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El Espejo.

Desde que era niño, Pedro Alberto tenía una especie de obsesión casi voluntaria por los espejos. En un inicio, tuvo la impresión de tener frente a sí puertas capaces de llevarlo a un mundo paralelo donde vivía gente “equivalente” con vidas “equivalentes”. Varios juegos mentales revoloteaban en su imaginación al visualizar que, de ser posible cruzar aquel espejo (aquella puerta a la realidad alterna), podría encontrar a las mismas personas que vivían en su propio mundo, aunque con características ciertamente inversas. Aquellos que eran conocidos por ser zurdos, podrían, finalmente, deshacerse de sus limitantes conocidas y escribirían con la mano derecha, sólo para darse cuenta que estaban atrapados en un mundo de “izquierdos” dominantes. Muchas veces jugó a hacer movimientos lentos, seguidos de otros rápidos que desorientaran a su “equivalente” del espejo; se ocultaba bruscamente tras de algún mueble y, con todo el disimulo que le era posible, miraba a través de la más pequeña rendija para verificar si su imagen había sido capaz de esconderse también o si, por el contrario, había quedado al descubierto por no haber podido imitar sus movimientos. Llegó incluso a rociar con perfume a su oponente del espejo, sólo para verificar si el olor en su propio cuerpo cambiaba; pero nada cambiaba, ni siquiera el hecho de que, cada vez que lo intentaba, terminaba limpiando las manchas borrosas que, a juzgar por los gritos emitidos, parecían molestar mucho a su madre.

Pedro Alberto nunca abandonó la idea de que algo especial ocurría dentro de los espejos; si realmente podían abrirse puertas hacia otras dimensiones, los espejos debían formar parte de la entrada. Pero durante su juventud no pudo demostrar en ninguna ocasión esta afirmación. Bastaba con que él tratara de explicar sus creencias para que una serie de leyes y teorías le fueran recitadas en plena cara para explicarle el fenómeno físico de la reflexión y refracción de la luz, de las formas en que son elaborados los espejos y de la estupidez con que se asociaba a la gente que creía otra cosa (esto último no resultaba una teoría, pura práctica). Así, decidió no entusiasmarse demasiado y, poco a poco, fue abandonando las conversaciones e ideas que tenía al respecto. No le resultó fácil; dejar atrás esta serie de creencias lo hacían sentir común, corriente, adulto, adaptado, muerto.

Años después, sin embargo, ocurrió algo que cambió la vida de Pedro Alberto de una forma insospechada. Tras haber cumplido su tercer aniversario de bodas, Martha, su esposa, le obsequió un espejo de cuerpo completo para que pudiera colocarlo en la casa. Lo había conseguido en una tienda de antigüedades y pensó que sería un regalo bien apreciado por Pedro Alberto. El marco del espejo era de una madera gruesa y fuerte, tenía un color que recordaba el oro y sus múltiples grabados revelaban que se trataba de un objeto sumamente viejo. Martha no entendía la testarudez con que su esposo miraba los espejos y la forma en que éstos lograban succionar su mente en un solo vistazo. Pensó que, quizás regalándole uno que pareciera ineludiblemente mágico, Pedro Alberto podría, finalmente, superar aquella enajenación que siempre lo atrapaba desde su propio reflejo. Por supuesto, Pedro Alberto estaba fascinado con aquel presente y lo instaló inmediatamente en su habitación dándole preferencia sobre otros muebles, de forma que nada se interpusiera entre él y su espejo.

Casi desde el principio, Pedro Alberto notó que su nuevo espejo era distinto a cualquier otro que hubiera visto antes. Tal vez ninguna otra persona habría reparado en las formas que el espejo mostraba, pero, siendo él un experto en imágenes y reflejos, descubrió pequeños detalles que lo hicieron recordar aquellos años en que, sin ninguna suerte, intentaban encontrar diferencias entre su mundo y el del espejo. Empezó a advertir, por ejemplo, que ciertos objetos reflejados en el espejo no existían dentro de su habitación; un cuaderno, una moneda, un frasco lleno con líquido rojo (en la realidad era un líquido verde). Estas “apariciones”, más que atemorizarlo, parecían hechizarlo, cautivarlo y controlarlo. Para su sorpresa, observó que los objetos no siempre eran los mismos, sino que aparecían y desaparecían de un momento a otro. Debido a esto, no le era fácil encontrar estas inconsistencias pues normalmente no se presentaban a simple vista. A veces requería de varias horas para localizar las diferencias entre su ambiente “real” y el “reflejado”. Pero sin importar el tiempo en que podía localizar estos “errores” de reflexión, lo que le resultaba más exasperante era la incredulidad de su esposa: Por más esfuerzos que Pedro Alberto hacía para hacerle notar a Martha aquellos objetos “inexistentes”, ella no era capaz (ni siquiera una sola vez) de encontrar nada en el espejo.

