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Rosa, la niña, mi madre.

Son las cuatro de la mañana en el pueblo. Ningún despertador suena y lo único que hace que Rosa salga de la cama son sus deseos de ir a trabajar por primera vez. Tiene sólo cinco años, pero está ansiosa de acompañar a Manuel, su hermano de siete, al “cacahuate”. Así lo llama él, aunque Rosa no entiende bien de qué se trata. Sólo sabe que, al final de la jornada, recibirá cinco centavos; lo demás no importa. Rosa pasó casi una hora de la noche anterior tratando de convencer a Manuel para que la llevara, pues sabía que cinco centavos serían suficientes para comprar dos tamarindos con chile: lo había pensado bien, sería uno para ella y el otro para Manuel por ayudarla.

A las cuatro con quince minutos, Manuel se escabulle rápidamente fuera de la casa, guiado todavía por la luz de la luna y las estrellas, e inicia su camino por el camino de tierra. Rosa sale apurada tras de él, preguntándole a gritos por qué no le avisó que ya salía. A toda prisa, ambos se dirigen a la camioneta que se encuentra esperando junto a la casa de Elías, uno de sus vecinos. Sin ayuda de Manuel, Rosa sube a la caja posterior de la camioneta trepando por la rueda y, pacientemente, se sienta y espera a que arranque. Mientras espera, mira a todos los que van acompañándolos, y reconoce que ella y Manuel son los únicos niños a bordo. Repentinamente, aquella aventura en el “cacahuate” comienza a parecerle menos divertida. Otros dos hombres con sombreros en sus cabezas entran con prisa a la camioneta y Rosa escucha el motor encendiéndose casi simultáneamente. Todos la miran con extrañeza. “¿Y la escuincla?”, pregunta uno. “Es mi hermana”, contesta avergonzado Manuel. Todos mueven la cabeza en señal de entendimiento, de aceptación. Soportando las bruscas sacudidas del vehículo por el camino irregular, se aferra del brazo de Manuel y cierra los ojos.

Tras veinte minutos de recorrido, llegan a un enorme campo y la camioneta detiene su marcha. “Ámonos”, le dice Manuel y la ayuda a bajar. Por la poca luz, Rosa no alcanza a distinguir bien qué hay allí; sólo nota una serie de arbustos interminables que cubren la tierra. Sin saber cómo las había conseguido, Manuel aparece frente a ella con dos cubetas y dos pequeñas herramientas que parecen unas raras palas. “Por cada cubeta, nos dan un centavo”, la instruye Manuel. “¿Cubeta de qué?”, pregunta Rosa. “¡De cacahuate! ¿Cómo de qué?”. Es apenas en ese momento que Rosa aprende que los cacahuates no crecen en árboles y que hay que arrancar cada arbusto de la tierra para obtener unos cuantos.

Pasan varias horas desde que Rosa recibió su cubeta y aún no logra llenarla. Su vestido se ha llenado de tanta tierra que ya nadie reconoce su color. Los primeros rayos de sol le permiten reconocer los gusanos, las arañas, escarabajos y otros insectos que aparecen a cada palada. Eso no la asusta tanto como el dolor que cubre sus manos, junto con la abundante tierra. “¡Manuel!”, grita desesperada. Manuel corre hacia donde Rosa se encuentra y descubre la sangre que ha empezado a sobresalir en las manos sucias de su hermana. La combinación del sudor, la sangre, la tierra y las ampollas, la hace llorar. Para complicar la situación, el sol ataca con tanta fuerza a Rosa que empieza a delirar: grita iracunda que un ratón negro la ha mordido en los pies y quiere que le quiten los zapatos. Pero, a juzgar por la cantidad de tierra en sus pies, lleva mucho tiempo sin sus zapatos, que no aparecen por ningún lado. Siente que una enorme ave la toma de un pie y, colgando de su pico, la lleva haciendo zigzags hacia su nido. El mareo que la invade, hace que sus ojos se cierren con fuerza. Aterriza en una superficie blanda y húmeda donde no siente más que frescura. Nuevamente grita con todas sus fuerzas pero no oye su voz. No sabe si ha terminado muda, o si es la sordera la que se ha quedado con ella. Intenta localizar a Manuel, pero al abrir los ojos, una mancha verde le impide ver el mundo. Por un instante, se pregunta si así es la ceguera: verde, no negra como se la había imaginado. A tientas, trata de escapar de esa prisión que aturde y anula sus sentidos. Corre tan rápido como sus pies lastimados le permiten, sólo para estrellarse duramente contra una especie de muralla que no puede ver. La sangre cubre ahora su frente, pero ella no lo nota; sólo percibe con agrado la temperatura que tiene al correr por su cara. Después, ya no siente nada.

Rosa abre los ojos. Cree que la han llamado. Figuras poco nítidas aparecen frente a ella, pero, al instante, se alegra de que no sean verdes.

—¡Bendito sea Dios! —dice la voz de Refugio, su madre—. ¡Qué susto nos metiste, escuincla!

Sin saber cómo llegó allí, Rosa reconoce su recámara. Sus ojos parecen ya mejor ajustados a la realidad y logra ver que también están con ella cuatro de sus hermanos, incluido Manuel.

Lo siguiente que escucha, es la historia de cómo se había desmayado bajo el sol. La habían levantado entre dos hombres y la acomodaron bajo la sombra de un árbol para que se recuperara. Pero entonces, le dicen, despertó y echó a correr como loca hasta que colisionó de frente contra el mismo árbol. La tuvieron que llevar a su casa para que la curaran y le dieran agua para rehidratarla.

Rosa asimila aquellas palabras que acaba de oír y se relaja un poco al saberse a salvo de su imaginaria prisión. Luego, ve a Manuel acercarse. Ella no sabe qué decirle. Se siente avergonzada y derrotada. Pero entonces la lucidez vuelve a su mente y, abriendo mucho los ojos, le pregunta:

—¿Y mis centavos?

La mirada de Manuel se muda de compasiva a furiosa. Por haberla ayudado en sus desmayos, Manuel no pudo juntar las suficientes cubetas para lograr juntar ni tres centavos. ¿Y encima se atrevía a cobrarle los centavos que ella no había ganado?

Manuel sale de la recámara sin decir nada, pero su indignación es infinita. Pocas veces alguien lo había visto así. Rosa no entiende la causa del enojo de Manuel y trata de explicarle a su madre:

—Sólo quería darle los centavos para su tamarindo.

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