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El Personaje de la Semana – Semana 2 de Julio 2012

A diario, si somos afortunados, tenemos la oportunidad de intercambiar al menos una mirada con conocidos y extraños. Quizás con algo de exigencia, sería más que deseable aprender algo de cada persona con quien nos cruzamos en nuestra vida. Pero, si ya resulta difícil recordar a cada individuo que aparece ente nosotros, peor experiencia es buscar alguna enseñanza de ellos. De hecho, creo que es fácil dejarnos arrastrar por la fuerza y velocidad de la vida cotidiana de la ciudad, y notar quién está frente a nuestras narices se vuelve casi imposible. Desaprovechar la oportunidad de aprender de otros es algo que no deberíamos permitir. Al menos, no debería ser parte de nuestra rutina hacerlo. Bajo este entendido, me he propuesto observar a quienes vayan formando parte de mi día y, al final de la semana, presentaré la historia de aquel personaje que despierte más mi atención. He querido, sin embargo, presentar a dicho personaje desde su propio punto de vista, tratando de reproducir su vida y experiencia desde sus propios ojos, narrada en sus propias palabras, contando la interacción que han tenido conmigo, si acaso pude más que sólo colarme por sus pupilas. Aclaro que los personajes son reales, pero es mi imaginación la que complementa lo que tienen que decir. He aquí la historia de un personaje que dejó algo a su paso, en su encuentro con el mío.

El Don del Ánimo.

No sé cómo se me ocurrió comenzar a correr la primera vez. Nunca lo había hecho y, a mis más de 60 años, cualquier tipo de ejercicio parecía una locura; correr parecía un suicidio, mi muerte anunciada. No, no lo sé. No puedo explicarlo. Simplemente, comencé a correr. Quizás fue el deseo de darle la espalda a mi soledad, quizás sólo aspiraba a encontrarla en un lugar diferente, pero ese primer domingo que lo intenté me sentí vivo. Al menos, tenía un objetivo, una meta, una ilusión; la ilusión de mantenerme vivo. Y eso era algo que no sentía desde hacía muchos años atrás.

Ese primer domingo me levanté muy temprano. Digo, muy temprano para ser domingo. Eran las 6 de la mañana cuando comencé a alistarme para mi nueva experiencia. Lo primero que noté fue que no tenía ropa ni calzado adecuados para ejercitarme, pero eso no me detuvo. Me puse un pantalón viejo y los únicos zapatos que tenía. Lo que sí encontré fue una gorra de beisbolista que no había usado nunca, pero que uno de mis nietos me regaló por mi cumpleaños. Salí de la casa tratando de aprovechar la calle como si fuera mi pista de caminata personal. Cualquier cosa resultaría mejor que quedarme encerrado en mi habitación. Pero al llegar a la esquina me di cuenta de que al lugar no me satisfacía. Quería encontrar un sitio donde me alegrara estar y donde pudiera respirar más aire que humo de carros y camiones. Muchas veces había escuchado de un parque cercano donde decían que, más bien, vivía un pequeño bosque. Decían que tenía instalaciones para hacer diversos deportes y que la gente pasaba ratos agradable allí. Eso era lo que yo buscaba. Pese a que se encontraba a unas veinte calles de donde yo vivía, nunca había ido. No había tenido la oportunidad, o las ganas de hacerlo. Pero ese día, aún con el frío impregnándose en mis mejillas, me dirigí hacia ese parque al que todos llamaban Naucalli.

No quiero distraer su atención con la incomodidad de mi andar ni con la dificultad que tuve para llegar hasta el parque, sólo quiero mencionar lo que, para mí, fue la parte más importante de mi incursión en el ejercicio. Caminaba yo con esfuerzos por la pista de corredores y, mientras las voces de mi mente me gritaban con furia que el Naucalli era un lugar más donde yo no pertenecía, uno de los corredores que pasó junto a mi lento andar dijo una simple palabra: “¡Ánimo!”. Pasaron unos segundos para que mi atrofiada conciencia pudiera notar que me lo había dicho a mí. No había nadie más junto a mí en ese momento. ¡Ánimo!, había dicho aquel muchacho al que yo no conocía. ¡Ánimo!, resonó la palabra en mi cabeza y una fuerza interna me impulsó a seguir avanzando. ¡Ánimo!, y caminé hasta que no pude más. Otras personas pasaron junto a mí y me saludaron, me sonrieron y, ya sin decirlo, me animaron.