—¡No hay nada ahí! ¿Qué quieres que vea? —le reclamaba Martha después de varios intentos infructuosos para encontrar “eso” que Pedro Alberto le mostraba.

—¡Ahí! ¡Sobre la cama! ¡Hay un papel que no existe acá en nuestra cama!

—¡No hay nada ni aquí ni allá! ¡Todo está en tu cabeza! ¡Estás loco! —gritaba ella al tiempo que abandonaba la habitación dejando a su esposo acompañado de sus “visiones”.

Al principio, Pedro Alberto dudó si todos aquellos descubrimientos realmente existían (aunque fuera únicamente en su espejo) o si eran obra de su imaginación. Pero justo el papel que trataba de mostrarle a Martha le dio una pequeña pista: No era un simple papel como a él le había parecido en un principio; era un billete de lotería. El hecho de haber identificado el billete lo estremeció más que el hecho mismo de poder verlo. Él nunca compraba lotería y tuvo curiosidad por examinar el billete reflejado. Forzando mucho la vista, le pareció identificar que el año de emisión era el actual, pero no logró distinguir la fecha exacta del sorteo. Lo que sí pudo hacer, fue transcribir cada uno de los números que alcanzó a reconocer en el billete. Con mucho cuidado para no equivocar el orden y no escribir un 6 en lugar de un 9, o un 2 en lugar de un 5, copió el número exacto en un trozo de papel; era el 57931. Tomó el teléfono y llamó a Héctor, uno de sus amigos más cercanos, para preguntarle la fecha más próxima del sorteo de lotería.

—Pues es hoy, dentro de unos cinco minutos —le anunció Héctor.

—¿Cómo puedo saber si un billete tiene premio?

—Pues lo más fácil es esperar a que lo publiquen en el periódico de mañana…

—¿Y para saber hoy mismo cuál billete gana el premio mayor?

—Ehh… Me parece que hay una estación de radio donde transmiten el sorteo…

Apenas escuchó esto, Pedro Alberto corrió hacia la sala, donde se encontraba el moderno aparato de radio que nunca usaba y lo encendió para tratar de localizar la estación donde transmitían el sorteo de lotería. Recorrió varias frecuencias con desesperación, pero no logró encontrar la que buscaba. Repentinamente, como si alguien lo levantara jalándolo de los cabellos, se incorporó y se dirigió decididamente hacia el espejo de su habitación. Allí, permaneció ante él durante unos cuantos segundos hasta que pudo encontrar lo que buscaba: el “reflejo” del aparato de radio sintonizado en la frecuencia 1110 AM. Se apresuró a regresar a la sala y, sin pensarlo, cambió la estación; justamente a la 1110 de AM. La voz que escuchó en el radio anunciaba, precisamente, el inicio del sorteo de lotería. Pedro Alberto no se inmutó al darse cuenta de que, inexplicablemente, había acertado a la estación correcta. Eso parecía tener cierto sentido para él: el espejo se lo había mostrado. Lo que sí pareció angustiarlo fue el momento en que se anunciaba, número tras número, el boleto ganador. “Cincuenta y siete mil novecientos treinta y uno”, anunció con voz animada el locutor de la radio. Pedro Alberto gritó de júbilo al verificar que era exactamente la secuencia de números que él acababa de escribir. Gritó, brincó, bailó y, en seguida, lloró dolorosamente. Por supuesto, su angustia se debía a que, pese a tener el número correcto, no tenía el billete. Y no iba a poder tenerlo ya. Martha llegó corriendo tras escuchar todo el alboroto y, preocupada, preguntó a Pedro Alberto qué pasaba. Las palabras, sin embargo, no lograban ser pronunciadas en su boca, ya que él todavía luchaba por asimilar todas las emociones que acababa de experimentar de golpe. Trató de estabilizar su respiración y hacerla volver a un ritmo normal, pero la agitación que los latidos de su corazón producían en su pecho le dificultaba la tarea. Finalmente, con forzados acomodos de sus pensamientos y sentimientos, Pedro Alberto dijo en voz débil y pausada: Fui rico y fui pobre, fui afortunado y fui desgraciado, conocí la respuesta a las incertidumbres del mundo y dudé de mis más fuertes convicciones, alcancé la cima del paraíso justo cuando noté que me hundía en la profundidad del infierno, mis piernas recorrieron el más largo de los caminos sin dar un solo paso, viví sabiendo lo que era no tener vida.

