya intentado hacerme la conversación en más de una ocasión. Tampoco lo digo porque la niña que hoy viaja sentada al otro lado del pasillo me haya parecido agradable y que, en un par de ocasiones, me haya lanzado miradas de curiosidad a las que yo respondí con una tímida sonrisa. No, la soledad no me acompaña este día pues su lugar dentro del avión lo ha ocupado el recuerdo silencioso de una de las personas que más quiero en este mundo (y en cualquier otro, supongo). Me refiero al Abuelo, a quien no quiero catalogar como un familiar, ni como un amigo, ni como un compañero, sino como lo que en realidad es: un cómplice. Mi cómplice.

Desde que mi memoria ha podido hacer conscientes los recuerdos que mis neuronas protegen celosamente cerca de algún surco de mi cerebro (creo que lo leí en alguna enciclopedia infantil), el Abuelo ha vivido en la casa de mis padres (en la mía, por supuesto). Desafortunadamente, también desde que recuerdo, el Abuelo se ha mantenido casi inmóvil recostado en una cama en su propia habitación, siendo como un mueble más. Nunca he sabido qué enfermedad es la que lo mantiene postrado todo el tiempo, ni por qué, durante años, todo el mundo lo ha llamado así, Abuelo. Hasta donde tengo entendido, el único social y familiarmente habilitado para llamarlo así soy yo, pues soy, legítimamente (ilegítimamente también), su único nieto. Pero tanto mi madre (hija del Abuelo), mi padre, mis tíos y todos los que hoy sé que pertenecen a la familia, lo llaman Abuelo. Ignoro si este apodo sea de su agrado total pero no puede hacer nada al respecto. Muchos doctores han ido a revisarlo, le han aplicado cientos (tal vez miles) de exámenes y ninguno ha podido aclarar por qué el Abuelo no habla. Unos han tratado de explicar que una parálisis parcial ha afectado su habla, otros lo han atribuido a problemas neurológicos. Nada ha sido concluyente. Pero un hecho contundente es que, desde hace como nueve años, cuando él tenía 65, el Abuelo no volvió a pronunciar palabra. He escuchado versiones familiares que lo atribuyen a que la Abuela, su compañera de toda la vida (a quien no tuve la oportunidad de conocer), dejó este mundo y lo dejó a él también. Desde entonces, dicen quienes parecen saber, él no encontró ya ninguna razón para expresar lo que sentía, lo que quería, lo que pensaba. Simplemente, ya no tenía motivos para hablar. Sea como fuere, su salud fue decayendo con el paso de tiempo. A su mutismo se sumó la falta de apetito, la incapacidad para caminar, la debilidad general de su cuerpo y un aspecto tétrico producido por el creciente hundimiento de sus ojos. No quisiera que él se enterara, pero su cara me daba miedo. Y no son las arrugas que corroen insistentemente su rostro las que me asustaban, sino que, viéndolo con detenimiento, mirando no con los ojos, sino con algo que pudiera llamarse “el espíritu”, veía la muerte. No la muerte física, sino una muerte que, mostrándose “de espíritu a espíritu”, deja ver sus dientes chuecos en señal de triunfo.

En cuanto a sus cuidados, cada semana lo visita un enfermero que, hábil y cuidadosamente, lo baña sin bajarlo de la cama. Aunque no dice nada, el Abuelo parece disfrutar estos momentos. Cada paso de aquella esponja enjabonada y la sensación refrescante que le produce el agua al retirar suavemente el jabón de su cuerpo marchito, parecen ser los únicos placeres que actualmente puede tener. Como si, al remover mugre y células muertas, su existencia se sintiera también limpia y viva, o, al menos, no tan muerta. Por supuesto, no puede alimentarse solo. Esta capacidad la fue perdiendo poco a poco, conforme yo (en mis primeros años) la adquiría a mi vez, y daba la impresión de que mi madre, habiendo pasado tantas horas alimentándome pacientemente con las papillas envasadas en frascos desinfectados y cerrados al vacío, sólo hubiera tenido que cambiar de boca al dirigir la cuchara una vez que yo aprendí a sostenerla por mí mismo. A veces, algunos han llegado a pensar que su vida se encuentra en un estado casi vegetal, medio respirando, medio alimentándose, medio moviéndose. Pero lo cierto es que su nivel de conciencia es muy elevado, mayor quizás que el de muchos más jóvenes. Con esto quiero decir que el Abuelo entiende todo lo que se le dice, lo que le indican los doctores, lo que le platican sus familiares. Que él conteste u obedezca es totalmente otra historia.

