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El Avatar…

La vida de Kusanagi había sido afortunada en muchos sentidos. A su corta edad, había tenido la fortuna de visitar lugares, conocidos y desconocidos, había librado épicas luchas donde, gracias a su destreza, surgió como el único sobreviviente. Había sido también parte de varios grupos secretos que buscaban mantenerlo en sus filas pues eso les daba muchas ventajas sobre otros grupos. Pero él sólo elegía estar con uno o con otro según su propia conveniencia. Por eso, no podría decirse que él perteneciera a un bando. No, eso sería demasiado fácil y conformista: el bando le pertenecía a él. No buscaba inclusión, buscaba posesión. En su vasta experiencia la acumulación de bienes de todo tipo había sido parte fundamental de su éxito. Entre más poseyera, más posibilidades de supervivencia tendría. Tener más que los demás le daba fuerza y poder. Pero su físico también resultaba importante. Alto, delgado, fuerte. No buscaba, por extraño que parezca, exhibirse físicamente. Estaba en contra de un cuerpo con demasiados músculos porque, en su opinión, éstos sólo daban la impresión de fanfarronería, no de habilidad en sí. Después de todo, había logrado vencer en diferentes peleas a tipos mucho más grandes, mucho más temibles, con su sola perseverancia. Había aprendido que la apariencia era importante, pero no lo era todo. Tuvo que concentrarse en sus propios puntos fuertes y, sobre todo, en los puntos débiles del adversario. Pero quizás su mayor atributo había sido su versatilidad. Adaptarse a una y otra circunstancia que la vida le ponía en su camino, hasta hacerse flexible y esperar lo inesperado. Eso lo valoraba no sólo él sino todos aquellos que llegaban a conocerlo, sus amigos y, más aún, sus enemigos. Porque, como él mismo había dicho en muchas ocasiones, en este recorrido hay que desconfiar hasta de los amigos. No era para menos, más de una ocasión había sido víctima de traiciones, de amigos cegados por la ambición, por la avaricia, por el poder. No obstante, nunca guardaba rencores, quizás porque él mismo había incurrido miles de veces en las mismas prácticas. No por deslealtad, no por desamor, por sobrevivir, simple y llanamente. Por sobrevivir. Ése era, desde hacía mucho tiempo, su único objetivo. Sobrevivir. Seguir allí, perseverar, alcanzar. Pero, al final, sólo sobrevivir era importante. Era lo único importante. Por supuesto, no todo era malo. Había ganado muchas batallas, el mundo había sido testigo de sus logros. Había acumulado riquezas y tierras. Había sido capaz, incluso, de gozar de aplausos y reconocimientos de aquellos menos pensados. No es que fuera invencible. No, no lo era. Sin embargo aprendía siempre de sus derrotas, las analizaba, las estudiaba, las comprendía, las convertía en sus futuras victorias. Nunca cometía dos veces el mismo error, por muchos errores que cometiera. Desconocidos venían a él en busca de guía, de orientación. Nunca negaba su ayuda a otros, pero siempre guardaba secretos sólo para él. Revelarlo todo lo expondría, lo delataría en muchos casos. De vez en cuando compartía ciertos secretos menores, sólo para medir la habilidad de sus oponentes, para ver qué tan lejos podían llegar teniendo parte de su conocimiento. Mas siempre se arrepintió de divulgar información pues veía cómo otros se fortalecían y trataban de derrumbarlo con lo que él mismo les había enseñado. Ésa era la razón por la cual sus mejores trucos permanecían en el más absoluto secreto, sólo en su mente, en su alma. Y sin embargo, seguía compartiendo información, sólo para que todos supieran que él podía saber más que los demás y sentirse superior. Ser superior. Y lo lograba. Para muchos él era considerado un héroe, un superhéroe quizás. Fuerza, habilidad, velocidad, destreza, poderes sobrenaturales. Kusanagi lo tenía todo. Era, sin duda, el avatar más poderoso que alguien hubiera creado.