Martha no comprendía lo que estaba oyendo, ni siquiera supo si había escuchado lo que creía. Quiso articular alguna oración que le diera sentido a aquella escena protagonizada por la incoherencia, pero antes de que pudiera pronunciar media sílaba, Pedro Alberto agregó con gravedad: Es el espejo.

A partir de entonces, la obsesión de Pedro Alberto por los espejos (en realidad, por su propio espejo) se hizo aún mayor. Tenía la teoría de que el mundo del espejo y el mundo real se complementaban, no se contradecían. El espejo, en apariencia, mostraba un universo invertido, pero para Pedro Alberto representaba ahora una extensión del mundo y, por tanto, extendía su alcance con posibilidades infinitas e inimaginables. Una de las tantas probabilidades que pasaban por la mente de Pedro Alberto estaba relacionada con la forma en que el espejo le había anunciado el número ganador de la lotería y, más aún, la estación de radio que estaba buscando justo cuando lo necesitaba. De alguna forma, pensaba, el espejo no mantenía la sincronía perfecta entre los mundos que separaba. O para ser más claros, Pedro Alberto creía que el espejo podía pronosticar el futuro (al menos parte de él) en su reflejo. Era obvio para él que el espacio tampoco se reflejaba de forma exacta puesto que el billete de lotería y el aparato de radio nunca estuvieron donde el espejo los hacía verse. Comenzó a ver cada imagen con mente y ojos más abiertos que nunca. La teoría de Martha era más simple: Pedro Alberto se había vuelto loco. Al menos, loco en un grado mayor al que ella podía permitirle a su marido.

La pesadilla compartida de Pedro Alberto y Martha comenzó. Por un lado, Martha luchaba por lograr una conversación con Pedro Alberto que no girara en torno a espejos, reflejos y predicciones. Por el otro, Pedro Alberto libraba su propia batalla con el espejo, quien se rehusaba a comunicarse nuevamente con él. No había nuevas predicciones, ni imágenes que pudieran conectar mundos distintos; el espejo, lastimosamente, se había convertido en… sólo un espejo.

Era de esperarse que esta situación favoreciera a Martha, ya que tenía argumentos lo suficientemente contundentes para intentar convencer a Pedro Alberto de que todo había formado parte de su necesidad (necedad, decía ella a solas) de creer en la magia del espejo. Y, aunque pudiera considerarse una actitud loable que ayuda a desarrollar la ilusión y la imaginación, era mejor dejarla atrás, en el pasado, justo en el lugar donde se dejan los sueños infantiles que tanto amenazan con alejarnos de la madurez: en el olvido. Pero, para fortuna de Pedro Alberto, el olvido no evita el recuerdo, lo desafía.