Recuerdo que, un fin de semana, hace unos dos meses, me encontraba viendo un capítulo nuevo de mi programa favorito en la televisión y mis padres decidieron salir para comprar los víveres de la semana al almacén comercial. Aparte de que a mí siempre me han aburrido aquellas salidas, no quería perderme el resto del capítulo nuevo e insistí fervientemente en quedarme en casa. Inesperadamente (nunca pensé que aquello fuera posible), en una situación fuera de lo común, mis padres accedieron a que me quedara “solo” en la casa. Solo, con el Abuelo. Claro, la condición fue que limpiara mi cuarto, hiciera mi tarea y, por supuesto, cuidara del Abuelo. “Si ves que se pone inquieto, me llamas, por favor”, me instruyó mi madre. “Y no hagas mucho desorden”, ordenó mi padre. Por supuesto, prometí que haría todos aquellos menesteres, juré que no los defraudaría y aseguré que no había nada de qué preocuparse (todo ello, sin apartar por un solo segundo la mirada de la televisión). El caso es que, habiéndome salido con la mía, me quedé frente a la televisión mucho más tiempo después de que el capítulo nuevo hubo terminado. Posiblemente los programas que le siguieron no eran tan de mi agrado pero resultaban lo suficientemente interesantes para mantenerme en una especie de trance televisivo, lo mismo para ver programas infantiles, que para memorizar todos los cortes comerciales. Por insólito que parezca, un grito me tomó por sorpresa. No provenía de la televisión, sino del interior de la casa. Específicamente, de la habitación del Abuelo. Me quedé quieto, rogando silenciosamente que aquello hubiera sido producto de mi muy desarrollada imaginación. Nuevamente, escuché algo que pareció ser una voz, aunque esta vez no pude identificar si se trataba de un grito o un gran suspiro. Me acerqué en silencio, tratando de no ser notado, intentando que aquella voz, aquel suspiro o lo que fuera, no supiera que estaba allí. Conforme la distancia entre la habitación del Abuelo y mi miedo se hacía más pequeña, me di cuenta que aquellos ruidos en realidad eran palabras. Bueno, más que palabras, eran versos. Más que versos, parecía ser una canción. ¡El Abuelo cantaba! ¡Qué digo cantaba! ¡Podía hablar! Debió ser tanto mi asombro, mi emoción que no oculté mi alegría y entré corriendo a su cuarto. “Puedes hablar, Abuelo”, dije como notificándole algo que él mismo no supiera, como si no hubiera notado que aquella voz grave le pertenecía. El Abuelo me miró con ojos grandes, más abiertos por sorpresa que por emoción. Guardó silencio un momento, quizás queriendo anticipar más sorpresas. “¿Estás solo?”, me preguntó con cierto temor. “Sí, Abuelo. Mis papás fueron de compras”, dije todavía emocionado por la repentina mejoría de la que había sido testigo. “¿Cómo lo hiciste, Abuelo? ¿Cómo puedes hablar?”, pregunté contento al percatarme de que el solo hecho de oírle pronunciar palabras le daba un rango distinto, lo sacaba de aquella categoría en la que inconscientemente lo había clasificado y lo ponía, súbitamente, en la de “vivo”. “Siempre he podido hablar”, me dijo con voz áspera pero clara. “Pero desde hace mucho tiempo que nadie escucha mis palabras, tal vez no las dirijo a nadie en realidad”, agregó.

—Mi mamá se va a alegrar mucho cuando sepa que…

—No, nadie puede enterarse de que puedo hablar.

—¿Ni mi mamá?

—No

—Pero…

—Desde hace muchos años perdí la ilusión de la plática, la capacidad de la comunicación, la necesidad de expresión. Por una u otra razón, ya nadie me escuchaba. Yo sólo dejé de querer que me escucharan. Porque ¿quién quiere escuchar las palabras necias de un viejo?