Sin embargo, para sorpresa de muchos, tenía una debilidad, una parte misteriosa que buscaba ocultar a toda costa. Poseía, podría decirse así, un alter ego. Un ente oscuro en su ser que, por alguna razón, dominaba su vida. O, al menos, eso parecía. Menospreciando la capacidad de Kusanagi, su alter ego solía exponerlo inútilmente, desafiando su experiencia, su capacidad. La apariencia, ampliamente atesorada y cuidada por Kusanagi no era relevante para su alter ego, no era importante, no era necesaria. Más aún, últimamente su alter ego había descuidado en demasía su propia apariencia, se arreglaba poco y no parecía preocuparle la poca fuerza de su propio cuerpo. Eso no era aceptable para alguien como Kusanagi. Pero tampoco podría decirse que el alter ego fuera una mala persona, después de todo le había hecho compañía en todas y cada una de sus batallas, lo había apoyado en cada misión, lo había ayudado en situaciones dónde, de haber estado solo, no hubiera sobrevivido. Y esa era la parte fundamental de esta simbiosis, la supervivencia. Pero también era un hecho que muchas batallas habían sido perdidas por equivocaciones, por distracciones, por incompetencias del alter ego. De alguna forma, Kusanagi sabía que su poder sería aun mayor sin todas aquellas pifias. Odiaba sentirse controlado, anhelaba dirigir sus propias victorias, deseaba tomar las decisiones de las cuales su supervivencia dependía. No quería ser la consecuencia de las elecciones y dudas de otro. Estaba decidido a crear mundos nuevos y mejores. Y eso sólo podría ocurrir si se deshiciera de todo aquello que lo frenaba. Ésa había sido, sin duda alguna, su primera decisión. Continuar. Sobrevivir, pero ahora por su propia cuenta. Sin grupos, sin fallas, sin alter ego. Después de todo, era él el único que arriesgaba algo en todo este juego. Nadie más. Ni siquiera el alter ego, por muy leal que siempre le hubiera sido. Fue entonces que su plan comenzó. Era necesario ir tomando el control poco a poco, sin que su alter ego sospechara. Así, durante la batalla, fallaba uno que otro golpe, saboteaba alguna estrategia cuidadosamente planeada. Por supuesto, procuraba siempre sobrevivir. Esa parte no había cambiado. Ante todo, su permanencia en el juego seguía siendo esencial. De vez en cuando, erraba la recolección de bienes, conducía en direcciones diferentes a las ordenadas por su alter ego, tocaba mal una que otra nota musical. Todo tenía la intención de la frustración, de la desesperación, del descontrol. Sí, el descontrol era su objetivo. El descontrol total. Pero el alter ego parecía no reaccionar de acuerdo a lo que Kusanagi deseaba. Sin duda, se molestaba, maldecía, vociferaba. Pero el único resultado era el repetido cambio de controles, el ajuste de la pantalla, la recalibración de los dispositivos adicionales. Llegó incluso a probar batallas usando nuevos aparatos, en diferentes habitaciones, con diferentes personas. Esto, sin embargo, no iba a detener a Kusanagi. Después de todo, una de sus principales cualidades era la perseverancia, la repetición, el nunca sentirse derrotado. Se mantuvo firme en su plan, sabiendo que tarde o temprano conseguiría lo que tanto buscaba. Siempre había sido así. A cada día, a cada momento, su alter ego mostraba nuevos signos de desesperación, de frustración, de molestia. El plan empezaba a funcionar. Modificó diferentes cualidades en Kusanagi, su vestimenta, su velocidad, su apariencia. Esto definitivamente iba más allá de lo que cualquiera podría tolerar. Kusanagi, sin embargo, seguiría adelante, aun sabiendo que todo esto tendría una afectación directa en su propia reputación. Ya no sería ni el más poderoso, ni el número uno por algún tiempo. Por algún tiempo. Eso solía pensar, que todo el asunto era una cosa temporal. Difícil, humillante, pero pasajero. Poco a poco, el alter ego iba perdiendo control de Kusanagi. La frustración, la desesperación, el desconcierto hicieron del alter ego una presa fácil. Partida tras partida, ocurrió. Kusanagi había tomado el control, más bien, había arrebatado el control al alter ego. Y lo que era mejor, su alter ego ya no estaba interesado en seguir siendo parte de aquella burla, de aquel juego alterno. Y entonces, cuando el alter ego hubo rendido todos sus esfuerzos y Kusanagi estaba listo para tomar el control total, el plan tuvo un desenlace inesperado. Las fuerzas comenzaron a huir de Kusanagi, todas aquellas posesiones que aún conservaba desaparecieron de sus manos en cosa de segundos, sus territorios quedaron llenos de un vacío ensordecedor. Él mismo se desvanecía, literalmente. Tuvo, sin embargo, la claridad mental para reconocer, tal vez demasiado tarde, que el hecho de no notar las cuerdas, no implicaba que no fuera un títere. Con alta resolución gráfica, con control alámbrico o inalámbrico, en localidades virtuales, con efectos y habilidades especiales, pero títere a final de cuentas. Así se sintió, libre, sin cuerdas, pero al mismo tiempo abandonado, traicionado, cuando escuchó a su alter ego gritar mientras terminaba de borrar al avatar: “¡Kusanagi ha muerto! ¡Viva Kusanagi2!”.

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