Una mañana (una en que Pedro Alberto no buscaba nada más en el espejo que peinarse adecuadamente), apareció una nueva imagen que volvía a desafiar la realidad. Aunque, para tener una descripción más certera, sería pertinente decir que, más bien, algo desapareció en el reflejo del espejo. Mientras Pedro Alberto levantaba ambos brazos para acomodarse el cabello, notó que el reloj que usaba en ese momento no se veía en el espejo. Al principio, pensó que había olvidado ponérselo unos minutos antes, pero enseguida recordó que, incluso, había corregido la hora justo antes de ajustárselo. Para estar bien seguro, Pedro Alberto llevó su mano derecha hacia su muñeca izquierda para desmentir lo que sus ojos veían en el espejo. Efectivamente, el reloj estaba en su muñeca. Volvió su mirada directamente hacia su brazo (sin ayudarse del espejo esta vez) y pudo atestiguar visualmente la presencia del reloj plateado. Casi inmediatamente (como tratando de tomarlo desprevenido), fijó su mirada en el espejo deseando que el reloj estuviera en su imagen reflejada. Un torrente de adrenalina recorrió su cuerpo y le anunció, con un ligero temblor, que el Pedro Alberto del espejo no usaba el reloj que él estaba tocando en ese instante. Repitió varios movimientos poniendo el reloj entre sus ojos y el espejo. Todo se comportaba normal, excepto el reloj que no conseguía plasmar su reflejo por más esfuerzos que Pedro Alberto hacía. Estuvo a punto de llamar a gritos a Martha, pero la idea de que ella lo consideraría un desequilibrado lo hizo cerrar la boca. Quizás sí estaba desequilibrado, pensó, sólo no se sentía con ánimos de escucharlo en voz de alguien más. Se apresuró a arreglar su atuendo, salió de la casa si siquiera despedirse de Martha y subió a su auto.

Quería olvidarse lo más rápido posible del incidente, así que encendió el motor y avanzó a toda prisa hacia su oficina. Sin embargo, como si una sola situación extraordinaria no fuera suficiente para una mal día, percibió (con no muy buen augurio) las señas que otros conductores le hacían a través de la ventanilla, siempre señalando con un dedo la parte baja de su carro. Comprendiendo de inmediato que alguno de sus neumáticos necesitaba reparación, se detuvo a la orilla del camino para evaluar el daño. Apenas descendió del vehículo, identificó la rueda que sufría el desperfecto. No le causaba ningún problema cambiar el neumático a excepción del retraso y del hecho de que, siempre que cambiaba alguno, terminaba con las manos y la ropa sucias en demasía. Antes de iniciar con las maniobras, se arremango la camisa blanca para tratar de evitar que se ensuciara. El reloj, que había sido motivo de controversia mental por la mañana, quedó al descubierto y Pedro Alberto lo volvió a mirar con detenimiento. Para mantenerlo seguro y limpio, decidió quitárselo y guardarlo en el bolsillo de su pantalón. Se apresuró a cambiar la llanta averiada cuidando, al grado de lo extremo, no manchar su ropa de trabajo. Ignorando por un momento la suciedad en sus manos, se podría decir que cumplió su propósito de permanecer limpio. Apurado ya por ir tarde al trabajo, guardó todo dentro de la cajuela del auto y nuevamente presionó a fondo el acelerador, ya no para llegar a tiempo, sino para no llegar tan atrasado. Con suerte, podría llegar sólo cinco minutos tarde y no tendría mucho problema. Sin embargo, un auto descompuesto en el camino no permitía avanzar con fluidez y nadie podía ir más aprisa que si fueran caminando a paso lento. “Quizás quince minutos tarde”, pensó. Instintivamente, se miró la muñeca izquierda para consultar la hora en su reloj. No lo encontró y eso lo perturbó por una fracción de segundo. Cuando recordó que lo había guardado en el bolsillo de su pantalón, tuvo el impulso de sacarlo inmediatamente, pero no se atrevió a hacerlo sabiendo que, teniendo aún las manos sucias, hubiera manchado el pantalón que había logrado mantener limpio hasta ese momento. Le pareció raro, no obstante, el hecho de no notar siquiera la silueta del reloj en su bolsillo.

Treinta minutos tarde, llegó Pedro Alberto a su trabajo con más prisa por lavarse las manos que por iniciar con sus labores cotidianas. Lo primero que hizo después de secar sus manos, ya más limpias, fue buscar el reloj que había puesto en su bolsillo. Un vacío pareció llenar aquel bolsillo y, además, su serenidad. Como si se tratara de un enorme saco de papas, buscó con impaciencia el objeto perdido usando manos, ojos y una gran dosis de testarudez. Dicen que la esperanza es lo último que muere, pero muy frecuentemente se confunde la esperanza con la ingenuidad. El reloj había desaparecido.