—Yo, Abuelo. Yo quiero.

—¡Ja! ¿Tú quieres? ¿Por qué?

—Mmmm. No sé. Me gusta oírte hablar.

Quizás no fue la mejor explicación que uno puede darle a alguien para convencerlo de que interrumpiera su tan prolongado silencio, pero fue lo único que se me ocurrió allí. Él se quedó pensando, meditando mi respuesta, o tal vez la suya, quizás ambas. Posiblemente pensó que, de no acceder, corría el riesgo de que yo revelara su secreto. Aunque, pensándolo bien, ¿quién podría creerle a un niño que siempre había sido acusado de poseer una imaginación caricaturesca? Finalmente, regresando su mirada hacia mis ojos, dijo: Está bien.

—¿Vas a volver a hablar?

—Sí, pero sólo cuando estés tú. A nadie más. Y nadie puede enterarse de que puedo hablar.

—¿Nadie?

—Nadie. Pero no creas que tú no obtendrás nada. A cambio de que tú guardes el secreto yo te contaré un cuento cada vez que nos quedemos solos. Serán cuentos nuevos, cuentos que sólo existen o existirán en mi mente, en mi imaginación.

Yo sabía que el Abuelo había dedicado muchos años de su vida a escribir, a la construcción de historias fantásticas, y me pareció una oportunidad que no podía dejar pasar.

—De acuerdo.

—Ese será nuestro pacto. ¿Podrás respetarlo?

Yo no respondí pero, queriendo reforzar mi compromiso y mi credibilidad, salí corriendo de la habitación por un momento y regresé con una navaja de afeitar, un trozo de algodón y una botellita de alcohol. “Haremos un pacto de sangre”, dije. Tomando la navaja de afeitar (previamente desinfectada con alcohol, por supuesto), hice una pequeña incisión en mi muñeca izquierda permitiendo que breves gotas de sangre formaran lentamente un pequeño camino rojo. Repetí la misma operación en la muñeca izquierda del Abuelo y finalmente, para sellar aquel pacto, uní nuestras heridas y, durante algunos pocos segundos, nuestra sangre corrió junta, como una sola. Por un instante, en mi mente se creó la ilusión de que su sangre recorría mis venas y mi sangre recorría las suyas, formando una especie de circuito en donde ambos compartíamos más que tiempo y espacio: compartíamos vida. Posiblemente el Abuelo sintió algo parecido porque, justo en el momento en que nuestras heridas se tocaban y se sanaban mutuamente, él sonrió. Nunca lo había visto sonreír. Nunca hubiera creído que tuviera la capacidad de mostrar el mínimo nivel de felicidad. Tras el compromiso adquirido mediante aquel acto, tomé un trozo de algodón y lo impregné con un poco de alcohol. Cuidadosamente, limpié la sangre, que ya lucía algo seca, y desinfecté ambas heridas. Ninguna de ellas sangraba ya, ninguna dolía, ninguna se veía. Sólo los dos sabíamos que existían, que vivían, que nos unían. Sólo para ambos tenían un significado.

—¿Cuándo será el primer cuento? —pregunté.

—Podría contarte uno ahora mismo, pero temo que lo improvisaría y no sería tan bueno. Ven mañana a verme, cuando no haya nadie. Ya habré inventado algo para entonces.

Y la imaginación del Abuelo resultó mucho más prolífica que la mía. No era caricaturesca como la que a mí me tocó sino llena de emoción, de intriga, de diversión. Desde el momento que escuché el primer cuento quedé prendido a los inventos de su mente, a los delirios de su palabra, al ingenio descubierto en su voz. Esa voz que nadie más escuchaba, que nadie más conocía en esos días, que nadie más disfrutaba, pero que en el hilado de frases me incitaba al llanto, a la risa, a la admiración. Y es que, finalmente, cada historia se convertía en algo agradable, en un nuevo placer. Un placer que sus palabras me provocaban como si deliberadamente me sedujeran, me atraparan, me esclavizaran. ¡Qué no darían mis padres por sentirse absortos en sus pausas, en sus cadencias, en sus formas de narrar! Me sentí privilegiado entre los humanos hasta el grado de sentirme especial, divino, casi inmortal. Y agrego el “casi” sólo porque el Abuelo había dejado claro en una de sus narraciones que la vida es así, finita, fugaz.

