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A Brazos

Ocurrió un día de escuela mientras iba caminando bajo el intenso calor del sol. Sin notar el momento preciso, dejé de percibir los edificios que se encontraban a mi derecha y junto a los cuales repartía mis pasos. Fue una sensación extraña pues me pareció increíble que hubieran desaparecido así nada más. Dirigí curiosamente mi mirada hacia el lugar donde acababa de ver aquellas construcciones y, con cierto alivio, pude descubrir que no habían ido a ningún lado. Seguían allí. Sin embargo, con miedo noté que algo más desaparecía a mi derecha. Pero al virar con fuerza mi cabeza, constataba que todo permanecía justo donde debía estar. No eran las cosas las que desaparecían, era la vista en mi ojo derecho la que me estaba abandonando paulatinamente.

Sería una mentira decir que fue una oscuridad la que invadió mi cabeza. No, fue justo lo contrario. Lo único que mi ojo derecho pudo percibir fue un brillo descontrolado que no me dejaba ver. Traté de disimular el síntoma y cerré, en una especie de castigo, aquel ojo traidor que ahora se volvía en mi contra para evitar mostrarme el mundo. Nada cambió. Era como si aquel destello proviniera de mi interior y deslumbrara mi vista. Pensé que el calor me estaba jugando una mala broma y decidí detenerme por unos instantes para tranquilizarme y regresar a la normalidad. Pronto la luz abarcó ambos ojos y, en una inesperada complicidad, me prohibieron volver a ver. No quiero volver a describir la sensación terrible que me recorrió en esos momentos, cuando el miedo me tomó como presa y la vida me ofreció como sacrificado a cambio, espero, de una buena causa.

El caso es que desde ese momento quedé ciego. Esa luz intensa que conformó mi última visión terminó por apagarse definitivamente aprovechando la inconsciencia que tomó el control de mi cuerpo. De eso han pasado ya muchos años. Veintiuno. Quizás veintidós. Es difícil recordar cuando lo que se desea es olvidar. Creo que los primeros meses de mi ceguera fueron los más difíciles, los más aterradores. No era la oscuridad en que vivía lo que me asustaba, sino todo el mundo que cobraba vida bajo la luz que yo no percibía. Mis más absolutas certezas se convirtieron en amplias inseguridades. Mi andar se hizo lento e indeciso ante el misterio que el camino representaba ahora. El dolor de cada golpe recibido se transformó rápidamente en vergüenza, y la vergüenza en incapacidad. Nadie se explicaba la razón de mi desgracia, sólo supe que, irreversiblemente, mis ojos no podían ahora más que llorar.

Así comenzó mi nueva vida, con incertidumbres y sin esperanzas. Quisiera poder decir que salir de mi casa representó todo un reto. Lo cierto es que el solo hecho de bajar de mi cama me significó algo similar a abandonar mi propia tumba. Día tras día, tropiezo tras tropiezo, comencé a conocer nuevamente un universo que creía había haber dominado desde siempre. Incluso mi cuerpo me resultaba desconocido, ¡ni hablar de mi propia habitación! Pero fui encontrando formas para ir recorriendo los espacios, buscando las luces que sólo mi espíritu llegó a vislumbrar. Como semilla recién plantada, la confianza en mí mismo parecía no retoñar. Requería tiempo, paciencia y constancia. Y así, a cada paso, literalmente, encontré el camino hacia una aventura que, de otra forma, no hubiera logrado apreciar.

Un día abrí la puerta que, por tanto tiempo, no me había atrevido a cruzar. Sentí el viento en mi cara y, extraño como suena, sentí la luz posarse sobre mí. Los sonidos invadieron mi mente y formaron imágenes que tenía mucho tiempo sin ver, imágenes que quizás nunca había podido reconocer. Caminé con los brazos extendidos, apoyado sólo con un delgado bastón que dirigía torpemente para tratar de identificar los obstáculos que mi andar pudiera encontrar. ¿A dónde iba? Sé que parecerá estúpido pero me justificaba contestándome a mí mismo: “A respirar”. Quería llegar al parque y recorrer sus paisajes, oler la fragancia de sus colores, escuchar sus formas, tocar todos sus movimientos.