Está de más mencionarlo, pero Pedro Alberto hizo varios intentos por localizar el reloj dentro del auto, en la calle donde había cambiado el neumático, buscando algún orificio en el bolsillo del pantalón, buscando incluso en su memoria que quizás lo engañaba al recordarle claramente que sí se lo había puesto en la mañana. Alguna explicación debía existir. Desafortunadamente, o quizás no tanto, la que parecía ofrecer una mejor alternativa estaba relacionada con volver a mirar el espejo, ya no buscando diferencias entre imágenes, sino buscando respuestas.

Durante la búsqueda de las tan esperadas respuestas, él y Martha tuvieron cada vez más discrepancias y altercados que repercutieron, en más de una forma, dentro de su relación. Martha reclamaba que Pedro Alberto pasaba más tiempo mirando al espejo que en cualquier otra actividad cuando estaba en casa, incluyendo cuando debía estar descansando. Y lo cierto era que Pedro Alberto ya rara vez dormía más de dos horas seguidas. Era como si un hechizo dentro del espejo lo despertara cada vez y lo llamara para hacerle compañía. Él insistía en que el espejo trataba de comunicarle algo, pero aún no había sido capaz de descifrarlo. Habían habido varias situaciones que convencían a Pedro Alberto de que así eran las cosas. Si trataba de dar explicaciones, podía enumerar varios eventos que corroboraban que tenía razón. Para su mala suerte, los mismos elementos servían como fundamento a Martha para afirmar que había perdido la cordura. Entre las cosas que Pedro Alberto mencionaba, se encontraba la ocasión en que el espejo había podido predecir que la comida preparada por Martha le provocaría indigestión y malestar por tres días seguidos. Martha atribuyó el hecho a la falta de higiene de Pedro Alberto y a la irregularidad con que ahora comía. En otro momento, el espejo le había anunciado a Pedro Alberto que el hijo menor del vecino se rompería el brazo saltando una barda y, con precisión impecable, determinó cuántos días el pequeño bribón estaría luciendo la correspondiente protección de yeso. Además, Pedro Alberto le hizo saber a Martha cuál sería el clima de los siguientes 17 días (y sólo llegó hasta allí porque ella abandonó la habitación), le contó el final de la telenovela que ella solía ver y él no, cambió el foco del comedor tres segundos después de que se fundió, pronosticó un accidente aéreo local y un terremoto en otro país. Para cada uno de estos escenarios, Martha encontraba una explicación lógica y convincente. Por supuesto, la lógica no explica mucho cuando lo ilógico tiene mejores argumentos.

Ante la insistencia de Pedro Alberto por permanecer atento a las indicaciones del espejo, las cosas con Martha comenzaron a ir todavía peor. Ella tenía, incluso, la intención de pedirle el divorcio pues lo que habían tenido en los días recientes no podía ser llamado un matrimonio. Pedro Alberto, por el contrario, buscaba la forma de sacar provecho al espejo para fortalecer la relación con su esposa. Pero esta determinación terminó por abrir aún más la brecha que los iba separando. No se puede decir que no lo hubieran intentado, ambos acudieron a terapias tratando de encontrar una forma de remediar sus conflictos, buscando un árbitro, un consuelo, una luz o una desilusión. Lo que fuera que pudiera ayudarlos a seguir adelante juntos. Cada vez que el tema del espejo afloraba en las conversaciones con los diferentes terapeutas de pareja, la recomendación comenzó a hacerse común: había que deshacerse de aquello que provocaba el conflicto; había que deshacerse del espejo.

Naturalmente, Pedro Alberto no estaba dispuesto a sacar de su vida al espejo. Por mal que hubieran ido las cosas últimamente, había mantenido comunicación con él y nunca le había mentido. Era como si el espejo se hubiera convertido en la amante de Pedro Alberto y no pudiera abandonarla. Ya era bastante difícil para él dejar de ver al espejo como para pensar en que debía sacarlo de su vida. Finalmente, Martha lanzó un ultimátum y pronunció con firmeza las palabras definitivas: “El espejo o yo”.