Tampoco resultaba posible que el Abuelo y yo platicáramos (o que él me platicara) todos los días. No siempre existía la oportunidad de encontrarnos solos en la casa. Pero el pacto de sangre que habíamos hecho siempre estuvo vigente, día tras día, semana tras semana, mes tras mes. Siempre ha estado vigente. Por mi parte, nunca he mencionado a alguien la capacidad del Abuelo para hablar, por más ilusiones que despierte en mí el hecho de compartir sus cuentos, sus historias, a veces su vida. No, es un pacto de sangre y se debe respetar hasta la muerte, hasta el final. Tampoco él ha fallado en su compromiso: dedica su tiempo, sus horas, sus minutos, su existencia, a crear cada nueva historia. Como si crear una historia nueva fuera su destino, su objetivo, su razón de estar. Hemos llegado al punto en que él tiene ya en mente dos o tres relatos pendientes por contar. Pero sólo me cuenta uno a la vez, como fue nuestro acuerdo, respetando el pacto que ambos llevamos no sólo en la memoria, sino en nuestro cuerpo, en nuestra sangre, en nuestro mismo ser.

Pero eso fue hasta que mis padres decidieron mandarme de vacaciones, a visitar a un tío lejano. Y con “lejano” me refiero a que él vivía en Detroit y nosotros en la Ciudad de México. Aunque también resultaba lejano porque nunca lo había yo conocido, como si no hubiera sido él hijo del Abuelo. Lo único que sabía de él es que vivía en otro país donde hablaban un idioma diferente al mío. No me emocionaba el hecho de salir de la casa y dejar al Abuelo solo, con mis padres. Pero ellos insistieron en que sería una buena oportunidad de conocer a mis primos y tíos extranjeros y de aprender un poco de inglés. Creo que lo único fascinante del viaje era poder regresar a mi casa y contarle al Abuelo todo lo que hubiera visto o aprendido, relatarle cómo los gringos habrían pronunciado mi nombre de forma chistosa o cómo se las ingeniaban para comer sin tortillas. Por supuesto, no es que yo supiera eso por adelantado sino que el propio Abuelo me lo había platicado en alguno de sus cuentos. Yo sólo quería complementar aquella historia y darle mi propia versión, mi propia aportación. En cuanto supe que saldría fui a despedirme del Abuelo. “Sólo serán dos semanas, Abuelo. Eso te dará tiempo para inventar nuevas historias y yo me encargo de platicarte todo lo que vea en Detroit. Le daré tus saludos a mi tío”. El Abuelo sonrío con mirada un tanto triste y sólo me dijo “Te espero en dos semanas con nuevas historias”. “Mientras tanto, nuestro pacto sigue: no cambia porque yo no esté aquí”, le aseguré y el me miró conforme, con orgullo, podría decirse.