Pero mi atrevimiento fue castigado casi de inmediato. En los primeros metros que recorrí para acercarme a mi destino me topé con estorbos que mi bastón no pudo detectar. No hablo de obstáculos que mis pies no pudieran evadir, ni de muros que interrumpieran mi decisión de avanzar. No, hablo de limitaciones que sólo ciertos humanos son capaces de edificar. Justo antes de disponerme a atravesar la primera calle, escuché la fuerte voz de un automovilista que, con palabras más o con palabras menos, reclamaba su derecho de paso por sobre el mío. Lo peor, sin embargo, fue que a fuerza de gritos atribuyó mi ceguera a mi estupidez. Ciertamente, me detuve, pero no para evitar ser arrollado, sino para acreditar aquellas palabras que acababa de escuchar y que, como sólidas cadenas, arrancaban mi determinación y buscaban arrastrarme de regreso a mi oscura habitación. Había comenzado a dar la media vuelta cuando de mi brazo colgó el peso de la bondad. “¿Lo ayudo a cruzar?”, dijo una voz de mujer que sonaba alegre y atenta. Por supuesto, no pude verla, pero sabía que ella sonreía en ese momento. Su sonrisa se contagió en mi rostro y la cadena que luchaba por retener mi disposición terminó hecha añicos, tanto que casi pude escuchar los pedazos caer sobre el piso. Ella tomó mi sonrisa como un “sí” y me llevó cuidadosamente hacia el otro extremo de la calle. “¿Hacia dónde va?”, preguntó en cuanto subimos la banqueta. “Al parque”, contesté pensando en las siguientes tres cuadras que me separaban de él. “Vamos, lo llevo”, dijo ella desprendiendo cierta emoción en sus palabras. Dejó de tomarme del brazo y, a cambio, colocó mi mano sobre su propio brazo y me condujo hacia el parque.

Su nombre era María Juana pero todos la llamaban Juanita, según me contó. A juzgar por la fuerza de su brazo, pude deducir que se trataba de una persona con un temple excepcional. Había también, en la forma en que me dirigía, una delicadeza que pocas veces había podido notar en una persona. Al principio, supuse que su compañía sería pasajera, pero ella decidió quedarse durante todo el tiempo que estuve en el parque. Si bien no estaba en mis planes que alguien pudiera disolver mi soledad en sus palabras, no puedo negar que lo disfruté enormemente. Hacía mucho tiempo que nadie parecía interesado en mi vida y, justo ese día, Juanita avivó mi propio interés. Los paseos al parque se hicieron pronto una costumbre y el brazo que guiaba mi camino se hizo tan familiar como si, a través de él, pudiera ver a Juanita. Ella me decía José, pese a que yo me presenté oportunamente como Raúl. Nunca la corregí, quizás porque decía que formábamos “la doble jota”: Juanita y José.

Por supuesto, Juanita no podía estar presente todas las ocasiones en que a mí me placía salir a indagar en el mundo. Inesperadamente, aunque gratamente, otros brazos ofrecieron su apoyo para que yo pudiera llegar a mi destino. A veces, aquellos brazos me acompañaron para cruzar una calle en específico; otras veces, para recorrer algunas cuadras; otras más, hasta asegurarse de que había yo llegado con bien a la vieja banca donde siempre me sentaba. Sólo Juanita se quedaba a platicar conmigo todo el tiempo. Pero pronto aprendí a distinguir que, dependiendo de la fuerza con que aquellos brazos me sostenían, de la posición que empleaban para brindar el apoyo, de la suavidad de sus movimientos o de la rapidez con que me soltaban, siempre había una relación con la personalidad de quien me ayudaba. Podría decir que incluso el calor que cada brazo transmite tiene que ver con la calidez humana de su dueño. En una ocasión pude sentir el dolor que un muchacho sentía sólo con aferrarme a su antebrazo. No dijo nada y yo sólo acerté a decir: “Todo va a estar bien”. Él separó mi mano de su brazo pero enseguida me cubrió en un afectuoso abrazo y, con el rostro recargado sobre mi cabeza, dijo “Gracias”. Sentí una gota salada cayendo sobre mi labio y el muchacho se retiró a toda prisa.

