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Ranulfo Padilla, enterrador de muertos

Según sus propios relatos, Ranulfo Padilla bien pudo haberse dedicado a muchas otras cosas en la vida: campesino, carpintero, pastor de ovejas o hasta sacerdote católico. Pero —también en su propia opinión— ser enterrador era una actividad que “te hace sentir vivo”. A eso se había dedicado desde hacía ya más de cincuenta y siete años.

Comenzó cuando era todavía un niño, por ahí de los once o doce años. Se encontró a sí mismo solo, en medio de la guerra. Muchas veces ha contado que fue allí cuando sus padres murieron, defendiendo su tierra, pero otras veces ha dicho que nunca los conoció y que, como lo recuerda, nació mendigo, indigente y abandonado. Como haya sido, estaba completamente solo cuando los revolucionarios lo entraron a su pueblo abruptamente y, compadeciéndose de él, lo reclutaron como voluntario. Al principio, se emocionó al imaginarse cubierto de carrilleras y descargando balas furiosamente con su rifle de cargo. Sin embargo, en lugar de su potente arma, le arrojaron una pala vieja y oxidada. “Cávele, güey”, fue la primera orden militar que recibió. Tomó entre sus manos la pala y sacó tanta tierra como pudo. “¡Más grande, cabrón!”, le gritó el soldado. “Tienen que caber dos muertitos”, apuntó. Fue entonces que Ranulfo Padilla supo para qué cavaba tanto. Durante el transcurso de la guerra, fue parte de una tropa grande que peleaba y combatía mientras él se escondía, así eran sus instrucciones: mantenerse a salvo y después, cuando todos corrían o cuando se acababan los disparos, ayudar a enterrar a los caídos. Bastaba con que alguien lo llamara —¡Ranulfo Padilla!— para que él llegara cargando su vieja pala y comenzara a sacar la tierra necesaria para cubrir a los que habían muerto. Él mismo los arrastraba y los “echaba pa’bajo”, tapaba los cuerpos, los rostros conocidos, con toda la tierra que podía y procuraba olvidar cómo se reían, cómo se llamaban y a qué le tenían miedo. Luego todos los sobrevivientes se juntaban alrededor, rezaban, se persignaban y se marchaban.

Para cuando la guerra terminó, se “construyó” un panteón cerca de donde moraba Ranulfo Padilla. Muchos pidieron el apoyo de Ranulfo Padilla para que sacara a “sus muertitos” de donde los había enterrado y los pusiera en el nuevo panteón. Así se adueñó de la posición de enterrador. La mayoría no tenía dinero y el grado de pobreza en que vivían no les permitía comprar un ataúd, así que Ranulfo Padilla los enterraba así, “pelones en la tierra”.

“Enterrador de muertos”, decía él cuando le preguntaban a qué se dedicaba. “No diga enterrador de muertos, don Ranulfo; sólo enterrador. Se entiende que es de muertos”, le llegaron a decir. “Ni madres. Soy enterrador de muertos”, replicaba él inmediatamente. Durante años, Ranulfo Padilla fue tornándose misterioso, oscuro. Decía que todas las noches lo visitaban “los de blanco”, pero que no le hablaban, sólo lo seguían y lo miraban fijo, como chupándole el alma. Él aprendió a ignorarlos y a mentarles la madre para mantenerlos a raya. “Sólo les pido que si me llevan, me entierren bien, bien muerto”, contaba. Pero Ranulfo Padilla había cumplido ya casi setenta años y ninguno de “los de blanco” se había atrevido a llevárselo. “Me pelan los dientes”, decía.

Ranulfo Padilla parecía muy seguro ante la muerte, viéndola de frente cada vez que hacía su trabajo. Era, podía decirse, su aliado. “¿Qué se siente enterrar a un muerto?”, se atrevió a preguntarle un insolente joven del pueblo. Ranulfo Padilla lo pensó un tiempo y finalmente contestó: “Nada. A un muerto, nada”. Su respuesta dejó intranquilo a más de uno. “¿Quiere decir que ha enterrado a alguno que no ha estado muerto?”, preguntaron. Ranulfo Padilla no contestó inmediatamente. Bajó la mirada y se quedó pensativo por unos momentos. “No”, respondió con pesadez. “Sí estaba muerto”, agregó. El mismo joven que había preguntado insistió: “Cuéntenos, don Ranulfo”.

Contó entonces Ranulfo Padilla que había estado ocupándose de sus labores en un día que parecía normal, hacía unos veinte años. Le había llegado el cuerpo de uno de los habitantes del pueblo y poca gente se había presentado al funeral. Al parecer, tenía pocos familiares y ningún amigo. Fue un funeral triste donde una mujer, que indicó ser “la pendeja esposa”, le pagó a Ranulfo Padilla con unos cuantos pesos “pa’l entierro”. Ni siquiera se molestó en comprar un “cajón” para ponerlo, quería que lo aterraran así, “pelón”. Ranulfo Padilla tomó el dinero y, sin remordimiento, tiró el cuerpo “pa’l hoyo” y comenzó a cubrirlo a pala llena. Se concentró en tapar primero el cuerpo y, al final, la cara; como dándole oportunidad de ver por última vez la luz del día. Pero cuando ya estaba cubierto casi en su totalidad, el “dijunto” abrió los ojos. Viéndose a medio enterrar, se llenó de miedo y miró horrorizado a Ranulfo Padilla, que no dejaba de palear tierra. “¡No me entierre, don Ranulfo! ¡No estoy muerto! ¡No estoy muerto!”, gritó desde lo profundo. Ranulfo Padilla dejó de echar tierra sobre el hoyo y saltó a su interior rápidamente. “¡Sí estás muerto, cabrón! ¡Sólo estás mal enterrado!”, gritó Ranulfo Padilla mientras elevaba su pala por los aires y la dejaba caer con fuerzas sobre la cabeza del enterrado en repetidas ocasiones. “¡Pendejo! ¡Yo sólo entierro muertos!”, reclamó y, cuando ya no se movió, siguió cumpliendo con su oficio: enterrando muertos.

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