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El (cochino) dinero…

Una de las ventajas de la niñez es que poco o nada sabemos con respecto al dinero. De hecho, considero desgraciado a cualquier niño que, en lugar de dedicar gran parte de su tiempo al juego, se dedique a conseguir dinero como principal meta. Afortunadamente, ésa no fue mi historia.

Seguramente, mis primeras interacciones con el dinero tuvieron que ver con pasarle alguna moneda al tendero para que me diera a cambio un gansito o cualquier otra golosina. Hasta allí, creo que todo iba bien: das un poco de dinero y en un momento estás disfrutando de todas las cosas ricas que no hay en la casa.

Por supuesto, esa sensación no podía durar mucho. Me di cuenta que el tamaño de las congeladas que vendían en la primaria pública donde yo estudiaba, dependía de la cantidad de dinero que le dabas a Don Felipe. Sólo los niños que podían darle cincuenta centavos más, eran merecedores de las congeladas grandes. Ni hablar de las gelatinas de leche o de los pambazos de papa; esas cosas las obtenías sólo si tenías las monedas grandes de a peso. Y ni que tuviera tanta hambre.

Todavía en esos momentos, podía comprender que el dinero era importante, pero nada que pudiera meter en problemas a alguien. Ahora que lo pienso, aprende uno muchas cosas del dinero en muy poco tiempo. Y es que no pasó un año completo para que un niño enorme que yo ni conocía se acercara a mí de forma agresiva.

—¡Tú me debes un peso! —dijo amenazante mientras me apuntaba con un dedo.

—¿Yo? —pregunté ingenuamente.

—¡Sí! ¡Ayer te presté un peso!

—¿A mí? No…

No quiero reproducir aquí toda la erupción de insultos que salió de su boca. Bastará con decir que el golpe que me plantó en el estómago me sacó el aire antes de que terminara de pronunciar ese “No”.

—¡Y si para mañana no me pagas mi peso, ahora sí te rompo la madre! —gritó por encima de mis jadeos.

Todavía con lágrimas en los ojos, traté de mirarlo para ver quién era ese desgraciado. Y la siguiente vez que lo viera, la siguiente vez que lo reconociera cerca de mí… iba a esconderme antes de que él me viera a mí. No sabía qué implicaba que “ahora sí” me rompieran la madre, pero tampoco tenía tanta curiosidad como para investigarlo.

Conseguir un peso en mi casa no era fácil. Sobre todo si tomamos en cuenta que vengo de una familia donde, para conseguir un lápiz nuevo, tenía que llevar el anterior y demostrar que ya no quedaban madera ni grafito suficientes para seguir escribiendo. Un peso estaba totalmente fuera de mi alcance. Tuve que emplear todas mis habilidades y poderes concedidos durante mi niñez para afrontar el problema como era debido: tenía que hacerme invisible. Descubrí que, si tenía el cuidado necesario, podía esconderme por la escuela y pasar inadvertido ante ese tipo de rufianes durante algunos días. Desafortunadamente, nunca he sido demasiado cuidadoso y un mal día, sentí cómo un enorme brazo me volteaba con fuerza haciéndome girar sobre mis talones.

—¡Tú me debes un peso! —dijo, mostrando su poca variedad de frases.

Estuve a punto de repetir mi “¿yo?”, pero sabía cómo terminaría el asunto si el gordo ése se daba cuenta de que ya habían pasado varios días desde nuestro último encuentro.

—¡Ya te lo pagué! —dije mostrando cierta indignación.

—¿Cuándo? —preguntó algo extrañado.

—¡Ayer! ¿No te acuerdas?

Para mi mala suerte, fue él quien recordó primero que “ayer” había sido domingo. Pero justo cuando ya se había decidido a “informarme” sobre el arte de romper madres, saqué de mi bolsillo una pieza de plástico que acababa de encontrarme en el pasillo minutos antes.

—¡Mira! ¡Te la cambio por tu peso! —le dije mostrándole “la cabeza” de plástico que, en esas épocas, venían dentro de las bolsas de papas y otras frituras.

—¡Benito Juárez! —exclamó abriendo los ojos a su máxima capacidad.

Se echó a correr como si acabara de robar un banco. Dijo algo así como que era la que le faltaba y se alejó muy contento. Nunca más supe de él. Quiero pensar que eso es un ejemplo de que hay cosas mejores que el dinero.

Pero si tuviera que describir mi experiencia con el dinero en toda mi vida, diría que, afortunadamente, no lo he necesitado en demasía. Lo malo de poner el dinero como escala en la medición del éxito, es que todo mundo se siente fracasado. Pero al mismo tiempo, el dinero está muy atado a las emociones y a los valores de las personas. Entre más dinero, se asume mayor felicidad. Entre menos dinero, se pierde el acceso al respeto mínimo.

No, no desprecio el dinero. Lo busco, como el resto de la gente. Sólo que no estoy dispuesto a venderle mi tranquilidad ni mi familia. Dicen que el dinero no compra amor o salud. Pero al menos compra chocolates y medicinas.

Gano dinero para no sufrir de frío o de hambre.

Gano dinero para poder reírme y divertirme con quienes amo.

Gano dinero para afrontar con coraje al destino.

Gano dinero para que lo único que necesite robarle a la vida sea tiempo.

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