No quiero decir que cuente con algún don especial con esto de los brazos, pero es casi como percibir una mirada triste o mirar la verdad en los ojos ajenos. De alguna forma, cuando una persona extiende sus brazos con la intención de ayudar, abre también su corazón hacia quien necesita la ayuda, y eso puedo percibirlo mientras avanzo a su lado. Le comentaba este pensamiento a Juanita en una de las incontables veces en que, afortunadamente, me acompañó hacia el parque (y uso el verbo “acompañar” porque, después de las primeras veces, ofrecía su brazo más como cómplice que como guía). Ella quedó en silencio unos momentos y se me hizo evidente que dirigía su mirada hacia mí. De alguna forma, supe que sus ojos estaban llenos de asombro y sólo pude preguntarle: “¿Es muy tonto lo que acabo de decir?”. A manera de respuesta, de sus labios llegó una sensación cálida y húmeda a mi mejilla y, de inmediato, recorrió en forma de escalofrío el resto de mi cuerpo. Luego, sus palabras se dejaron escuchar en mis oídos:

“Nada de tonto. Lo que pasa es que has aprendido a mirar a la gente más allá de su apariencia. Quienes podemos ver confiamos demasiado en nuestros ojos, aun sabiendo que tienen grandes limitantes, sobre todo en los momentos más oscuros. José, tú no tienes el prejuicio de la luz, lo que percibes es justamente los que, quienes te sostienen, te transmiten. No influyen en ti las pantallas de las apariencias.”.

Para ser completamente honesto, nunca había creído que mi ceguera hubiera tenido algún beneficio. Por el contrario, siempre me había considerado el mayor de los desgraciados. Pero ante las palabras de Juanita me quedé sin saber qué decir. He omitido mencionar el enorme sufrimiento en que las personas ciegas nos hundimos a veces a causa de la discriminación y las limitantes que encontramos; y la razón por la cual decidí omitir mayor detalle es porque, simplemente, no son mayores que las limitantes y humillaciones que personas con todos sus sentidos pueden llegar a sufrir. La única diferencia, es que algunos tenemos un pretexto notorio para dejarnos arrastrar hacia la desesperación. Curiosamente, me sigue costando trabajo reconocer los regalos que la vida me ofrece y gente como Juanita me ayudan a salir de mi autocompasión y buscar nuevos horizontes. Desde ese momento, decidí que no volvería a poner mi ceguera como excusa para no vivir mi vida y acepté con gusto los retos que, en la intención de sentirme vivo, se me fueron presentando. Una ocasión, una amiga de ella me sugirió subir a un globo aerostático. La única condición que pude poner fue ir todo el tiempo aferrado a su brazo. Ella y Juanita me acompañaron en la travesía aérea que estuvo llena de sensaciones. Al menos para mí, el paisaje no fue un distractor y me concentré en las subidas, las bajadas, el aire en mi cara y, sobre todo, en la emoción que Juanita y su amiga depositaban en mis brazos. Fue una experiencia inolvidable. “Fue como acercarse a Dios”, comentó Juanita cuando descendimos a tierra. Su brazo seguía temblando de la excitación.

En las recientes celebraciones de Año Nuevo, Juanita me invitó a caminar por el parque y me hizo una pregunta inusual: “¿Cuáles son tus propósitos de Año Nuevo?”. Obviamente, cuando dije “inusual” me refería a que nadie me la había hecho en los últimos años. Por la misma razón, mi respuesta requirió de mucha reflexión y algún tiempo en silencio. Mientras lo pensaba, sabía que Juanita sonreía satisfecha. Finalmente, accedí a contestar: “Este año quiero viajar y conocer otros lugares. No conozco la playa”. Ella tomó con fuerza mi brazo y emocionada dijo: “¡Es una estupenda idea!”. Sin dejarla decir nada más, solté mi pregunta temiendo que ella notara el nerviosismo en mi cuerpo: “¿Irías conmigo?”. Ella imprimió aún más emoción en la forma en que me sostenía y contestó casi de inmediato: “¡Sí, por supuesto! ¿Cómo te gustaría viajar?”. Sólo pude emitir una respuesta basada en mis sentimientos: “A brazos, Juanita. A brazos.”. Ella derramó una lágrima de alegría cuando contestó: “Abrazos, José. Abrazos.”. Y me besó.

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