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La Lucha es más Libre entre amigos

Era la primera vez que entraba a la Arena México. Era, de hecho, la primera vez que entraba a cualquier arena que exhibiera lucha libre. Desde que era un niño, tenía la ilusión de asistir a las arenas de lucha libre para apoyar al Rayo de Jalisco y a otros luchadores técnicos, pero nunca me fue permitido. En esta ocasión, ni siquiera conocía a los luchadores, aunque mi convicción era apoyar ahora a los rudos.

Nos mostraron el camino hacia nuestras butacas y lo que me hacía caminar sin mirar dónde pisaba, era la pantalla gigante que se veía atrás del ring. Se veían en ella los avatares de los luchadores, escenas de la pelea y otras imágenes que ambientaban el lugar y animaban a los espectadores. Los juegos de luces y la música movida me indicaron que el espectáculo había cambiado un poco desde mi niñez, cuando seguía las transmisiones de las luchas por televisión y narradas por el inolvidable Mago Septién. Aun así, antes y ahora, la lucha libre logra evocar una magia especial que, como la magia misma, no puedo explicar.

La jornada empezó por ahí de las 5:30 de la tarde, a la hora en que nos quedamos de ver en la casa de Angélica. Fui uno de los últimos en llegar y vi que sumábamos ya siete en total. Me dio gusto ver a Paty, a Arturo (esposo de Paty), a Angélica (hermana de Arturo) y a Norma (si acaso, hermana mía por el amor que le tengo). Todavía bajándose de su auto, estaban Angélica (no la hermana de Arturo, sino la hermana de Paty) y Edgar (esposo de Angélica, o sea, de la hermana de Paty, no de la de Arturo… ufff… habría sido más fácil si una de las Angélicas se llamara Lilia, por ejemplo). Ahora que lo recuerdo, la hermana de Arturo (Angélica) se llama Lilia también, así que, para no complicar las cosas, sólo diré que estábamos en la casa de Lilia (ah, qué diferencia). El caso es que ya empezaba a hacerse tarde y todavía faltaba Miguel (amigo de Norma). Así que, para no perder tiempo y poder reservar lugar en el lugar donde íbamos a comer, decidimos que un grupo se adelantara. Norma, Lilia y yo nos quedamos esperando a Miguel, que tuvo un problema con la entrega de su motocicleta y eso nos estaba retrasando un poco. No pasó, sin embargo, demasiado tiempo cuando se escuchó el rugir del motor de su motocicleta y, minutos después, subimos a mi auto para alcanzar a los demás.

El tráfico nos trató bien la primera mitad del trayecto, pero conforme nos acercábamos a nuestro destino, nuestra velocidad disminuía considerablemente. Lilia se comunicaba constantemente con Arturo y nos avisaron que estaban atorados en la ruta que habían elegido. Apoyándonos en una aplicación de mapas en el celular de Norma, decidimos trazar una ruta alterna esperando que no resultara peor. Afortunadamente, el buen humor nunca nos abandonó y las risas alejaban cualquier conato de desesperación o de fastidio que el tráfico pudiera producir.

Para nuestra sorpresa, llegamos antes que nuestros compañeros y entramos primero al estacionamiento donde habíamos quedado de llegar. Me bajé del carro y estaba esperando que el encargado me entregara el boleto, cuando él mismo, mirando hacia el auto, me dice: “¡Ya se machucó!”. Al principio, no supe a qué se refería, pues yo no alcancé a percibir ningún grito o sonido que me advirtiera del machucón del que hablaba el hombre. Pero, al mirar a mis compañeros, vi la cara de dolor de Norma. Miguel, en contraste, tenía reflejado miedo en su rostro. “Me machuqué mi dedo”, me dijo Norma. Revisé el dedo que sostenía hacia arriba ella y me percaté del daño. En un descuido, Norma había dejado su dedo al borde de la puerta y Miguel la había cerrado. Sin gritar y soportando el dolor, Norma sólo le dijo a Miguel: “¿Podrías abrir la puerta, por favor?”. Amabilidad ante todo, claro. De forma sorpresivamente rápida, Miguel consiguió un trozo grande de hielo y se lo ofreció a Norma para que lo pusiera en su dedo. Creo que eso hizo la diferencia para que no se hinchara demasiado y que el dolor no aumentara tanto.