Así que aquí estoy, a punto de aterrizar en el Detroit Metro Airport, según avisó el capitán del avión, o al menos eso me dijeron que dijo, porque no entendí más que “Detroit” y “Thank you”. En la ventanilla, las casas, carreteras, y uno que otro automóvil comienzan a aparecer debajo de aquellas espesas nubes que mantenían un constante y aburrido paisaje blanco desde hacía ya varios minutos. Siento el descenso del avión directamente en la boca del estómago y, en varias ocasiones, mis pies dejan de tocar el piso dándome la impresión de que sólo porque llevo puesto el cinturón de seguridad no he ido a chocar contra el techo del avión. Sí, lo sé, es otra turbulencia “normal” y por eso entiendo que el miedo a volar de varias personas sea también “normal”. Pero pensándolo bien, a mí no me dio miedo el vuelo, lo que me asustó fue el despegue y, ahora, el aterrizaje, donde el piloto, capitán, o chofer, lo que sea, va dando vueltas tan pronunciadas que puedo ver algunos autos al mirar por la ventanilla que se encuentra al otro lado del pasillo, donde la niña agradable lucha por no voltear a ver y, en cambio, fija su mirada en mí. Yo vuelvo a sonreírle y procuro parecer tranquilo, sin miedo, valiente. Por primera vez en todo el vuelo, ella me sonríe también. Es una suerte que con su mirada no logre captar el sudor que nuevamente recorre mis manos y que evidencian mi nerviosismo mientras el avión va acercándose a la pista de aterrizaje. Poco a poco, las figuras que aparecen en la ventanilla van cobrando su tamaño normal y eso me indica que estamos a segundos de tocar el piso. Una fuerte sacudida acompañada de un breve ruido de cosas moviéndose y el leve gritito de la señora gorda de vestido de flores marcan un aterrizaje exitoso. Mientras el avión recorre la pista y se acerca a la sala donde desembarcaremos (¿se dice desembarcar pese a que nos bajamos de un avión, no de un barco?), todos respiramos profundamente ahora, de alivio, aunque (igual, todos) aparentamos que es de cansancio. Una asistente me indica sonriente que debo esperar a que todos los demás bajen. La niña del otro lado del pasillo recibe la misma indicación y ambos esperamos pacientemente. Finalmente, nos indican que podemos salir y nos llevan a donde nuestros familiares nos esperan.

Un hombre que reconozco gracias a las muchas fotos que mis padres me mostraron antes de salir me saluda: “Hi, Octavio”. No sé qué contestar pero de mi boca sale espontáneamente un “Hola”. Haciendo mucho esfuerzo por recordar las palabras en español, aquel hombre, mi tío, toma una bocanada de aire y me dice: “Me alegro que hayas llegado bien. Me comentaron tus padres que preferían que yo te explicara la situación en cuanto estuvieras aquí. Buscando que tengas un mejor nivel educativo, tus padres decidieron que sería más provechoso para ti estudiar en Estados Unidos. El inglés es muy importante para salir adelante hoy en día y estudiar un par de años aquí te abrirá muchas puertas y te garantizará un mejor futuro. Ellos no quisieron decírtelo allá en México porque sabían lo apegado que eres al Abuelo y no hubieras querido dejarlo. Él se enteró un poco antes que tú, justo cuando saliste rumbo al aeropuerto. Como siempre, no dijo nada, ya sabes que no puede hablar, pero seguro que se entristeció por no verte pronto. No te preocupes, va a estar bien”. Repentinamente, mis oídos se ensordecen, mi pensamiento se nubla y sólo quiero gritar. Gritar que nada de esto es justo, que he sido engañado, agredido, ultrajado en mi alma. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Agradecer? ¿Aceptar? ¡Qué demonios! ¡Me separaron del Abuelo! Y no lloro porque yo lo extrañe ya, sino porque sé que su vida acabo justo cuando se enteró que yo me iba. Su única razón de vivir era mantener aquel pacto que habíamos hecho en casa. Él honraba nuestro pacto con cada historia que narraba, con cada cuento que inventaba. Hoy, repentinamente, le han quitado lo único que lo mantiene vivo. Quiero gritar que el Abuelo puede hablar, que me habla a mí, que se mantiene vivo gracias a eso, pero hacerlo violaría nuestro pacto, el pacto que ambos juramos respetar por toda la vida. ¡Abuelo, resiste! ¡Resiste a mi regreso! ¡Eso es lo que quiero gritar como si él pudiera escucharme! Maldigo, lloro, rasguño, pero no rompo el pacto. Mi propia sangre me lo impide. A lo lejos, la niña del avión me observa. Ya no me importa que ella vea mis lágrimas, que vea mi enojo, que escuche mis gritos de dolor. Ya no me importa nada. Sé que el Abuelo tenía cuentos listos para ser contados en su mente, unos 5 o 10 de ellos. Hoy sé que esos 5 o 10 cuentos no podrán ser escuchados porque él también mantendrá el pacto que hicimos, guardará silencio sabiendo que lo único que puede decir debe ser para mí. Y yo sé que él no resistirá, que la tristeza lo abatirá, que no aguantará a mi regreso, y que esos cuentos que hoy sólo existen en su mente se los llevará consigo, a la tumba, al cielo, o quizás a ningún lado.

A la memoria de M. B.

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