Sin estar totalmente convencido, Pedro Alberto accedió a deshacerse del espejo y convino que la mejor forma de hacerlo sería rompiéndolo en la azotea, en un claro esfuerzo por sacarlo de la casa y darle cierto nivel de privacidad al evento. Pidió a Martha darle tiempo suficiente para “despedirse” del espejo, pero prometió hacerlo añicos en cuanto estuviera listo. Pese a que le pareció algo estúpido e innecesario, Martha estuvo de acuerdo en permitirle a Pedro Alberto aquel ritual en la azotea. Así, a la hora acordada, Pedro Alberto descolgó el espejo de la pared de su habitación y lo subió cuidadosamente por las escaleras que llevaban a la azotea. Tuvo la precaución de que no golpear nada para no lastimarlo innecesariamente, como cuando se maneja una conversación y, para dar una mala noticia, se utilizan frases suaves. Con extrema delicadeza, colocó el espejo sobre una pequeña mesa y puso a un lado el martillo que se planeaba usar como arma mortal. Pronunció varias palabras, todas ellas sin poder hilar una sola idea, una sola disculpa, una sola cosa que pudiera valerle cierta absolución. No podía mirarlo directamente, simplemente no tenía el valor de hacerlo. Tras titubear un rato considerable, tomó el martillo entre sus manos y lo levantó por sobre su cabeza. Miró rápidamente la superficie del espejo para poder asestar el trágico golpe, pero justo en ese instante, notó que algo extraño pasaba. Bajó lentamente el martillo y fijó su vista en el espejo. No podía creer lo que sus ojos veían. O peor aún, no podía creer lo que sus ojos no veían. Allí, frente a él, tenía al espejo que se negaba a reflejar la imagen de Pedro Alberto. Por un momento, trató de buscar explicaciones ante su ausencia de reflejo, ante el hecho de que él ya no aparecía en la escena de aquel mundo. Cuando comprendió lo que el espejo trataba de decirle, el pánico se apoderó de él y, en un esfuerzo por terminar aquello, levantó nuevamente el martillo y dirigió un fuerte golpe hacia la superficie del espejo. Pero mientras el martillo caía rápidamente, la imagen de Pedro Alberto regresó al espejo y, al propinar el terrible martillazo, Pedro Alberto sintió un fuerte dolor en la cabeza que lo hizo tambalearse. Fue como si el martillazo hubiera sido reflejado voluntariamente hacia el mundo real. Gritó con toda la fuerza y desesperación que el dolor le proporcionaba y, tras dar varios tumbos, tropezó y cayó inerte.

Martha escuchó los gritos de su esposo y subió corriendo a la azotea. Lo primero que vio fue el cuerpo inmóvil de Pedro Alberto. Corrió a tratar de levantarlo y, después de varios intentos fallidos, se dio cuenta de su herida y de que no respiraba. El terror la hizo una presa fácil y ella no supo cómo reaccionar. Ni siquiera pudo gritar. Por unos momentos también se tambaleó, pero pudo recuperar fuerzas y salir un poco de su estupor. Miró a su alrededor y notó que, intacto sobre la mesa, yacía el espejo. Sin saber por qué, fue hacia él y lo levantó en sus manos. Pudo ver claramente su rostro lleno de angustia, de preocupación, de miedo. Vio cómo un par de lágrimas bajaban por sus mejillas, aunque ella sabía que no estaba llorando. Supo entonces que el espejo le estaba hablando. Consternada, siguió viendo las imágenes que aparecían en el espejo. Se trataba, sin duda alguna, de algún mensaje que el espejo trataba de mandarle. Martha atestiguó en las imágenes reflejadas, años de tristeza, de soledad, de desamor. Ella se asustó aún más, las fuerzas parecían abandonarla y el vacío llenaba sus esperanzas. ¿Era acaso una advertencia del espejo? ¿O una amenaza? Tembló por todas las emociones que recorrieron su cuerpo involuntariamente. Miró a la distancia el cuerpo de Pedro Alberto y pensó en la desgracia que sería si él le faltara, pero también supo que no permitiría que nada controlara su destino. Entonces, un sentimiento de furia, de rencor y de desprecio incontrolables la hizo gritar con amargura. Tomó el espejo, volteándolo para no ver su reflejo, y lo azotó con todas sus fuerzas sobre la mesa. Miles de pedazos de vidrio cayeron inmediatamente provocando un ruido ensordecedor que sólo se fundía con los gritos rabiosos de Martha. Una especie de calma llegó a su cuerpo y las fuerzas la abandonaron. Cayó inevitablemente sobre sus rodillas y volvió a temblar sin control. Sólo entonces pudo sentir la humedad del llanto recorriendo su rostro.

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