Del estacionamiento, todavía teníamos que llegar a un hostal para ir a comer; así que nos apresuramos a recorrer las cuatro cuadras que nos separaban de él. En el camino, nos encontramos a Paty, que se había bajado del auto para agilizar el apartado en el hostal, mientras que Arturo, Angélica y Edgar iban todavía hacia el estacionamiento. Cuando llegamos al hostal, mi primera impresión fue que era un lugar peligroso, no sé por qué. Sólo me dio la impresión. En la puerta del hostal, había un hombre de barba y cabello largo (creo que, incluso, tenía trenzas), me dio mala espina. “¿La contraseña?”, nos preguntó sin más. Lilia creyó que se refería a su número de cupón y se apresuró a buscarlo en un mensaje de texto de su celular. Cuando lo encontró, unos segundos después, lo recitó tan rápido que nadie podía haberlo entendido como para poder validarlo (bueno, yo no, al menos). Pero el hombre de la entrada lo tomó por bueno inmediatamente y abrió la puerta poniendo una sonrisa enorme. Después, con toda amabilidad nos indicó que nos registráramos, que pasáramos “hasta arriba” para comer y que nos diéramos prisa para poder salir a tiempo a la Arena México. Después de registrarnos, subimos “hasta arriba” por las escaleras que iban dando vueltas recorriendo las pequeñas habitaciones. La mayoría de la gente con la que nos cruzábamos eran extranjeros y mostraban bastante jovialidad por estar allí. Comimos, acompañando los alimentos con una cerveza para ir entrando en ambiente. La botella fría de la cerveza también le sirvió a Norma para aliviar más su dedo machucado. Pasaron algunos minutos y el resto del grupo se nos unió. Con ellos, llegaron también Gaby y Andrés (su esposo).

La comida estuvo acompañada de diversión y mucho tequila, que se desparramaba de boca en boca mientras los organizadores tomaban las respectivas fotos para el recuerdo. Cuando mejor estaba el ambiente, nos dieron la indicación de ir “hasta abajo” para que pudiéramos abordar las camionetas que nos llevarían a la arena. Cuando salimos del hostal, la noche ya cubría las calles. Identificamos inmediatamente la camioneta que nos llevaría pues lucía una decoración compuesta por figuras de máscaras y luchadores. En el debido orden, nos acomodamos dentro del vehículo y el “tour” comenzó. Lilia fungió como nuestra guía de turistas alterna señalándonos cada edificio e iglesia con la que nos encontrábamos, sin saber nada al respecto. Nos divertimos mucho también, quizás, porque parte de la “animación” que aportaron los organizadores tenía forma de botella llena de tequila. Venciendo poco a poco al tráfico, dimos la vuelta final que nos dejó frente a la singular Arena México.

“Nos reuniremos todos en el puesto de las máscaras antes de entrar”, dijo nuestra guía (la verdadera, no Lilia). Ahí, se escuchaba el motivante ritmo de salsa que provenía de un edificio cercano. Las luces de colores alumbraban la calle y las voces de los vendedores creaban un ambiente que empezaba a parecerse a un ambiente de fiesta desbordada. Las fotos se tomaban desde distintos puntos, en varios ángulos y con distintos escenarios, pero siempre enmarcando sonrisas. Los autos pasaban tan cerca de nosotros que, en más de una ocasión, la alegría de nuestros gritos cambiaba a temor y luego al enojo. Pero sólo por un momento, pues la convivencia vencía cualquier mal incidente. “Este es México”, dijo Arturo al contemplar el colorido con que se envolvían todos los sentidos. “Sí, esto es México”, dije convencido y orgulloso, pese a saber que no era el lugar ni el momento más hermoso que se puede contemplar en el país. Pero ése era México, el país de la gente común, de la tradición, del tráfico, de la música alegre y los colores vivos. El México que se lleva en el corazón.

Cuando entramos al interior de la arena, los primeros luchadores no tardaron en aparecer. De acuerdo al programa que nos repartieron, serían varias luchas en distintas modalidades las que veríamos esa noche. En cada una de ella nos divertimos mucho gritándole a los rudos, a veces a favor y a veces en contra, dependiendo del humor que tuviéramos (o, en el caso de Lilia, de cuál luchador le pareciera más atractivo). Un grupo de extranjeros nos miraban extrañados por la forma en que celebrábamos y disfrutábamos de cada lucha. Unos terminaron abandonando sus asientos sin entender cuál era la parte divertida del asunto, pero la mayoría se quedó y aplaudió los grandes saltos, llaves y piruetas de los luchadores que siempre se esforzaron por dar un gran espectáculo. Algunos de ellos salieron lastimados, otros abandonaron el ring con la victoria entre manos y brazos. Todos fueron aclamados. Y es que el máximo ganador en este tipo de eventos es el espectador que está abierto a la diversión, a la sana liberación de energía. “La diversión está abajo del ring”, había comentado antes un amigo que no pudo asistir. Tenía razón.

El dedo de Norma mejoró muchísimo conforme pasaron las horas, la amistad de varios años se confirmó y fortaleció. Lilia no paró de hacer bromas toda la noche y todos nos pasamos momentos inolvidables. Recuerdo que, mientras estuve en la Arena México, un joven argentino se sentó a mi lado. Permaneció casi todo el tiempo con una pierna cruzada sobre la otra. No me percaté de ningún momento en el que hubiera reído, ni siquiera sonreído. Parecía incómodo en su lugar y me dio la impresión de que se sentía encerrado en una jaula llena de tigres y que, de seguir allí, corría el riesgo de salir lastimado. Antes de que terminara la última lucha, se levantó de su lugar y abandonó la arena. Me pregunté varias veces si la lucha libre podía resultar tan difícil de entender para algunas personas. Luego, miré a mi alrededor y entendí por qué, pese a estar ante el mismo escenario, yo me sentía feliz y el argentino parecía tan aburrido: yo estaba acompañado de mis amigos.

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