De eso han pasado ya algunos años, los suficientes para hacerme de un buen par de tenis, unos shorts y varias playeras deportivas que siempre acompaño con una sudadera (a mi edad el frío no es poca cosa). Salgo a correr prácticamente todos los días, pero mis favoritos siguen siendo los domingos. Creo que es fácil saber por qué: porque hay más gente corriendo. En lo personal, he mejorado mucho corriendo. Mi trote no será el más estético del mundo, pero me sirve para mantener fuertes mis piernas y mi corazón. Fue precisamente un domingo que noté que, gracias a mi constancia, podía correr más rápido que otras personas mucho más jóvenes que yo. Entonces fue cuando se me ocurrió devolver un poco de lo que yo había recibido. Decidí que, a cada persona que pudiera rebasar, le dedicaría la misma palabra que me había motivado a mí: ¡Ánimo! Comencé con un par de señoras que caminaban afanosamente y, en la voz más fuerte que puedo emitir, lo dije: ¡Ánimo! Ellas interrumpieron su plática y me agradecieron. Noté también más energía en sus palabras. Sentí que había funcionado. Lo intenté nuevamente con un hombre que trotaba lentamente. ¡Ánimo!, grité. No dijo nada pero volvió la cabeza hacia donde yo estaba y hacia otros lugares. Me dio la impresión de que experimentó el mismo desconcierto que yo tuve la primera vez. Así seguí repitiendo, a todos y cada uno de los corredores que encontraba a mi paso: ¡Ánimo! La mayoría fueron resultados positivos: se animaban ellos, me animaba también yo.

Desde ese día, mucha gente al verme me saluda: “¡Buenos días, Don!”. Mi respuesta es siempre la misma: ¡Ánimo! Y la envuelvo para regalo usando mi mejor sonrisa. “¡Ánimo, Don!”, me llegan a contestar. En mis tiempos (si es que cada quien posee sus propios tiempos), a los que no conocíamos les decíamos “Señor”, hoy me sorprendo con la enorme difusión que el uso de “Don” tiene. Por eso, no resultó difícil imaginarme que quizás todos los “conocidos” del parque me decían “El Don”. Y, bueno, sumando la única palabra que suelo usar con ellos, me gusta imaginar que me llaman así: El Don del Ánimo. Quizás sea un poco pretencioso, pero es agradable pensarlo. Me sirve de motivación a mí y, además, me otorga algo de lo que muchos años carecí; la pertenencia. El Naucalli se ha convertido en mi hogar y refugio, en mi cargador personal de energía. Correr me ha traído muchos beneficios, tanto físicos como espirituales. Corro para vivir, vivo para correr. Si en el trayecto logro motivar a alguien, entonces mi camino se vuelve más fácil. Si en el trayecto soy afortunado de poder inyectar vida a un espíritu solitario, entonces tal vez haya llegado a mi meta y puedo decir que la cruzaré feliz. Hasta entonces, seguiré avanzando.

Reflexión final.

Conocí al personaje que aquí presento, justamente en un domingo corriendo por el Naucalli. Fui una de esas personas a las que tomó por sorpresa con su voz, con su exhorto: ¡Ánimo! En realidad, no sé si su grito fue dirigido a mí, pues fui yo quien lo alcanzó a él durante el trayecto. Pero a partir de ese momento, no he podido dejar de notar su presencia. Sus pasos cortos y rápidos, su sudadera raída, su incansable sonrisa. Y lo bauticé en mi mente como El Don del Ánimo (jamás he platicado más de una palabra con él y no conozco su nombre verdadero), pues tenía que llamarlo de alguna forma para que tan inolvidable ejemplo no quedara anónimo. Nunca he visto que él alcance a un corredor y no le infunda energía con su grito. Al menos, siempre lo intenta sin falta, sin falla, sin pudor. Pudor que a muchos nos calla, nos retrae, nos inmoviliza. Pero no a él. “El Don” puede no ser el más rápido de los corredores, pero desde hace mucho tiempo, con lujo de fuerza, de coraje, de convicción, él ha alcanzado y empujado el corazón de muchos, incluyendo el mío. Podremos correr a distintas velocidades, pero todos compartimos el camino. ¡Ánimo!

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